Nacional Monte de Piedad fachada

Nacional Monte de Piedad fachada


El 2 de junio de 1774, por cédula real del rey de España, Carlos III, concedió autorización al español Conde de Regla, Pedro Romero de Terreros, para que fundará en la Ciudad de México un montepío o casa de empeño, similar a la de Madrid, bajo el nombre de «Sacro Real del Monte de Piedad de Ánimas». Fue el primero de su tipo en el continente americano.

La decisión del monarca obedeció tanto a la petición hecha por el ilustre  mecenas, como por los informes de los apuros económicos que se vivían en la Nueva España, además de que ya había observado –tanto en Europa como en la misma España- los efectos benéficos para los solicitantes de crédito de los montepíos, al no dejarlos caer en manos de los prestamistas.

En Europa, los capitales estaban en la Edad Media en manos de judíos, que practicaban la usura y acostumbraban a cobrar intereses cercanos al 100%, práctica que incomodaba a quienes acudían a ellos, pues no sólo debían el préstamo sino que se veían obligados a pagar los altísimos intereses impuestos por los usureros. Para el siglo XV, la situación pesaba demasiado y orilló a buscar una solución, la cual se encontró en los “Montes de Misericordia” (la voz Monte equivalía en italiano a banco), el primero de los cuales se fundó en Perugia en 1462.

El ensayo tuvo gran éxito y otras ciudades italianas siguieron su ejemplo pues quienes solicitaban dinero ya no se veían enfrentados a pagar altos réditos. En 1491, en Padua se fundó el primer Monte de Piedad, nombre tomado de su advocación a la Virgen de la Piedad.

En España, el primer Monte fue el de Madrid, inaugurado en 1702. Luego siguieron los de Barcelona, Salamanca, Granada y otros.

Con esa experiencia, y las dificultades para conseguir capital de trabajo, en la Nueva España se hizo la solicitud de fundar un Montepío. Don Pedro Romero de Terreros, Caballero de la orden de Calatrava y Conde de Regla, ofreció donar trescientos mil pesos para establecerlo.

Romero de Terreros nació en España en 1710 y llego a la Nueva España a dirigir los negocios de su tío materno y ahí un minero de Pachuca lo invitaría a asociarse. Ya como dueño de las minas de Real del Monte de Pachuca encontraron un riquísimo yacimiento que elevó su fortuna hasta convertirla en una de las más grandes del continente.

De sí, Pedro Romero de Terreros  tenía una inclinación filantrópica que lo llevó a abrir su bolsa para dar donativos extraordinarios a conventos, hospicios, colegios y particulares que le pedían ayuda.

Inspirado en el ejemplo de los montepíos italianos y españoles, en 1767 solicitó la venia del rey para la fundación de un montepío en la Nueva España; el tiempo pasó y hubo de insistir, hasta que al fin, en Cédula Real firmada en Aranjuez, Carlos III le autorizó la fundación del Monte de Piedad el 2 de junio de 1774.

Ya con esa autorización el Sacro y Real Monte de Piedad de Ánimas (como fue su primer nombre) empezó a funcionar el 25 de febrero de 1775 (fecha oficial de su fundación) y se ubicó en el Colegio de San Gregorio, antiguo convento jesuita de San Pedro y San Pablo (hoy calle de San Idelfonso), inmueble elegido por tener espacio para todo, aun para viviendas de los empleados, además de una capilla con la advocación de la Purísima Concepción.

Como Monte de Piedad de Ánimas que era, la institución no sólo tenía por finalidad ayudar a los hombres de la tierra, sino también contribuir a la salvación de sus almas. En el artículo primero de sus estatutos hay una síntesis de sus características y objeto:

Los Montes de Piedad son unos establecimientos en que existe un fondo o cúmulo de caudal, caritativamente reunido y destinado para que, recurriendo a él los necesitados, experimenten el alivio de ser socorridos en sus urgencias privadamente y sin usura, dejando en prenda o empeño alguna alhaja de valor excedente a la cantidad que reciben; y debiendo, cumpliendo el determinado plazo de tiempo para que se les presta, acudir a desempeñar, o consentir se le venda, bien con la más escrupulosa justificación, a fin de que reintegrado el mismo Monte (en cuyo caso se entrega a los respectivos dueños el residuo que tal vez sobre) se repita incesantemente el socorro de otras necesidades.

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