Gran Luna, Gran árbol- Larry Landolfi

Gran Luna, Gran árbol- Larry Landolfi


A las 9:18 (del Tiempo Universal Coordinado) del 5 de febrero de 1971, los tripulanes del Apolo 14 alunizaron.

Lo primero que llamó la atención del mundo fue que el astronauta Alan Shepard llevó hasta nuestro satélite la cabeza de un palo de éste tipo (que ocultó a los técnicos de vuelo) y con la que golpeó un par de pelotas de éste juego ante los ojos de todos los que lo miraban por televisión.

Nadie, absolutamente nadie de los televidentes, le puso atención a que el astronauta Stuart Roosa llevaba consigo 300 semillas de diferentes variedades de árboles, para someterlos a la radiación espacial y observar su comportamiento al volver a la Tierra.

Las semillas regresaron, germinaron, y los brotes que dieron fueron repartidos por todo el mundo, sin ningún control.

Son “Los árboles de la Luna”.

La historia comienza en 1953 cuando Stuart Roosa aterrizó con un paracaídas sobre un incendio forestal. Poco antes había aceptado un trabajo de verano como “saltador de humo” del Servicio Forestal de los EU, y solía lanzarse con paracaídas sobre incendios naturales para luego luchar hasta apagarlos. El deseo de aventuras fue probablemente lo que atrajo a Roosa por primera vez a este trabajo, pero pronto se dio cuenta de que también lo hacía porque amaba a los bosques. “Mi padre sentía gran afinidad por los campos abiertos”, recuerda el Teniente Coronel de la Fuerza Aérea Estadounidense Jack Roosa, hijo de Stuart. “Continuamente se acordaba de los altísimos pinos Ponderosa que tanto admiró durante sus días de saltador de humo”.

Trece años más tarde, la NASA invitó a Roosa, quien para entonces ya era piloto de pruebas de la Fuerza Aérea, a unirse al programa de reclutamiento de astronautas. Él aceptó. Roosa, Ed Mitchell y Al Shepard eventualmente formaron la primera tripulación del Apolo 14, programado para lanzamiento en 1971.

“A cada astronauta del Apolo se le permitió llevar consigo un pequeño número de objetos personales a la Luna”, continuó diciendo Jack. Sus PPKs (siglas en inglés de Personal Preference Kits ó Estuches de Objetos Personales) muy a menudo iban llenos de baratijas — monedas, estampillas o parches de misión. Al Shepard llevó pelotas de golf. A bordo del Gemini 3, John Young llevó un emparedado de carne a la pimienta. “Mi padre escogió árboles”, dice Jack. “Era su manera de rendir tributo al Servicio Forestal de los EU”.

Y el Servicio Forestal quedó encantado.

“Fue en parte ciencia y en parte publicidad”, ríe Stan Krugman, quien era director de personal del área de investigaciones en genética forestal, del Servicio Forestal de los EU en 1971. “Los científicos deseaban averiguar qué les ocurriría a las semillas si hicieran un viaje a la Luna. ¿Germinarían? ¿Se desarrollarían como árboles normales?” En aquellos días los biólogos habían llevado a cabo muy pocos experimentos en el espacio. “También deseábamos regalar las semillas como parte de la celebración de nuestro Bicentenario en 1976″.

El propio Krugman seleccionó las variedades: Secoyas, Pinos Loblolly, Sicomoros, Abetos Douglas y Roble Español (sweetgum en inglés). Escogí las secoyas porque son muy conocidas, y las otras porque crecen muy bien en muchas partes de los Estados Unidos”, explicó. “Las semillas provenían de dos institutos de genética del Servicio Forestal. En la mayoría de los casos, conocíamos a sus progenitores (un requisito clave para cualquier estudio genético posterior al viaje)”.

El 31 de enero de 1971, el Apolo 14 despegó de la Tierra. Soló Shepard y Mitchell caminaron sobre la Luna. El 5 de febrero los astronautas alunizaron con su famoso módulo lunar Antares en Fra Mauro — un área montañosa donde Shepard lanzó sus famosas pelotas de golf, usando una herramienta para geología como palo. Roosa permaneció en órbita como piloto del módulo de comando de la misión, el Kitty Hawk. Dentro de su estuche personal había un cilindro de metal de 15 por 8 cm, lleno de semillas. Juntos, dieron 34 vueltas alrededor de la Luna.

El Apolo 14 fue un éxito. Los científicos se encontraban encantados con los experimentos de geología de la misión y estaban ansiosos por estudiar los 43 kilogramos de rocas lunares recolectadas por Shepard y Mitchell. Krugman estaba igual de ansioso por estudiar las semillas.

“Un incidente nos causó aprensión”, recuerda Krugman. Durante los procedimientos de descontaminación, el cilindro con las semillas fue expuesto al vacío y se abrió. Las semillas se dispersaron y resultaron traumatizadas. “No estábamos seguros de que aún fuesen viables”, dice. Manualmente, Krugman separó cuidadosamente las semillas por especies y las envió a los laboratorios del Servicio Forestal en Mississippi y California. A pesar del accidente, casi todas las semillas germinaron. “Teníamos [cientos de] brotes que habían estado en la Luna. Treinta y un años después, Krugman aún suena emocionado.

Durante los años que siguieron, los árboles progresaron mientras los científicos los observaban. “Los árboles crecieron normalmente”, continuó. “Se reprodujeron con árboles comunes terrestres, y sus descendientes, llamados árboles semi-lunares, fueron también normales”. (Él hace notar sin embargo, que los análisis de ADN no se hacían en forma rutinaria a principios de los años 70, y por ello los árboles lunares no fueron analizados de esta manera. Podrían existir diferencias sutiles aún por descubrir).

Finalmente, en 1975, se encontraban listos para salir del laboratorio. “Fue entonces cuando las cosas se salieron de control”, dice.

Todo el mundo quería un árbol lunar. En 1975 y 1976, algunos árboles fueron enviados a la Casa Blanca, a la Plaza de la Independencia en Filadelfia, y al Valle de Forge. “Un árbol fue enviado al emperador del Japón. Los senadores querían árboles para inaugurar edificios. Incluso hicimos algunas plantaciones en Nueva Orleans porque el alcalde, de apellido Moon (Luna en inglés), quería algunos”, dice Krugman. Había tantas solicitudes que “tuvimos que producir brotes adicionales a partir de injertos de los árboles originales”.

Nadie se preocupó de llevar un registro sistemático, anota Dave Williams. Por esto, la localización de los árboles lunares es hoy en día casi totalmente desconocida.

 

El primer Árbol de la Luna encontrado

La escuela primaria de Cannelton tiene dos motivos para ser famosa: se trata de la escuela más vieja que ha funcionado de manera continua en el país. Abrió sus puertas en 1868.

Y fue el lugar donde los árboles de la Luna fueron redescubiertos, en 1997.

“Estábamos haciendo un proyecto escolar” recuerda la profesora Joan Goble, “y una de mis alumnas me dijo ‘yo conozco un árbol muy bonito en el campo de chicas exploradoras y podemos hacer nuestro proyecto sobre él’. ¿De qué árbol se trata?, le pregunté. Y me contestó: del árbol de la Luna”.

Ella supo que era un árbol lunar porque un letrero así lo indicaba. La mayoría de los árboles lunares fueron plantados como parte de una ceremonia; por esto, usualmente hay alguna señal o placa cerca que los identifica). “Mis estudiantes lo adoran”, dice. “Parece un árbol ordinario, pero ellos sienten que es especial porque viajó a la Luna”.

Los alumnos de la clase de 3er grado de la profesora Goble hicieron el letrero para su árbol lunar en Indiana. Se lee en el: “Este árbol Sicomoro creció de una semilla que viajó a la Luna y de regreso en el Apolo XIV en enero de 1971. Presentado al Campamento Koch en 1971. Rededicado el 26 de febrero de 1997. Larga vida a nuestro hermoso árbol lunar”.

Jack Rossa se ha convertido desde entonces en un amigo cercano de la clase de Goble, animando a los niños a explorar y a aprender, como lo hizo su padre.

Placa de un árbol de la Luna en WashingtonCuando Goble contactó a Dave Williams para pedirle más información sobre los árboles lunares, “yo no sabía nada al respecto”, admite Williams. Como muchas otras personas que eran aún muy jóvenes en la década de los 70’s, Williams nunca había oído hablar de tales árboles, pero pronto se convirtió en un entusiasta. “Encontré un árbol lunar en Goddard, justo al lado de mi oficina”, ríe. “No tenía idea de que estaba allí”.

A menudo, es así como son descubiertos — por accidente. Williams ahora mantiene un portal de Internet donde se encuentra una lista de todos los árboles conocidos. Si de repente, usted se encuentra con uno, póngase en contacto con Dave. Él investigará el hallazgo y lo agregará a su colección, si es que es auténtico.

Los árboles lunares son de larga vida, añade Krugman. Las secoyas pueden durar miles de años, y los pinos tienen una expectativa de vida que se mide en siglos. De hecho, ya han vivido más que Stuart Roosa y Al Shepard — dos de los humanos que los llevaron consigo a la Luna.

Dice Jack, “creo que mi padre siempre pensó que éstos árboles servirían como un recuerdo imperecedero y viviente de la conquista más grande de la humanidad — las misiones tripuladas a la Luna”. Desde luego, si los humanos no regresan pronto, los árboles lunares podrían ser los únicos seres vivientes que hayan visitado la Luna. Esto es algo que probablemente Stuart nunca se habría imaginado.

Jack, sin embargo, es optimista: “Estos árboles estarán aquí dentro de 100 años”, dice. “Para entonces yo creo que estaremos plantando árboles marcianos justo al lado de ellos”.

Nota del Editor: Stuart Roosa no es el astronauta más conocido, pero su influencia es considerable. Aún después de su muerte continúa inspirando a la gente joven a convertirse en exploradores — como lo atestigua la clase de Goble. Algunas veces los grandes exploradores rechazan hasta los lazos familiares para ir en busca de lo desconocido. Pero no así Roosa, como lo ilustra esta anécdota contada por su hijo Jack: “Hace poco me encontraba yo asistiendo al Colegio de Comando y Estado Mayor del Ejército (Army Command and General Staff College) en Fort Leavenworth, Kansas”, dice Jack. “Era una fresca tarde de otoño y había decidido llevar a mis dos hijas a dar un paseo de un día a Atchison (el pueblo de Amelia Earhart). Nos detuvimos en un parque justo a las afueras del pueblo, y mientras caminábamos por las cercanías, notamos un camino que llevaba a un árbol rodeado por un círculo de ladrillos. Me detuve y leí la placa. ¡Era un árbol lunar! Las lágrimas salieron de mis ojos y me detuve ahí a observar el árbol y a pensar en mi padre. Él había muerto algunos años atrás y el árbol trajo consigo un mar de recuerdos familiares. Lo extrañé entonces mucho, como aún lo extraño ahora”.

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