amó aquella vez como si fuese máquina
besó a su mujer como si fuese lógico
alzó en el balcón cuatro paredes flácidas
sentose a descansar como si fuese un pájaro
y flotó en el aire cual si fuese un príncipe
y terminó en el suelo como un bulto alcohólico
murió a contramano entorpeciendo el sábado.

Construcción, de Chico Buarque

Por el camino del sitio mío un carretero alegre pasó, en su tonada que es muy guajira y muy sentida alegre cantó… La canción resonaba sin cesar en la cabeza de Mané, lo que hasta cierto punto le agradaba pues le hacía recordar las veces que en su juventud se había internado en lo más profundo de la huasteca potosina o en ciertos parajes del sur de Veracruz, donde la vida era tranquila y buena; donde la gente asume el trabajo cotidiano con naturalidad, como parte indisoluble de la vida… Me voy al transbordador a descargar la carreta, para llegar a la meta de mi penosa labor

            Lugares donde la gente aprecia su entorno, se siente parte de éste y por tanto lo cuida y protege ya que comprende de una manera inmediata que ese medio natural es sustantivo para su propia vida. Muere un árbol, se seca un arroyo, desaparecen ciertas aves, se remueve una piedra de su lugar y no solamente el paisaje cambia, se alteran también los flujos vitales entre los seres humanos asentados en esos lugares y el medio ambiente que los protege y les da el sustento.

            Mané, ente urbano por excelencia, se siente atraído por ese modo de vida que le parece un poco más amable que el citadino… Yo trabajo sin reposo para poderme casar, y si lo puedo lograr seré un guajiro dichoso…    En aquellos años en que la vida parecía un sueño se vio tentado a quedarse a vivir en alguno de aquellos fabulosos parajes.

            Pero los azares del destino y los caprichos de la voluntad, o tal vez los designios del gran demiurgo, hicieron de Mané un hombre de cemento y lágrimas, un ente urbano, ya se ha dicho. Es así como este hombre en su imaginación se transporta hacia esa otra parte que no existe en parte alguna, o en todo caso se ubica en su territorio interior. Soy guajiro y carretero, en el campo vivo bien, porque el campo es el edén más lindo del mundo entero… Territorio interior que no se cansa de recorrer con el ansia de quien, sintiéndose perdido en el desierto, busca sin esperanza al menos el espejismo de un oasis.Devastación ambiental y ciencia, en clave marxista

            Mané no es “ecologista” ni nada que se le parezca, pero tal vez por algún defecto en su constitución genética o por un exceso de racionalidad (¡ah chingaos! ¿puede darse un exceso de razón, en una época en que ésta escasea?) se ha sumado a la causa de quienes defienden el cuidado y la preservación del medio ambiente así como la conservación de la biodiversidad, por un motivo muy sencillo: le gusta la naturaleza, es decir los bosques, las aves, los ríos limpios pletóricos de vida acuática, los jaguares y los primates que habitan en el sur del estado de Veracruz; le gusta caminar entre los cafetales y visitar el desierto, y de cuando en cuando disfrutar de una playa soleada y limpia. Vaya, hasta le gusta contemplar el pequeño jardín al frente de su casa, por las noches aspirar el aroma que desprende el floripondio o ver como florece la “dama de noche”, y defiende a capa y espada la conservación de un robusto ficus erguido frente a su hogar.

            En fin, Mané no sólo está convencido que es necesario cuidar y proteger el medio ambiente por nuestro propio bienestar y supervivencia, sino también por el aliciente estético y placentero que obtenemos interactuando con el mismo.

            Entonces le parece absurdo que algo tan evidente no solamente se ponga en tela de juicio y sea objeto de debate, sino que sean incontables las acciones que individuos,  gobiernos y corporaciones privadas emprenden –casi sin enfrentar resistencia-  con consecuencias destructivas para el entorno, que van desde el envenenamiento de depósitos acuíferos y la contaminación atmosférica, hasta la  devastación de bosques, ríos, tierras cultivables, zonas costeras, etcétera. Todo ello afectando la salud y el bienestar general de  un gran número de personas.

            Más que condenar sin mayor trámite esta devastación antropogénica planetaria sin precedentes en la historia, Mané trata de buscar la razón por la cual hemos llegado a esta situación. Pues le han enseñado –en la más decantada tradición racionalista- que si se encuentra una explicación (en el sentido científico del término) acerca de un fenómeno o proceso  cualesquiera, estaremos en posibilidad de predecir su desarrollo y de controlarlo, si se dan las condiciones apropiadas.

            Entonces, ¿por qué si conocemos el origen antropogénico de la devastación ecológica, no la detenemos? ¿Cuáles son las condiciones que dan origen a un modelo de intercambio entre hombre y naturaleza –que permite producir y reproducir las condiciones de existencia de la humanidad- que conduce a la devastación y depredación de los recursos naturales?

            Sin ser especialista en el tema, Mané sabe que reflexionar sobre el asunto entraña riesgos, incluso de orden epistemológico. Por ejemplo, sabe que si se parte de la noción de sentido común según la cual existe una naturaleza “en sí”, idílica e imperturbada hasta la aparición del homo faber, naturaleza que sería como un escenario fijo y dispuesto de antemano en el cual se desarrolla luego la “historia natural de las especies”, entonces se caería en el equívoco de concluir que la ciencia debería descubrir las leyes que rigen a ese idílico e imperturbado mundo natural y luego emplear ese conocimiento para modular los efectos de las acciones perturbadoras del hombre, esto es aquellas que conducen a la devastación ecológica. En pocas palabras, bajo esta perspectiva la acción humana se considera como una acción “externa” a la naturaleza; craso error, puesto que la especie humana, al igual que todas las demás especies, no sólo forma parte de esa naturaleza sino que contribuye esencialmente a la dinámica propia del entorno “natural”. Según dirían en  tierra de Mané: la naturaleza somos todos.

            Desde luego que Mané -por temporadas aprendiz de matemático- también se ha acercado, en busca de respuestas, a las teorías de las catástrofes, el caos, y la complejidad. Teorías que en lugar de postular exclusivamente causas externas a la “naturaleza” para explicar sus desequilibrios, intentan explicar la dinámica de los ecosistemas principalmente a partir de condiciones internas y puramente locales. Por ejemplo, la teoría del caos propone que a partir de relaciones dinámicas muy simples entre estados sucesivos del sistema, expresadas por formulaciones matemáticas muy sencillas es posible derivar comportamientos complejos e impredecibles del sistema, como sería que bajo ciertas condiciones (no conocidas del todo) el sistema podría entrar en alguna fase de inestabilidad con consecuencias posiblemente catastróficas. En este tipo de modelos podrían introducirse como variables los tamaños poblacionales de las diversas especies que habitan determinado “nicho ecológico”, e incluir las posibles interacciones que se dan entre ellas. Estas teorías –si son consistentes con sus postulados- tendrían que admitir que, en principio, todo lo que ahora sucede en determinado ecosistema es consecuencia de lo que ocurrió  durante las millonésimas de segundo en que se produjo la gran explosión (el Big Bang). Y que lo ocurrido en aquel momento ha determinado lo que hoy ocurre en la Sierra de Santa Marta. No se olvide que la teoría del caos supone una evolución totalmente determinista de los sistemas considerados, y que la impredicibilidad surge de la dinámica del sistema.Devastación ambiental y ciencia, en clave marxista

            ¡Uta! Esto le cambia el panorama a Mané, hombre de cemento y lágrimas. Tantos años invertidos en el estudio matemático del azar y el caos para que a final de cuentas sean más las preguntas que emergen que las respuestas alcanzadas.

Sentóse a descansar como si fuese un príncipe/ comió su pan con queso cual si fuese el máximo/bebió y sollozó como si fuese máquina/ danzó y se rió como si fuese el próximo/ y tropezó en el cielo cual si oyese música/ y flotó por el aire cual si fuese sábado/y terminó en el suelo como un bulto tímido/ agonizó en el medio del paseo náufrago…

            Ello no obstante, a Mané le parece que la devastación y depredación de la naturaleza, con las temibles consecuencias ya evidentes, tiene su origen en un modo de producción, el capitalismo, que ha desatado poderosas fuerzas productivas enmarcadas en un conjunto de relaciones económicas y su dinámica social correspondiente que, si bien son efecto de acciones humanas, se nos presentan como fuerzas “naturales”, ajenas a nuestra voluntad. La dinámica económica propia del capitalismo, atenida a sus propias leyes, conduce necesariamente (q.e.d.) a crisis de diversa índole –económicas, políticas, ecológicas- pues su motor es la producción mercantil: producir no en función del bienestar general, sino en función de acrecentar y acelerar la acumulación de capital por encima de cualquier otra consideración, lo cual conduce –independientemente de juicios éticos o morales- a la existencia y reproducción de un sistema basado en la explotación del trabajo humano y la devastación y depredación de los recursos naturales, dando lugar a la tremenda desigualdad que observamos entre ricos y pobres, la persistencia de una sociedad estratificada en clases, y la prevalencia de la injusticia y la ausencia de democracia.

            En otros términos, el capitalismo entraña agudas contradicciones que conducen a la inestabilidad del sistema; siendo una de ellas, por ejemplo, la contradicción entre la extrema racionalidad –altamente tecnificada- aplicada en los procesos productivos de las empresas individuales y la absurda irracionalidad con  que funciona el sistema en su conjunto.

            La conclusión parece desembocar en la desesperanza: si queremos detener la devastación ecológica y que la mayoría de hombres y mujeres que hoy habitamos este planeta accedamos a mejores condiciones de vida y, en general, a mayores niveles de bienestar –que incluye el cuidado del medio ambiente y la conservación de la biodiversidad-,  es necesario cambiar el sistema social, comenzando por dar un vuelco a la estructura económica, esto es desarticulando al capitalismo y  las formas políticas, culturales e ideológicas que le son propias.

            Pero, concluye Mané, no hay que esperar a las puertas de casa para ver pasar el cadáver del capitalismo, pues para entonces nosotros mismos seremos cadáveres. Desde luego que el conocimiento científico y la tecnología pueden y deben aplicarse a la resolución de problemas concretos específicos, sin esperar a que el sistema cambie; pero habrá que reconocer sus límites: ciencia y técnica no pueden llegar al fondo del problema, pues éste no es de naturaleza puramente tecno-científica sino esencialmente de orden socio-político, para cuyo entendimiento se tendría que ascender de lo abstracto a lo concreto y buscar explicaciones  con medios intelectuales de carácter epistémico y filosófico más amplios, como podría ser el marxismo.  (ver: Biology under the influence. Dialectical essays on ecology, agriculture, and health, de R. Lewontin y R. Levins.  Monthly Review Press, 2007)

Las clases dominantes son perfectamente conscientes de la lucha de clases, conocen al dedillo las condiciones de la guerra y, consecuentemente, hacen uso a su favor de todos los aparatos de control y dominación a su alcance; desde los aparatos estatales que incluyen la fuerza policiaca y la militar, hasta los aparatos ideológicos que abarcan los medios de comunicación y el sistema educativo. Entonces habrá que entrar a la arena de la lucha ideológica y enfrentar las enajenantes representaciones ideológicas que sobre la naturaleza construyen los dominadores, para justificar la devastación sobre el medio ambiente que imponen para favorecer sus intereses y combatirlas, sobre todo, en el terreno de la ideología que envuelve significativamente –aunque no exclusivamente- los ámbitos de la educación y la ciencia.

Sin mucho ánimo, el hombre de cemento y lágrimas regresa a su quehacer cotidiano: subió a la construcción como si fuese sólida y alzó en el balcón cuatro paredes mágicas, ladrillo con ladrillo en un diseño lógico, sus ojos embotados de cemento y tránsito…

(Si quieres escuchar el poema de Construcción, cantado por Nacha Guevara, te dejamos éste enlace)

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