Día Internacional de la Preservación de la Capa de Ozono

Día Internacional de la Preservación de la Capa de Ozono


Desde 1995 se celebra cada 16 de septiembre el Día Internacional de la Preservación de la Capa de Ozono, proclamado por la Asamblea General de las Naciones Unidas para conmemorar el día en que se firmó el Protocolo de Montreal, que fue diseñado para proteger la capa de ozono, dañada durante años por el uso de ciertos productos químicos, lo cual puso en peligro nuestra propia existencia y la del resto de seres vivos del planeta. En las últimas tres décadas los esfuerzos han dado su fruto y, según los científicos, la capa de ozono se está reponiendo y se espera que a mediados del siglo XXI se haya recuperado.

En la lucha por la preservación de la capa de ozono –una capa frágil de gas que protege a la Tierra de la parte nociva de los rayos solares–, el Protocolo firmado en Montreal ha contribuido además a la mitigación del cambio climático, al evitar la emisión a la atmósfera de más de 135.000 millones de toneladas de equivalente de dióxido de carbono.

De este modo, la eliminación de los usos controlados de sustancias que agotan el ozono y las reducciones conexas no solo han ayudado a proteger la capa de ozono, sino que también han contribuido enormemente a las iniciativas mundiales dirigidas a hacer frente al cambio climático. Para los expertos, estas acciones también han permitido proteger la salud humana y los ecosistemas reduciendo la radiación ultravioleta dañina que llega a la Tierra.

La confirmación científica del agotamiento de la capa de ozono impulsó a la comunidad internacional a establecer un mecanismo de cooperación para tomar medidas para proteger la capa de ozono. Esto se formalizó en el Convenio de Viena sobre la protección de la capa de ozono, que fue aprobado y firmado por 28 países, el 22 de marzo de 1985.

En septiembre de 1987, esto condujo a la redacción del Protocolo de Montreal, relativo a las sustancias que agotan la capa de ozono, el cual fue firmado el 16 de septiembre de ese año, para entrar en vigor el 1 de enero de 1989.

Mario Molina y Frank Sherwood Rowland fueron los primeros en señalar a los CFC como los responsables de la disminución del ozono que se había observado en 1974. La naturaleza inerte de los mismos los había hecho muy atractivos para muchas aplicaciones. Sin embargo, en la alta atmósfera, estas sustancias son afectadas por la mayor radiación solar UV presente con lo cual se disocian y los radicales (átomos de cloro y bromo) liberados, atacan al ozono.

En un principio se había creído que estos gases no podían alcanzar las capas más altas de la atmósfera ya que son más densos que el aire. Sin embargo, poseen una vida media muy prolongada (entre 75 y 120 años) y las corrientes atmosféricas de aire permiten que los CFC alcancen alturas que serían poco probables de no estar el aire en movimiento.

El argumento de Molina y Rowland se basaba en una propuesta análoga de Paul J. Crutzen y Harold Johnston quienes habían mostrado como el óxido nitroso podía obrar como catalizador en la destrucción del ozono.

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