Manuel Felguérez en su taller

Manuel Felguérez en su taller


Manuel Felguérez tiene en el geometrismo uno de sus motivos de expresión, pues el arte plástico está compuesto de forma y la combinatoria de rojo, azul y amarillo que, con la suma de luz y sombra producen un infinito de color: tanto, que cada artista crea una paleta propia, mientras que todo lo que existe en la naturaleza es la amalgama de círculo, cuadrado y triángulo, por lo que la geometría ha estado presente durante todo el tiempo en que el arte ha existido.

 

Con paso lento y el bastón bien sujetado con la mano derecha, el maestro Felguérez caminó sobre un exuberante y recién llovido jardín que linda con el enorme estudio, al que llegó brindando una apacible sonrisa.

 

En medio de una salita rodeada de algunas pinturas y réplicas de sus esculturas, caballetes, mesas de trabajo y materiales utilizados cotidianamente para trocar su sensibilidad en obra de arte, el maestro –nacido en Valparaíso, Zacatecas, en 1928– eligió su silla favorita.

 

Aunque advirtió no tener precisa la fecha en que comenzó su relación con la UAM, sí tiene claro que la institución “me ha dado la oportunidad de realizar cosas que sin su apoyo no habría podido hacer”, por lo que está agradecido con ella.

 

El autor de Puerta al tiempo, escultura ubicada en la entrada de la Rectoría General, recordó que a mediados de la década de 1970 el doctor Pedro Ramírez Vázquez, rector general fundador de la UAM, lo invitó a participar con un grupo de miembros de la universidad en el plan maestro de la nueva capital de Tanzania, Dodoma, para aportar soluciones al área donde se ubicarían los edificios de gobierno.

 

Una planicie semidesértica fue el lugar escogido para hacer esta intervención y Ramírez Vázquez envió una misión de especialistas en disciplinas diversas –la mayoría académicos de la UAM– para estudiar el sitio.

 

“Mi misión fue observar lo más posible de ese país” porque se pretendía que la arquitectura tuviera algunos elementos básicos relacionados con las cualidades estéticas del lugar, lo que, “resultó un tanto difícil, porque en Tanzania no hay grandes regiones de vestigios culturales, como en México; tampoco “existía en su lenguaje el concepto de arte”.

 

El maestro ofrecería “un informe sobre cuáles eran los elementos que podrían integrarse en la nueva arquitectura” de la ciudad.

 

La UAM, desde sus comienzos, ha tenido clara su tarea de promover el arte y por ello abrió espacios para la difusión de la cultura, como la Galería Metropolitana, y se ha empeñado en formar un acervo artístico. “A mí me tocó que me encargaran algunas pinturas y esculturas”, incluida Puerta al tiempo”.

 

De esta imponente escultura de 25 toneladas hecha de acero al carbono y 11 figuras suspendidas en el espacio –solicitada para conmemorar el XXX aniversario de esta casa de estudios– el artista zacatecano tiene presente la dificultad que implicó el proyecto.

 

“Es muy fácil situar en un jardín o un patio una pieza de diez o 15 metros”, pero en este caso la invitación fue trabajar en la integración del edificio.

 

“Me enseñaron una escalera que baja de dos edificios que forman una escuadra, por lo tanto había un espacio triangular que al centro no conservaba el triángulo, sino que se cerraba, así que se me ocurrió, en lugar de pintar en el muro, hacer una escultura que llenara ese espacio bastante alto.

 

“Como en todo lo que hago, me puse a inventar algo que se viera bien y pensé en una obra colgante. El arquitecto Juan Álvarez del Castillo me asesoró respecto de las características arquitectónicas, resistencia y cimentación del inmueble para evaluar si la estructura aguantaría una figura de 20 toneladas”.

 

Fue así que se logró construir lo que había sido imaginado a nivel de maqueta y “pasar de la invención de formas” provenientes de “sentimientos, espíritu, sensaciones e ideas” a la materialización. Y un día quedó construida y colocada la escultura en el edificio de la Rectoría General, que por cierto –comentó divertido– “es muy difícil de fotografiar”, pues es imposible obtener una imagen que la abarque en toda su dimensión.

 

La escultura Puerta al tiempo, con un poético y bonito nombre que alude al lema de la UAM, recibe a los visitantes de la Rectoría General, que también alberga la Galería Manuel Felguérez.

 

Inaugurada en 2003, la obra es ya un elemento de la identidad institucional y con frecuencia ilustra las páginas del Semanario de la UAM. En ese sentido cumple el propósito de establecer un vínculo y diálogo cotidiano con quienes ingresan a la Rectoría General.

 

El maestro Felguérez compartió su visión de que el arte, en especial el abstracto, busca una relación inevitable con el público y el creador intenta generar un placer estético, pero ante la frecuente pregunta de qué significa “yo respondo que no significa nada, sólo es, tal como un árbol que existe y cuando alguien lo contempla con placer y exclama ‘¡qué bonito!’, ese árbol tampoco significa, sólo es”.

 

Una escultura, al igual que la pintura, la música o una obra arquitectónica forman parte del arte, que pertenece al mundo de la estética y ésta es una parte de la filosofía. Lo estético tiene como fin el estudio de lo bello, de tal manera que el artista busca producir un placer estético.

 

Y así “como hay música que llega a conmovernos profundamente, una escultura es una combinatoria de círculo, cuadrado y triángulo que se puede combinar al infinito y, de ese infinito, el artista escoge aquello que junto produce placer estético. Esa sensación es la que procura comunicar al espectador”.

 

El arte es comunicación y para existir debe tener espectadores; “si se hace en el cerro, no existe; requiere la relación entre quien lo hace y quien lo aprecia”. De esto el autor “se da cuenta cuando hay quien se conmovió y otros que pasan sin ver la obra; para que produzca sensaciones hay que contemplarla”.

 

Felguérez encuentra en el geometrismo uno de sus motivos de expresión, en virtud de que “todo el arte plástico está compuesto de forma y color en una combinatoria de tres: rojo, azul y amarillo que, agregando luz y sombra, producen un infinito de color; tanto, que cada artista crea de ese infinito su propia paleta” de color.

 

Todo lo que existe en la naturaleza es una combinatoria de círculo, cuadrado y triángulo, por lo que el arte prehistórico, el más viejo realizado por el ser humano fue geométrico, incluso las varas para hacer una flecha eran decoradas con esas formas, pues la geometría ha estado presente durante todo el tiempo que lleva de existir el arte.

 

El arte debe poseer dos características: ser diacrónico y dialéctico, es decir, “va cambiando siempre de acuerdo con su tiempo” y el arte geométrico registró un auge, no individual, sino colectivo en el siglo XX.

 

El Constructivismo ruso iniciado en la segunda década del siglo pasado generó un movimiento que recorrió la centuria y condujo a la formación de miles de artistas y expresiones basadas en la geometría, por lo que “yo no trabajo a partir de cero sino de acuerdo con mi cultura, mi tiempo”.

 

Cuando un artista hace una figura, siempre está de acuerdo con su tiempo y como éste va moviéndose, la geometría también, “en particular la mía, porque también tiene un tiempo”.

 

Para concluir la entrevista, Felguérez habló sobre la reciente construcción del edificio “H” de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales en las inmediaciones del Espacio Escultórico de la Universidad Nacional Autónoma de México.

 

Esa obra colectiva en la que participó, junto con Federico Silva, Helen Escobedo, Hersúa, Sebastian, Mathias Goeritz y Roberto Acuña fue muy pensada: desde la cantidad de piezas –64– hasta la orientación, pues debía ser parte de un entorno natural, recuperar la roca, preservar el sitio y dejar que la vegetación original siguiera reproduciéndose.

 

Para su ubicación fue elegida una hondonada donde es posible sentarse a contemplarla, “porque su objeto principal era justamente la contemplación, como todo arte”. Una de las características más interesantes era la perspectiva hacia los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl, que en días claros ofrecían un gran espectáculo, hoy interrumpido por un edificio de 11 pisos. Ante lo cual, sólo queda demoler el inmueble “o demoler el prestigio cultural de una universidad”.