Oliver Sacks

Oliver Sacks


El neurólogo, escritor y divulgador científico Oliver Wolf Sacks, nació el 9 de julio de 1933, en Londres, Inglaterra, en el seno de una familia de médicos, fue neurólogo y profesor universitario. Sin embargo, Sacks siempre será conocido, sobre todo, como escritor y divulgador científico. Fue autor de libros como Despertares, basado en su experiencia en el Hospital Beth Abraham en el Bronx (Nueva York, EE UU), donde se encontró con un grupo de pacientes catatónicos, muchos de los cuales habían pasado décadas sin poder moverse.

En sus obras mezcló la literatura de calidad con la ciencia y trasladó a los lectores sus experiencias con pacientes.

Uno de sus títulos más famosos, Despertares, llevado al cine en 1990, narra su experiencia en el hospital Beth Abraham (Estados Unidos) con las personas que sobrevivieron la epidemia de encefalitis letárgica de 1917-1928, y la administración del fármaco L-Dopa, entonces en fase experimental, a los enfermos.

Al comienzo de su libro El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, Oliver Sacks escribió: “La palabra favorita de la neurología es ‘déficit’, que indica un menoscabo o incapacidad de la función neurológica”. El 30 de agosto el escritor y neurólogo inglés sucumbía a un cáncer terminal sin haber padecido nunca una enfermedad neurológica.

Otra de sus obras, Un antropólogo en Marte, acerca a los lectores casos reales de pacientes con autismo, Síndrome de Asperger y de Tourette, amnesia o alzhéimer, entre otras enfermedades.

Reconoció estos pacientes como supervivientes de la gran pandemia de encefalitis letárgica que había barrido el mundo desde 1916 hasta 1927, y los trató con un fármaco, la L-dopa –entonces experimental–, lo que les permitió ‘volver a la vida’.

En su carta de despedida, publicada en febrero de 2015 en The New York Times, escribía: “No puedo fingir que no tenga miedo. Pero mi sentimiento predominante es la gratitud. He amado y he sido amado; he recibido mucho y he puesto algo de mi parte; he leído y viajado y pensado y escrito…”.

Sacks fue consciente en todo momento de que el final de su vida estaba cerca y tuvo el amargo privilegio de narrar su última aventura hacia la muerte en el periódico The New York Times. Incluso le dio tiempo a publicar sus memorias, On the move, que próximamente se editarán en castellano.

A lo largo de sus 82 años, Sacks trabajó con personas con varios tipos de déficits, tratando de explicarnos con sensibilidad y delicadeza lo que eso suponía, pero cuando él se convirtió en paciente, nos dio una lección de vida sobre cómo morir con miedo, pero también con dignidad.

Falleció el 30 de agosto de 2015, en Manhattan, Nueva York (EE.UU.).

10 frases de Oliver Sacks

“Hay que estudiar la enfermedad con la sensibilidad de un novelista”.

“No hay dos personas que describan un suceso de la misma manera. Ninguno de ellos miente: ven las cosas desde perspectivas diferentes, hacen sus propias asociaciones, tienen sus propias emociones”.

“Se puede tener sentimientos hacia las plantas, aunque probablemente ellas no tienen sentimientos hacia nosotros”.

“Es casi seguro que no seré testigo de mi cumpleaños de polonio (el número 84), ni tampoco querría tener polonio cerca de mí, con su radiactividad intensa y asesina”.

“No puedo fingir que no tengo miedo. Pero el sentimiento que predomina en mí es la gratitud. He amado y he sido amado, he recibido mucho y he dado algo a cambio, he leído, y viajado, y pensado, y escrito”.

“En tres ocasiones traté de ser un científico serio, pero las tres veces salió terriblemente mal y pude notar la cara de alivio entre mis colegas cuando entendieron que me daba por vencido”.

“Resulta fácil detectar una mentira con un detector o con programaciones fisiológicas porque mentir es difícil. Decir la verdad es más fácil, pero si dejas de lado la palabra verdad, si utilizas el término creer, verás, por ejemplo, que hay gente que cree haber sido abducida por extraterrestres. Y no están mintiendo, están confundidos, que es distinto”.

“Si un hombre ha perdido una pierna o un ojo, él sabe que ha perdido una pierna o un ojo; pero si se ha perdido a sí mismo no lo sabrá, porque ya no está ahí para saberlo”.

“La música nos puede sacar de la depresión o hacernos sucumbir a las lágrimas –es un remedio, un tónico, zumo de naranja para el oído–. Pero para muchos de mis pacientes neurológicos, la música es aún más –puede proporcionar el acceso, incluso cuando ningún medicamento puede, al movimiento, a la palabra, a la vida. Para ellos, la música no es un lujo, sino una necesidad”.

“Aunque me toca a mí como neurólogo diagnosticar la enfermedad y pensar en términos terapéuticos, siempre quiero dirigirme a la persona tanto como a la enfermedad, y estoy muy contento de que mi propio médico se siente de manera similar. Yo no soy más que un caso para él, soy una persona que responde a la situación. Así que de alguna manera me siento entre la biología y el punto de vista humanista”.

Oliver Sacks- EFE