Galileo ante el Santo Oficio, Joseph NicolasRobert Fleury

Galileo ante el Santo Oficio, Joseph NicolasRobert Fleury


Galileo Galilei, el más grande sabio físico del Renacimiento, nació en Pisa, el 15 de febrero de 1564, en el entonces Gran Ducado de Toscana, siendo el hijo mayor de Vicenzo Galilei, un músico y matemático florentino que quería que su hijo mayor estudiase medicina.

En un principio Galileo se planteó el incorporarse a la vida religiosa, fruto de que su educación fue encomendada a Jacobo Borhini, un vecino religioso, cuando sus padres se trasladaron a Florencia, quien apoyo su ingreso al convento de Santa María de Vallombrosa, en Florencia, donde recibió una formación más bien religiosa. Con el pretexto de una infección ocular el padre de Galileo, que más bien era escéptico, lo sacó de ahí alegando falta de cuidados. De ahí lo ingresó a la Universidad de Pisa, donde estudió medicina, matemáticas y filosofía y se dedicó a la música, el dibujo, la filología y a estudiar a fondo al matemático y geómetra griego alejandrino.

Galileo fue fundador del método experimental., descubridor de las leyes de la caída de los cuerpos que experimento desde la Torre de Pisa; de la Ley del péndulo; inventó la balanza hidrostática y el termómetro; formuló el “principio o ley de inercia de ”Galileo” que establece que: “la velocidad que ha adquirido un cuerpo se mantendrá constante mientras no haya causas exteriores de aceleración o deceleración”. Construyó en 1609 el primer telescopio astronómico gracias al cual descubrió los cuatro satélites del planeta Júpiter, los cráteres y accidentes del relieve de la Luna, las fases de los planetas y desde entonces ya no dudó del movimiento de la Tierra alrededor del Sol. Esta invención del telescopio está basada en los “tubos ópticos” recientemente inventados en 1608 por el holandés Hans Lippershey, de los cuáles solo tuvo una descripción que en mayo de 1609 le envía desde París su antiguo discípulo, Jacques Badovere, porque el invento fue ocultado por el Príncipe Mauricio de Nassau, estatúder de Holanda, por considerarlo secreto militar.

Con ese aparato se había podido observar ya estrellas invisibles a simple vista.

Este invento marca un giro en la vida de Galileo. El 21 de agosto de 1609, apenas terminado su segundo telescopio (aumenta ocho o nueve veces), lo presenta al Senado de Venecia. La demostración tiene lugar en la cima del Campanile de la plaza de San Marcos. Los espectadores quedan entusiasmados: ante sus ojos, Murano, situado a 2 km y medio, parece estar a 300 metros solamente.

Galileo ofrece su instrumento y lega los derechos a la República de Venecia, muy interesada por las aplicaciones militares del objeto. En recompensa, es confirmado de por vida en su puesto de Padua y sus emolumentos se duplican.

Armado con este instrumento y su interés por la astronomía, la noche del 7 de enero de 1610 apunta su telescopio hacia Júpiter y descubrió lo que en un principio consideró 3 estrellas pequeñas cercanas al planeta; la siguiente noche, las “estrellas” parecían haberse movido en dirección errónea, lo que llamó su atención, por lo cual continuó observándolas junto con Júpiter durante la siguiente semana, lo que propició que el día 11 descubrirá una cuarta (que luego resultaría ser Ganimedes).

Tras varias noches de observación se dará cuenta de que las cuatro estrellas nunca abandonaban la vecindad de Júpiter y parecían moverse con el planeta, cambiando su posición respecto a las otras y a Júpiter, con lo cual concluyó que no eran estrellas, sino cuatro de los satélites de Júpiter, lo que complementa su descubrimiento de las 4 lunas mayores de este gigante gaseoso.

Este descubrimiento confirmó la validez del sistema Copernicano y demostró que todas las cosas no giran alrededor de la Tierra.

A fin de protegerse de la necesidad económica, Galileo llamará a estos satélites por algún tiempo los «astros mediceos» I, II, III y IV, en honor de Cosme II de Médicis, su antiguo alumno y gran duque de Toscana.

Estos descubrimientos son de los primeros objetos del Sistema Solar invisibles al ojo humano, solamente detectados gracias al telescopio. Y son considerados como el acta de nacimiento de la astronomía moderna.

Para él, Júpiter y sus satélites son un modelo del Sistema Solar. Gracias a ellos, piensa poder demostrar que las órbitas de cristal de Aristóteles no existen y que los cuerpos celestes no giran alrededor de la Tierra. Es un golpe muy duro a los aristotélicos, pero también corrige a un grupo de copernicanos que pretenden que todos los cuerpos celestes giran alrededor del Sol.

El 10 de abril, muestra estos astros a la corte de Toscana. Es un triunfo. El mismo mes, da tres cursos sobre el tema en Padua. Siempre en abril, Johannes Kepler ofrece su apoyo a Galileo. El astrónomo alemán no confirmará verdaderamente este descubrimiento —pero con entusiasmo— hasta septiembre, gracias a una lente ofrecida por Galileo en persona.

Con las observaciones hechas en su telescopio de 20 aumentos, Galileo describe los cráteres de la Luna, apuntando que ‘”a diferencia de los que la mayoría de la gente sospecha, la Luna no posee una superficie pulida y regular, sino áspera (…) Está llena de cavidades similares a las montañas y valles de la Tierra, pero mucho mayores'”. Con estas observaciones publica su

“Sidereus nuncius” una serie de descubrimientos astronómicos que habían de asombrar al mundo.

En ese lapso, el 7 de enero de 1610, descubrió los satélites de Júpiter.

En julio de 1610 ve por primera vez las manchas solares y lo probaba en su escrito de 1613: “Historia…intorno alle manchie solari”.

A las par los ataques en contra de Galileo también crecen, después de que iniciaron con el “Sidereus nuncius”.

El temible cardenal Roberto Francisco Rómulo Belarmino, inquisidor de la Compañía de Jesús, inició una investigación contra Galileo; Roberto Francisco tenía entre sus antecedentes el haber quemado desde la Inquisición a Giordano Bruno, quien propuso que el Sol era simplemente una estrella; que el universo había de contener un infinito número de mundos habitados por seres inteligentes, y propuso, en el campo teológico una forma particular de panteísmo, lo cual difería considerablemente de la visión cosmológica sostenida por la Iglesia católica.

En 1615, Galileo es obligado a presentarse en Roma para defenderse contra las calumnias y sobre todo para tratar de evitar una prohibición de la doctrina copernicana. Pero le falta la prueba irrefutable de la rotación de la Tierra para apoyar sus requerimientos.

Con las influencias que tenía Galileo pasó diciembre de 1615 y enero de 1616 buscando impedir que lo presentaran ante la Inquisición, ante la cual es convocado el 16 de febrero de 1616 por el Santo Oficio para el examen de las proposiciones de censura. Es una catástrofe para él. La teoría copernicana es condenada como «una insensatez, un absurdo en filosofía, y formalmente herética».

El 25 y 26 de febrero de 1616, la censura es ratificada por la Inquisición y por el papa Pablo V.

Aunque no se le inquieta personalmente, se ruega a Galileo exponer su tesis presentándola como una hipótesis y no como un hecho comprobado, cosa que no hizo a pesar de que no le fue posible demostrar dicha tesis. Esta petición se extiende a todos los países católicos.

Galileo continúa con sus trabajos y el 3 de febrero de 1623 recibe la autorización para publicar su Saggiatore que dedica al Papa Urbano VIII, Maffeo Barberini, el cual aparece el 20 de octubre de 1623.

Con la fuerza que seguía tomando, el 21 de febrero de 1632, Galileo, protegido por el papa Urbano VIII y el gran duque de Toscana Fernando II de Médicis, publica en Florencia su diálogo de los Massimi sistemi (Diálogo sobre los principales sistemas del mundo) (Dialogo sopra i due massimi sistemi del mondo), donde se burla implícitamente del geocentrismo de Ptolomeo. El Diálogo es a la vez una revolución y un verdadero escándalo. El libro es en efecto abiertamente pro-copernicano, ridiculizando audazmente la interdicción de 1616.

El Diálogo se desarrolla en Venecia durante cuatro jornadas entre tres interlocutores: Filipo Salviati, un florentino seguidor de Copérnico, Giovan Francesco Sagredo, un veneciano ilustrado sin tomar partido , y Simplicio, un mediocre defensor de la física aristotélica. Los detractores de Galileo sostuvieron que el simpático pero poco brillante Simplicio, era en realidad el protector de Galileo, el Papa Urbano VIII.

Como el libro había sido autorizado por los censores de la Iglesia, no pudieron prosperar las acusaciones de introducir doctrinas heréticas.

 

La acusación contra Galileo y su abjura

La acusación en contra de Galileo fue por desobedecer la restricción de 1616 que le habían impuesto por defender el copernicanismo; citado a Roma desde el 30 de octubre de 1632, Galileo emprendió el viaje a la Santa Sede el 30 de diciembre de ese año, cuando ya no pudo mantener su versión de estar enfermo; llegó a Roma el 13 de febrero, después de esperar en la frontera de los Estados Pontificios por la peste que seguía en Florencia.

Desde entonces hasta el 12 de abril de 1633, fecha en que se presenta ante el Santo Oficio, se mantuvo en el Palacio de Florencia, en lugar de ser llevado a la cárcel del Santo Oficio.

En respuesta a la acusación, Galileo negó defender el copernicanismo, pero el 17 de abril tres teólogos que habían analizado sus “Diálogos” concluyeron que sí lo hacía. El cardenal jesuita Roberto Belarmino, quien le hizo la advertencia de 1616, había muerto, pero Galileo facilitó un certificado con su firma, según el cual no sufriría en el futuro ninguna otra restricción que no fueran las que para todo católico romano contenía un edicto de 1616. Este escrito no pudo ser rebatido por ningún documento, pero Galileo fue obligado a abjurar el 22 de junio de 1633, tanto por las pruebas mostradas, como por las amenazas de tortura si no reconocía lo que ya había hecho.

Se le condenó a prisión perpetua (condena que le fue conmutada por arresto domiciliario y que se mantuvo hasta su muerte el 8 de enero de 1642). Los ejemplares del Diálogo fueron quemados y la sentencia fue leída públicamente en todas las universidades.

Las referencias marcan que así, arrodillado ante el Tribunal de la Inquisición, después de abjurar, dijo para sí mismo: “E pur si muove… (Sin embargo se mueve…)” en clara referencia a la Tierra.

La posición de Galileo no fue extraña, pues 33 años antes el filósofo Giordano Bruno, en un caso parecido, fue condenado y murió en la hoguera.

Supuestamente, de acuerdo con una versión de Giuseppe Baretti, en ese contexto es en el que pronuncia la famosa frase «Eppur si muove» («Y sin embargo se mueve»), pero según Stillman Drake, Galileo no la pronunció en ese momento ya que no se encontraba en situación de libertad y sin duda era desafiante hacerlo ante el tribunal de cardenales de la Inquisición. Para Stillman si esa frase fue pronunciada lo fue en otro momento.

Galileo permaneció confinado en su residencia, en su casa de Florencia, desde diciembre de 1633 a 1638. Allí recibe algunas visitas, lo que le permitió que algunas de sus obras en curso de redacción pudieran cruzar la frontera. Estos libros aparecieron en Estrasburgo y en París en traducción latina.

En 1636, Luis Elzevier recibe un boceto de los Discursos sobre dos nuevas ciencias de la parte del maestro florentino. Éste es el último libro que escribirá Galileo; en él establece los fundamentos de la mecánica en tanto que ciencia y que marca así el fin de la física aristotélica. Intenta también establecer las bases de la resistencia de los materiales, con menos éxito. Terminará este libro a lo justo, puesto que el 4 de julio de 1637 pierde el uso de su ojo derecho.

Galileo, entre tanto, ha recibido la autorización de instalarse cerca del mar, en su casa de San Giorgio. Permanecerá allí hasta su muerte, rodeado de sus discípulos (Viviani, Torricelli, Peri, etc.), trabajando en la astronomía y otras ciencias. A fines de 1641, Galileo trata de aplicar la oscilación del péndulo a los mecanismos del reloj.

Unos días más tarde, el 8 de enero de 1642, Galileo muere en Arcetri a la edad de 77 años. Su cuerpo es inhumado en Florencia el 9 de enero.

Un mausoleo será erigido en su honor el 13 de marzo de 1736 en la iglesia de la Santa Cruz de Florencia.

A los trescientos cincuenta años de su muerte, en 1992, la Iglesia Católica en la persona del Sumo Pontífice Juan Pablo II (Karol Wojtyla) reivindicó la figura del científico renacentista.

En su honor se denominó a un cráter de la Luna y se llamó “galileo” a la unidad empleada en geofísica para la aceleración.

En 1989 la NASA denomina “Galileo” a su nave espacial que superando la gravedad terrestre se dirigirá al planeta Júpiter, pasando por Venus.