Juan Cordero, primer pintor mexicano en hacer un mural con temas no religiosos

Autorretrato, Juan Cordero, 1847


Juan Cordero, pintor mexicano, primero en hacer un mural con temas no religiosos y quien alcanzará amplio reconocimiento mundial, nació en Teziutlán, Puebla, el 16 de mayo de 1824, bajo el nombre de Juan Nepomuceno María Bernabé del Corazón de Jesús Cordero de Hoyos; en una familia encabezada por un comerciante español, al que le aprendió el oficio, y su madre mexicana.

Integrado en la Escuela Clásica, obtuvo un amplio reconocimiento en Roma y Florencia por obras como ‘”El regreso de Colón en América'”.

Durante su infancia fue “mercero”, es decir, vendedor ambulante de chucherías; su habilidad para el dibujo hizo que su padre lo enviara en 1840 a estudiar a la Antigua Academia de San Carlos, en la Ciudad de México. El oficio de mercero lo mantuvo, incluso, después de haberse inscrito en la Academia de San Carlos, lo cual lo ayudó a viajar por México y el mundo, según la biografía del autor en el libro “Juan Cordero y la pintura mexicana en el Siglo XIX”.

Su amplio recorrer como comerciante por diversos pueblos, le dio el colorido y la percepción para retratar los rasgos físicos humanos.

Más tarde y con hambre de conocimiento, junto con su padre toma la decisión de ir a estudiar a Roma. Radicado en aquella ciudad desde 1844 y hasta 1853, aprendió la técnica relamida, que hizo de él si no el más inspirado, si el más plástico de su época.

Con 20 años de edad llegó al estudio del maestro Natal de Carta y de inmediato llamó la atención del propio Giovanni Silvagni. Tres años después de su llegada a Roma firmó una de sus obras maestras, el retrato de los escultores Tomás Pérez y Felipe Valero.

A lo largo de su trayectoria, Cordero no hizo gran modificación de su estilo; dueño de una gran técnica pero carente de imaginación, tuvo una infortunada estancia en Roma, donde no pudo trascender por su estatismo e inmutabilidad, y a su uso del lenguaje fríamente neoclásico.

Pero con sus habilidades para el retrato comenzó a desarrollar su mayor obra, ya que no le requirió un gran arrebato de imaginación, bastó con su excepcional técnica y su brillante colorido, el más grande que conoció el siglo XIX en el país.

El año de 1847 resultó el más productivo para el artista, al realizar una de sus obras maestras, el retrato de los escultores pensionados Tomás Pérez y Felipe Valero. En ese mismo año concluyó otros dos retratos que son obras maestras del neoclasicismo mexicano: ‘”Autorretrato'” y ‘”Retrato de los Arquitectos de Agea'”. Igualmente desarrolló ‘”Moisés en Rafidín'” y la ‘”Mujer del pandero'”, inspirado en su novia María Bonnani.

Después de estos trabajos, el pintor criollo se mostró como el artista religioso que siempre fue a lo largo de su vida, con obras como ‘”Anunciación Angélica'” (1849), “El Redentor y La Mujer Adúltera” (1853) y los murales de Santa Teresa y San Fernando y la ‘”Stella matutina'” (1875)

Para 1855 regresó a México llevando consigo su máxima obra, ‘”El redentor y la mujer adúltera'”, la cual dividió y apasionó a los pintores de su época.

Cordero pidió entonces la dirección de pintura de la recién reconstruida Academia de México, a cargo del pintor catalán Pelegrín Clavé, al cual consideró su enemigo al ofrecerle sólo la subdirección de Pintura de la Academia.

Ante esto acudió a Antonio López de Santa Anna, a quien le hizo un retrató montado a caballo y como fondo, el Bosque de Chapultepec y su ejército de caballería. También retrató a la esposa, Dolores Tosta en una suntuosa sala de mediados del siglo XIX.

Santa Anna ordenó que lo nombraran director, pero prevaleció la autonomía y fueros de la institución académica, y el orgulloso Cordero se quedó sin el cargo.

Después de tan doloroso fracaso, volcó sus energías en la pintura mural. Fue el primer pintor mexicano que volvió su mirada a la pintura heroica y se encargó de pintar templos y bóvedas religiosas.

De nueva cuenta recibió comentarios buenos y malos, sólo que esta vez el artista no tuvo el temple suficiente para aceptar la crítica y con sus últimos trabajos demostró que estaba cansado y se volvió descuidado.

Entre 1860 y 1867, al término del imperio de Maximiliano, Cordero abrió un largo paréntesis en su carrera. De ese tiempo data su época como retratista de encargo, donde visitó lugares como Guanajuato, Mérida y Xalapa. También de esta temporada datan óleos en los cuales demostró un grado de madurez, mostrando un estilo agradable, con colores brillantes.

‘”La mujer de la hamaca'”, ‘”La sonámbula'”, ‘”La bañista'” Y ‘”La cazadora'” son obras representativas de dicho periodo.

En 1874, concluyó el primer mural laico pintado en México, en los muros de la Escuela Nacional Preparatoria, en San Ildefonso, titulado ‘”Triunfos de la ciencia y el trabajo sobre la ignorancia y la pereza'”.

Falleció el 28 de mayo de 1884, en Coyoacán, México, y poco después, sus únicos murales laicos de la Escuela Nacional Preparatoria, fueron derribados para abrir un ventanal en donde, junto al lema, Saber para prever, prever para obrar, figuraron las palabras de Justo Sierra: Amor, orden y progreso.

El redentor y la mujer adúltera, Juan Cordero, 1853

El redentor y la mujer adúltera, Juan Cordero, 1853

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