Sueños transfigurados- Carolina Fierro

Sueños transfigurados- Carolina Fierro


Manuel Martínez Morales

En los albores del tercer milenio –dice Yuval Noah Harari, en su libro Homo Deus-, la humanidad se despierta, estira las extremidades y se restriega los ojos. Todavía vagan por su mente retazos de alguna pesadilla horrible… La humanidad se dirige al cuarto de baño, se lava la cara, observa sus arrugas en el espejo, se sirve una taza de café y abre el periódico: “Veamos qué hay hoy en la agenda.”

Apostrofado en la cornisa de este abismo/ Soy Ícaro suspendido en vuelo pleno/ Soy de los que regalan semillas/ en vez de flores, la tuerca/ que cancela el segundero/ Pájaro de mal agüero/ hasta las manitas de petróleo/ tan pesado que no vuela ni camina/ y se queda aquí para siempre/ con su mala racha, con su mala pata/ en taxidermia atrapado.

En este diminuto planeta iluminado por el sol, viajando sin fin en un espacio ilimitado, se arrastra y padece su existencia una especie improbable tal vez, pero cierta en el sufrimiento que da certeza inapelable a su ser

Una garganta que se cierra en mitad del canto/ e irrumpe a carcajadas en los velorios de políticos./ Ave de Esfíndalo en las rocas, vomitando zarzas hirientes y cornizuelos que arden de repronto/ con la fiereza de las hormigas coloradas./ Maestros y compañeros, repitan/ después de mí:/ ¿Cuánto debe durar un bostezo en pleno orgasmo?/ He quedado solo en la Torre de Babel/ y no logro comunicarme conmigo mismo. (Apóstrofe, de Froy Balam)

Busco asideros a mi angustia y me afianzo del más próximo: el conocimiento sobre el sol, la Tierra, las especies que la habitan y el drama de la lucha por la existencia, que es una forma de nombrar la ley de la selección natural enunciada por Darwin, definida por otros como coevolución ecosistémica, o bien la mano invisible que regula el devenir social, consigna economicista que tan bien les vino a los forjadores del capitalismo.

O, en fin, un conocimiento cualquiera –con tal que parezca sólido- como las leyes del electromagnetismo, la teoría de la relatividad, la física cuántica y, si el cerebro me alcanza, una probadita al mundo de los quarks, pues los hay de sabores y colores diversos según rumores que circulan por ahí.

Pero el conocimiento también me angustia pues no quisiera asomarme al abismo de lo desconocido al cual el saber nos acerca; pues todo ensanchamiento del conocimiento acrecienta la peligrosa frontera entre lo finito conocido y el infinito de lo no conocido. Aprender a caminar sin perder el equilibrio sobre esta cuerda floja, sin red protectora, es lo que logran hacer los grandes investigadores de la ciencia. De ellos tratamos de aprender los que nos iniciamos en estas diabólicas suertes pues nos gusta ignorar que el camino al

infierno es una cuerda floja a la que nos empujan las buenas intenciones, sin querer aceptar lo terrible que encontraremos si llegamos al otro extremo; el descubrimiento que nos hará exclamar: ¡Eureka!

La ciencia, al igual que la belleza, será terrible y subversiva del espíritu conformista y el pensamiento sumiso que impregnan nuestra época. Aquel genio de la lámpara, mejor conocido como Lenin, alguna vez lo gritó a voz en cuello: ¡La verdad será siempre revolucionaria!

Trátese de verdades humildes y parciales en el campo de la agronomía, de la física de partículas elementales, de la biomedicina, las ciencias sociales, la inteligencia artificial, las matemáticas, la filosofía y, ¿por qué no?, de la poesía.

Me sostengo del otro asidero a mi alcance: el forjado por mis hijos, mis pequeños nietos y todos los niños del mundo, siempre perseguidos por Herodes. A mi mente se presentan alegres y profundos versos que alientan mi espíritu en bancarrota:

Los astros son rondas de niños,/ jugando la tierra a espiar…/ Los trigos son talles de niñas/ jugando a ondular…, a ondular…/ Los ríos son rondas de niños/ jugando a encontrarse en el mar…/ Las olas son rondas de niñas/ jugando a la Tierra abrazar…(Todo es ronda, G. Mistral)

Reflexionar para comprender lo que se ve y lo que no se ve.

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