El peyote huichol, mural callejero

El peyote huichol, mural callejero


Manuel Martínez Morales

Al igual que dios, el viento

baila indiferente sobre la arena.

Eugenio de Andrade: Canción del paseo alegre.

Si en realidad la conocí o sólo fue una alucinación de las tantas que me acosan, es lo de menos, pero recuerdo bien que dijo llamarse Dakota Lessing y que había viajado a México para participar en el ceremonial huichol alrededor de la sagrada planta del peyote.  Otro dato en favor de la existencia de Dakota es que, hace como diez años vi a El Vaquero,  quien me confirmó que en efecto él mismo  tuvo con  Dakota  un amorío pasajero. En aquella lejana época de alucine, rock y el desbordado deseo de transformar el mundo, El Vaquero y yo nos unimos al grupo de hippytecas -Dakota entre ellos- que se internó en el árido altiplano potosino para ir en busca del ceremonial en torno al peyote.

Es imborrable la imagen en mi memoria de cierta luminosa tarde en el desierto en que empezó a soplar el viento con mediana intensidad y levantó en la arenosa planicie un conjunto de polvorientos remolinos  –llamados en mi tierra  “chamucos”- que parecían ejecutar una azarosa danza en medio de la árida llanura.

Asombrada e inspirada, Dakota se despojó de sus botas y descalza comenzó a ejecutar una cadenciosa y sinuosa danza –al son de alguna melodía que sólo ella escuchaba- teniendo como marco escenográfico el trasfondo del árido horizonte y la coreografía de los “chamucos” que ahora parecían obedecer al ritmo y movimientos marcados por la danzante.

Me digo que fue real, que no pude imaginarlo, pues esta maravillosa e irrepetible danza en el desierto tuvo lugar antes del ceremonial donde se consumía el peyote y, por otra parte,  también fueron embelesados testigos El Vaquero y demás integrantes del grupo.

No sé cuánto tiempo duró aquella maravillosa danza, pero ahora recuerdo –mientras entristecido me entero que hace unos momentos EU lanzó sobre Afganistán la bomba no nuclear más potente jamás creada, la bomba GBU-43 Massive Ordenance Air Blast (MOAB), llamada “Madre de todas las bombas”, arrojándola contra un complejo de túneles del Estado Islámico en la provincia de Nangarhar- que esa experiencia me elevó hasta una especie de remolino cósmico desde donde todo  podía contemplarse y entenderse casi de golpe; pasado, presente y futuro concentrados en un insólito instante.

De ese modo, pude ver cómo no es Dios quien, como el viento, baila indiferente entre la arena, sino que es Lucifer encarnado en el Becerro de Oro –el otro dios: el capital- quien ejecuta su satánica danza sobre el planeta entero. A diferencia del encantador baile de Dakota acompañada por los “chamucos”, el baile luciferiano se enmarca  en un escenario anticivilizatorio, y por tanto en un horizonte que acerca la humanidad al borde de su aniquilación.

Vivimos una crisis de la civilización industrial –apunta Víctor Toledo- cuyo rasgo primordial es ser multidimensional, pues reúne en una sola trinidad la crisis ecológica, la crisis social y la crisis individual, y dentro de cada una de éstas a toda una gama de (sub) dimensiones. Esto obliga a orquestar diferentes conocimientos y criterios dentro de un solo análisis, y a considerar sus ámbitos visibles e invisibles. Se equivocan quienes piensan que la crisis es solamente económica o tecnológica o ecológica. La crisis de civilización requiere de nuevos paradigmas civilizatorios y no solamente de soluciones parciales o sectoriales. Buena parte de los marcos teóricos y de los modelos existentes en las ciencias sociales y políticas están hoy rebasados, incluidos los más críticos. Además, no hay solución moderna a la crisis de la modernidad. Todo debe re-inventarse.

Estamos entonces en un fin de época, en la fase terminal de la civilización industrial, en la que las contradicciones individuales, sociales y ecológicas se agudizan y en la que la norma son cada vez más los escenarios sorpresivos y la ausencia de modelos alternativos. Vista así, la crisis requiere de un esfuerzo especial, pues se trata de remontar una época que ha afectado severamente un proceso histórico iniciado hace miles de años, de relaciones visibles e invisibles: el metabolismo entre la especie humana y el universo natural. (Víctor M. Toledo: La crisis de la civilización moderna. www.jornada.unam.mx/2017/02/28/opinion/016a2pol)

En particular, lo que en México estamos presenciando en el orden de la violencia es en realidad un programa de ingeniería social, aunque sin el rigor técnico y burocrático de sociedades más disciplinadas, como la de los alemanes en el periodo del nazismo, dice Javier Sicilia.

Lo que más me preocupa y asusta, además de la probada existencia y efectividad de MOAB, es que –siguiendo a Sicilia- existe, en este sentido, algo más que una relación fortuita entre la tecnología que se aplica en una cadena productiva y sus sueños de abundancia material, y la tecnología que se aplica en las redes criminales –ya sean del crimen organizado o del Estado– con su abundancia de esclavitud y muerte. Podríamos decir que el mundo de la violencia que se desencadenó en el siglo XX en Occidente y la sociedad que ha engendrado son “la cara oculta y cada vez más oscura de la civilización judeocristiana” o, como lo dice Iván Illich, el rostro de la corrupción institucional del servicio que trajo el Evangelio al mundo.

Me consuelo parafraseando a Heráclito: El hombre no sobrepasará sus límites, si no las Erinias (Dakota entre ellas) que guardan la belleza, la verdad y la justicia sabrán castigarlo.