Las cosas no son para ser dichas o entendidas en su totalidad, como quisieran hacérnoslo creer. Casi todo lo que ocurre es inexpresable y se cumple en una región donde jamás ha hollado palabra alguna.

Rainer Maria Rilke

 

      Cada hombre, siendo como un árbol con la cabeza perdida entre nubes y estrellas y los pies cubiertos de barro, gusanos y estiércol, es “el punto en el que se cruzan los fenómenos del mundo”. Espacio y tiempo se concentran y se expanden en una entidad tan frágil como es la conciencia humana: la estrella que ahora veo es la imagen de la estrella tal cual era hace cientos o miles de años; pierde sentido preguntarse si la estrella existe o no en este momento; para mí, la estrella está ahí, componiendo mi experiencia local y conectándola con antiguas épocas de la historia cósmica; todo concentrado en un presente infinitesimal, evanescente, separando imperceptiblemente el pasado del futuro.

      Sólo una breve fracción de ese magma cósmico depositado en el hombre es traducida por el tamiz de la lengua. El resto permanece en la oscuridad, en la opacidad de lo no nombrado, de lo que no es posible hablar ni decir nada. Con grandes esfuerzos, heroicamente, el hombre, constituido ya en un ente social, cincela la cultura y las lenguas  para reconstruir ante su entendimiento aquello que sin forma bulle en el turbulento océano de su ser.

            La opacidad se presenta al entendimiento, más no así al simple vivir. Las cosas sencillas del vivir son, en verdad, transparentes: si hay hambre, se tendrá  que comer        ; si se siente frío, se buscará abrigo.

     El enigma de la existencia se asume con peculiar intensidad en culturas que admiten y fomentan el sentimiento cósmico y que, de acuerdo con las valoraciones de la modernidad, son consideradas “atrasadas” o “primitivas”. El capitalismo, con su dinámica hegemónica y totalitaria, se convierte en un cáncer histórico que  destruye todas aquellas formas culturales que no le son funcionales. Las células enfermas de las relaciones sociales destructivas del capitalismo -así como sus correspondientes formas ideológicas, mutiladoras de la conciencia- se extienden sobre el planeta entero, produciendo sufrimiento y muerte en gran escala. El enigma de la existencia, que se asumía abiertamente por las culturas precapitalistas y se resolvía canalizando la energía social en direcciones positivas, ahora es condenado al desván de las cosas “inútiles”, no instrumentales a los fines de acumulación y de control, provocando en los hombres una angustia inconmensurable, originada y  reflejada en la terrífica violencia contemporánea que, por cotidiana, permanece opaca a nuestra conciencia.

     La ideología dominante barre con toda forma de conocimiento que no sea reducible a un esquema presumiblemente universal y absoluto: el conocimiento científico. Es así como algunos prominentes representantes de la ciencia moderna pueden hacer afirmaciones tan temerarias  como la siguiente: “Este libro (El relojero ciego) está escrito con la convicción de que nuestra propia existencia, presentada alguna vez como el mayor de todos los misterios, ha dejado de serlo, porque el misterio está resuelto”  El autor de esta afirmación, Richard Dawkins, es un eminente genetista. Puede ser que el problema se considere resuelto, pero solamente dentro de las formas mitológicas que forman parte de un hábito aceptado: asumir que el conocimiento científico puede llegar de una vez y para siempre a la verdad de las cosas.

     Si el conocimiento científico ha de servir para algo, además de dar sustento a la técnica, ha de ser para asumir los contornos de la opacidad primordial de la existencia con todas sus consecuencias, aceptando en todo caso que, precisamente por la dialéctica del pensamiento cognitivo, esos contornos son móviles y difusos. Por otra parte, hay  distinguidos científicos -cuyas voces han sido apagadas por el estruendo propagandístico de los apologistas del cientificismo como Dawkins- que formulan propuestas más amplias sobre el mundo y su conocimiento, fuera de las vertientes  mecanicistas: la idea de que la realidad está compuesta de múltiples órdenes, subsumidos unos en otros, en donde el microcosmos y el macrocosmos son como dos espejos reflejándose mutuamente y, en el fondo, una naturaleza cualitativamente infinita, dinamizada por un principio dual que se manifiesta dialécticamente como oposición entre lo necesario (causalidad) y lo contingente (el azar).

      Puede ser que el auténtico espíritu de la indagación científica, inclinado ante el misterio cósmico, sea mejor comprendido por hombres de visión poética como Italo Calvino, quien dice “Yo quisiera servirme del dato científico como de una carga propulsora para salir de los hábitos de la imaginación y vivir incluso en los confines más extremos de nuestra experiencia…”

     La vida del hombre sobre el planeta Tierra es una aventura llena de dolor y sufrimiento, pero abierta también al gozo y a la serenidad; aventura cuyo desenlace permanece en la opacidad. Es posible que la conciencia de la finitud de la vida sea el impulso que nos mantiene bregando, día con día, cual si fuésemos inmortales.

            Reflexionar para comprender lo que se ve y lo que no se ve.

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