Muchas noches de insomnio pasó Mané devanándose los sesos tratando de explicarse por qué es más bien el ser y no la nada. ¿Por qué algo existe? Lo que sea: una piedra, una cucaracha, la luna, una licuadora, los juegos de cartas, la decadencia del yo, en fin. Y si algo existe, por qué existe en una forma y no en otra. Tales cuestiones ocupaban los desvelos de Mané y, en ocasiones, le hacían dudar de su cordura.

            Ya despierto se apoyaba en lo dicho por el eminente –y poco conocido- sabio de bolsillo, el  doctor Simón Bacamarte, quien en alguna ocasión  había afirmado que “la razón es el perfecto equilibrio de todas las facultades; fuera de ella todo es insanía, insanía y nada más que insanía.”

            Así pues, habría que buscar la respuesta a tantas preguntas a partir de la razón suprema: la razón científica.  Entonces Mané retomaba sus estudios de mecánica hipodérmica, biología meta molecular para principiantes, matemática numerológica y la teoría de la complejidad según Chanoc, pues no era posible exigirle más a sus deterioradas neuronas. ¿Y las sirenas y minotauros?

            Recordó que, según el tío Petros, cualquier amigo de los números enteros identificaría de inmediato como primos los números 199, 457 o 1009. Y de manera automática asociaría el 220 con el 284, puesto que están ligados por una relación atípica: la suma de los divisores enteros de cada uno es igual a la del otro.

            Tales resultados, perfectamente racionales y validados matemáticamente, generalmente producían en Mané impresionantes alucinaciones, y esta vez no fue la excepción. Mané creyó ser testigo de algo increíble o, más bien, imposible: ¡vio a un higo comerse a un asno! La necesidad de llorar se apoderó de él con tal fuerza que dejando escapar una lágrima exclamó: “Naturaleza, naturaleza, el gavilán destroza al gorrión, el higo se come al asno, y la tenia devora al hombre.”

            En medio de tal confusión se preguntó a sí mismo si también había hablado alguna vez del modo como se matan las moscas o de la destrucción de los rinocerontes. En todo caso se reprochaba no haber hablado del rinoceronte después de la mosca, aunque esa omisión impremeditada no asombraría –se decía Mané- a aquellos que han estudiado a fondo las contradicciones reales e inexplicables que habitan los lóbulos del cerebro humano. Pues, concluía, nada es indigno para una inteligencia grande y simple: el más mínimo fenómeno de la naturaleza, si en él hay misterio, se convertirá para el lúcido, en inagotable materia de reflexión.            Existan o no los gallos risueños, lo cierto es que la ciencia se ocupa no de lo que existe, sino de lo posible. Dado el estado de un sistema, no interesa tanto al científico determinar cual será el siguiente estado en su evolución, sino cuáles son los posibles estados a los que podría transitar. El olvido de esta regla transmetodológica tan simple hace caer a los aprendices de brujo en insospechadas trampas y callejones sin salida. Y dice Mané que la regla es simple puesto que la ciencia moderna se ha establecido y consolidado precisamente por marcar límites a lo posible, es decir por establecer postulados de imposibilidad. En esto y no otra cosa consiste la ciencia moderna.

La imagen del mundo que el ser humano construye es siempre, en gran medida, producto de su imaginación, y recurre a la autoridad del biólogo Francois Jacob:

“Se puede observar un objeto por años y nunca producir una observación de interés científico. Para producir una observación valiosa, se debe tener primero una idea de qué observar, una preconcepción de lo que es posible. Los avances científicos a menudo surgen de descubrir un aspecto hasta ahora no observado de las cosas, como resultado no tanto de usar un nuevo instrumento, sino de ver los objetos desde un ángulo diferente.”

A pesar de la extendida y errónea idea de que la ciencia tiene una explicación para todo, habrá que recordar por ejemplo  que, a pesar de todos los avances, los dos eventos críticos de la evolución –la aparición de la vida y, posteriormente, el pensamiento y el lenguaje- resultan cada vez más incomprensibles, por lo que habrá que carcajearse como gallo al amanecer, cuando alguien afirme que tales fenómenos ya cuentan con su respectiva explicación “científica”.

También hay que resaltar que algunas de las leyes fundamentales de la física (o la biología) pueden formularse como postulados acerca de lo posible o lo imposible. Un historiador de la ciencia, E. Whittaker los ha designado, genéricamente, postulados de impotencia, es decir de lo que es imposible. ¿Por qué son imposibles las sirenas y los minotauros?

Ya en el terreno de la seria seriedad científica,  puede decirse que el postulado de la relatividad afirma que una ley de la naturaleza es la imposibilidad de reconocer una velocidad absoluta.

Reflexionar para comprender lo que se ve y lo que no se ve.

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