En la Feria del Libro de Frankfurt, que se realiza en las fechas en las que se anuncian los premios Nobel, como cada año cientos de compradores se volcaron buscando material de quien es designada con la distinción, en este caso Alice Munro.

Y para conocerla su relato «Ficción», de su libro «Demasiada felicidad».

(Tomado de Revista de Cultura Ñ, http://www.revistaenie.clarin.com/)

Lo mejor del invierno era volver a casa en el coche, después de

todo el día dando clases de música en los colegios de Rough River.

Ya había oscurecido, y en la parte alta del pueblo quizá estaba nevando

mientras la lluvia azotaba el coche por la carretera de la costa.

Joyce dejó atrás los límites del pueblo y se internó en el bosque, y

aunque era un bosque de verdad, con grandes abetos de Douglas y cedros,

cada cincuenta metros más o menos había una casa habitada.

Algunas personas tenían huertos; otras, ovejas o caballos, y había empresas

como la de Jon, que restauraba y hacía muebles. También ofrecían

servicios que se anunciaban junto a la carretera y en especial en

esa parte del mundo: cartas del tarot, masajes con hierbas, resolución

de conflictos. Algunos vivían en caravanas; otros se habían construido

casas, con tejado de paja y extremos de troncos, y otros, como Jon

y Joyce, estaban restaurando viejas casas de labranza.

Había algo especial que a Joyce le encantaba ver mientras volvía

a casa y entraba en su finca. En esa época mucha gente, incluso algunos

habitantes de las casas con techo de paja, estaban instalando lo

que llamaban puertas de patio, aun cuando, como Jon y Joyce, no tenían

patio. No solían ponerles cortinas, y los dos rectángulos de luz

parecían ser indicio o promesa de comodidad, de seguridad y abundancia.

Por qué era así, más que con las ventanas corrientes, Joyce

no lo sabía. Quizá se debiera a que la mayoría no servía solamente para

asomarse sino que se abrían directamente a la oscuridad del bosque y

a que exhibían el refugio del hogar con tanta ingenuidad. Gente cocinando

o viendo la televisión, de cuerpo entero; escenas que la seducían,

aunque sabía que las cosas no serían tan especiales dentro.

Lo que Joyce veía cuando entraba en el sendero de su casa, sin

pavimentar y encharcado, era el par de puertas de aquellas que había

colocado Jon enmarcando el interior resplandeciente y a medio hacer.

La escalera de mano, las estanterías de la cocina sin acabar, las escaleras

al descubierto, la cálida madera iluminada por la bombilla

que Jon colocaba para enfocar donde quisiera, dondequiera que estuviera

trabajando. Se pasaba el día trabajando en su cobertizo, y

cuando empezaba a oscurecer dejaba libre a la aprendiza y se ponía

con las obras de la casa. Al oír el coche de Joyce volvía la cabeza hacia

ella un momento, a modo de saludo. Normalmente tenía las manos

demasiado ocupadas para saludar con la mano. Sentada allí, con

los faros del coche apagados, recogiendo la compra o el correo que

tenía que llevar a casa, Joyce era feliz incluso por tener que recorrer

ese último trecho hasta la puerta, en medio de la oscuridad, el viento

y la lluvia fría. Se sentía como si se librase del trabajo cotidiano,

agobiante e inseguro, harta de ofrecer música a indiferentes y sensibles

por igual. Mucho mejor trabajar con la madera solo —no tenía

en cuenta a la aprendiza— que con las impredecibles crías humanas.

A Jon no le contaba nada de eso. No le gustaba oír a los que hablaban

de lo básico, delicado y respetable que era trabajar la madera.

Qué integridad, qué dignidad tenía.

Qué gilipollez, decía él.

Jon y Joyce se habían conocido en un instituto de una zona industrial

de Ontario. Joyce tenía el segundo coeficiente intelectual

más alto de su clase; Jon, el coeficiente intelectual más alto del cole-

gio y probablemente de la ciudad. Todos esperaban que ella llegara a

ser una brillante violinista —antes de que abandonara el violín por el

violoncello— y él, un científico impresionante, dedicado a unas tareas

difícilmente comprensibles en el mundo común y corriente.

En el primer año de universidad dejaron de ir a clase y se escaparon

juntos. Encontraron trabajitos aquí y allá, recorrieron el continente

en autobús, vivieron durante un año en la costa de Oregón, se

reconciliaron a distancia con sus padres, para quienes se había apagado

una luz en el mundo. A esas alturas ya no se los podía llamar hippies,

pero así era como los llamaban sus padres. Ellos no se consideraban

tales. No tomaban drogas, vestían de forma conservadora,

aunque un tanto desastrada, y Jon se empeñaba en afeitarse y en que

Joyce le cortara el pelo. Con el tiempo se cansaron de sus trabajos

temporales y mal pagados y pidieron dinero prestado a sus decepcionadas

familias para especializarse en algo y poder ganarse mejor la

vida. Jon aprendió carpintería y ebanistería y Joyce se sacó un título

para dar clase de música en los colegios.

El trabajo que encontró estaba en Rough River. Compraron

aquella casa en ruinas a un precio de risa e iniciaron una nueva fase

de su vida. Plantaron un jardín y empezaron a relacionarse con los

vecinos, algunos de los cuales seguían siendo auténticos hippies que

cultivaban pequeñas plantaciones de marihuana en pleno monte y

hacían collares de cuentas y sobrecitos de hierbas para vender.

A los vecinos les caía bien Jon, que seguía siendo flaco, de ojos

relucientes y egoísta pero siempre dispuesto a escuchar. Y era una

época en que la gente empezaba a acostumbrarse a los ordenadores,

que Jon comprendía y era capaz de explicar con paciencia. Joyce no

gozaba de tantas simpatías. Sus métodos para enseñar música se consideraban

demasiado apegados a las normas.

Joyce y Jon preparaban juntos la cena y bebían vino casero. (Jon

tenía un procedimiento para elaborar vino muy estricto y logrado.)

Joyce hablaba de las frustraciones y las situaciones cómicas del día.

Jon no hablaba mucho; le interesaba más cocinar. Pero cuando llegaba

la hora de cenar a lo mejor le hablaba a Joyce de un cliente que había

llegado, o de su aprendiza, Edie. Se reían de algo que había dicho

Edie, pero no con desprecio; Edie era como una mascota, pensaba a

veces Joyce. O como una niña. Aunque si hubiera sido una niña, su

hija, y hubiera sido como ella, estarían demasiado confusos y quizá

demasiado preocupados para reírse.

¿Por qué? ¿En qué sentido? Edie no era imbécil. Jon decía que no

era precisamente un genio de la carpintería pero que aprendía y recordaba

lo que le enseñaban. Y sobre todo no era una charlatana. Eso

era lo que más temía cuando se planteó el asunto de contratar un

aprendiz. Había un nuevo programa del gobierno, según el cual a él

le pagarían cierta cantidad por enseñar a una persona, y esa persona

cobraría lo suficiente para vivir mientras aprendía. Aunque al principio

Jon no parecía muy dispuesto, Joyce lo convenció. Ella pensaba

que tenían una obligación para con la sociedad.

Edie a lo mejor no hablaba mucho, pero cuando hablaba era rotunda.

—Me abstengo de drogas y alcohol —les dijo en la primera entrevista—.

Soy de Alcohólicos Anónimos y soy alcohólica en proceso

de recuperación. Nunca decimos que nos hemos recuperado, porque

nunca llegamos a hacerlo. No te recuperas, en toda tu vida. Tengo

una hija de nueve años, y como nació sin padre es responsabilidad

únicamente mía y mi intención es criarla como es debido. Quiero

aprender carpintería para mantener a mi hija y mantenerme a mí

misma.

Pronunciaba este discurso sentada al otro lado de la mesa de la

cocina, mirándolos fijamente, primero al uno después al otro. Era

una joven baja y robusta, que no parecía ni lo bastante mayor ni lo

bastante deteriorada para tener un pasado de gran disipación. Hombros

anchos, flequillo tupido, cola de caballo apretada, ni la más mínima

posibilidad de una sonrisa.

—Y otra cosa —añadió.

Se desabrochó y se quitó la blusa de manga larga. Debajo llevaba

una camiseta. Tenía los brazos, la parte superior del pecho y —cuando

se dio la vuelta— la parte superior de la espalda decorados con tatuajes.

Parecía que su piel se hubiese transformado en un traje, o quizá

en un tebeo con caras lascivas y tiernas al mismo tiempo, acosadas

por dragones, ballenas y llamas, demasiado intrincado o tal vez demasiado

horripilante para comprenderlo.

Lo primero que te preguntabas era si todo su cuerpo se habría

transformado de la misma manera.

—Es alucinante —dijo Joyce en el tono más neutro posible.

—Pues no sé si es alucinante, pero si hubiera tenido que pagarlo

habría costado un montón de dinero —contestó Edie—. Estuve metida

en eso durante un tiempo. Si se lo enseño es porque a algunas

personas les molestaría. O supongamos que hace calor en el cobertizo

y tengo que trabajar en camisa.

—A nosotros no —dijo Joyce mirando a Jon, que se encogió de

hombros.

Joyce le preguntó a Edie si le apetecía un café.

—No, gracias. —Edie se estaba poniendo la camisa—. Hay un

montón de gente en Alcohólicos Anónimos que parece vivir a base de

café. Y yo les digo, les digo: «¿Por qué cambiáis un mal hábito por

otro?».

—Es increíble —comentó Joyce más tarde—. Te da la sensación

de que digas lo que digas te soltará un sermón. No me he atrevido a

preguntar por la partenogénesis.

—Es fuerte —dijo Jon—. Eso es lo fundamental. Me he fijado

en sus brazos.

Cuando Jon dice «fuerte» se refiere simplemente a lo que esa palabra

significaba antes. Se refiere a que Edie puede levantar una viga.

Jon escucha CBC Radio mientras trabaja. Música, pero también

noticias, comentarios, llamadas de los radioyentes. A veces habla de

las opiniones de Edie sobre lo que han oído.

Edie no cree en la evolución.

(En un programa con participación del público varias personas

se oponían a lo que se enseñaba en los colegios.)

¿Por qué no?

—Bueno, porque en esos países de la Biblia —dijo Jon, y a continuación

adoptó el tono firme y monótono de Edie—, en esos países

de la Biblia hay un montón de monos y los monos estaban venga

a bajarse de los árboles y por eso a la gente se le metió en la cabeza la

idea de que los monos se bajaron de los árboles y se transformaron en

personas.

—Pero para empezar… —dijo Joyce.

—Eso no importa. Ni lo intentes. ¿Es que no conoces la primera

norma para discutir con Edie? No importa y cállate la boca.

Edie también estaba convencida de que las grandes compañías

farmacéuticas conocían la cura del cáncer pero tenían un acuerdo

con los médicos para guardarse la información por el dinero que ganaban

ellas y los médicos.

Cuando ponían el «Himno a la alegría» en la radio Edie obligaba

a Jon a apagarla porque era espantoso, como un funeral.

Además, pensaba que Jon y Joyce —bueno, en realidad Joyce—

no debían dejar botellas de vino a la vista en la mesa de la cocina.

—¿Y se tiene que meter en eso?

—Pues al parecer, eso cree.

—¿Cuándo inspecciona la mesa de nuestra cocina?

—Tiene que pasar por allí para ir al baño. No va a hacer pis entre

las matas.

—Pero no acabo de entender por qué tiene que meterse en…

—Y a veces entra a preparar unos bocadillos para los dos…

—¿Y qué? Es mi cocina. Nuestra cocina.

—Es que se siente amenazada por la priva. Es muy frágil todavía.

Es algo que ni tú ni yo podemos entender.

Amenaza. Priva. Frágil.

¿Cómo era posible que Jon empleara esas palabras?

Joyce debería haberlo entendido en aquel preciso instante, aunque

el mismo Jon estaba muy lejos de saberlo. Jon estaba empezando

a enamorarse.

Empezar a enamorarse. Eso sugiere cierto paso del tiempo, cierto

abandono; pero también se puede tomar como una aceleración, el

momento o el segundo en que te enamoras. Ahora Jon no está enamorado

de Edie. Tic, tac. Ahora lo está. Eso no se podía considerar probable

ni posible de ninguna manera, a menos que pensaras en que

de repente te parte un rayo, en una desgracia inesperada. El revés del

destino que deja a una persona impedida, la broma terrible que

transforma unos ojos claros en ojos ciegos.

Joyce se propuso convencerlo de que estaba equivocado. Jon tenía

tan poca experiencia con las mujeres… Ninguna, salvo con ella.

Siempre habían pensado que experimentar con diversas parejas era

pueril, que el adulterio era algo enrevesado y destructivo. Entonces

Joyce se lo planteó: ¿debería Jon haber tenido líos con otras mujeres?

Jon había pasado los oscuros meses de invierno encerrado en su

taller, expuesto a los efluvios de convencimiento de Edie. Era como

ponerse enfermo por falta de ventilación.

Edie lo volvería loco, si Jon seguía adelante y se la tomaba en serio.

—Ya lo había pensado —dijo Jon—. Quizá ya me he vuelto loco.

Joyce contestó que eso eran tonterías de adolescente, y lo hizo

sentirse desconcertado e impotente.

—Pero ¿quién te has creído que eres, un caballero de la Tabla Redonda?

¿O crees que te han dado una poción mágica?

Después dijo que lo sentía. Lo único que podían hacer era tomárselo

como un programa compartido, añadió. El valle de las sombras,

que algún día verían como un simple problema técnico en el

curso de su matrimonio.

—Nosotros sabremos solucionarlo —dijo Joyce.

Jon la miró con frialdad, pero con cierta gentileza.

—No hay ningún «nosotros» —replicó.

¿Cómo podía haber ocurrido algo semejante? Joyce se lo plantea a

Jon, a sí misma y después a los demás. Una aprendiza de carpintero

torpe de andares y de ideas, con pantalones anchos y camisas de franela

y —en invierno— un jersey grueso y sin gracia moteado de serrín.

Una cabeza que pasa lenta e inexorable de una estupidez o un

lugar común a otro y eleva cada paso a la categoría de ley universal.

Una persona así ha eclipsado a Joyce, con sus piernas largas, su cintura

fina y su larga trenza de pelo oscuro y sedoso. Con su inteligencia,

su música y el segundo coeficiente intelectual más alto.

—Creo que sé qué pasó —dice Joyce.

Esto es más adelante, cuando los días se han alargado y los contoneos

de los crinums refulgen junto a las cunetas. Cuando iba a dar

clase de música con gafas oscuras para ocultar unos ojos hinchados

de llorar y beber y en lugar de volver a casa después del trabajo iba a

Willingdon Park, donde esperaba que Jon fuera a buscarla, temiendo

que se suicidara. (Jon fue, pero solo una vez.)

—Creo que fue porque había hecho la calle —dijo—. Las pros-

titutas se hacen tatuajes por el negocio, los hombres se excitan con

esas cosas. No me refiero a los tatuajes, aunque, bueno, también, claro

que también se excitan con eso; me refiero al hecho de que se hayan

vendido. Tanta disponibilidad y tanta experiencia… Y encima

reformadas. Una María Magdalena de mierda, eso es lo que es. Y Jon

es tan crío sexualmente… Te dan ganas de vomitar.

Ahora tiene amigas con las que puede hablar así. Todas tienen

algo que contar. A algunas las conocía de antes, pero no como ahora.

Hablan en confianza, beben y se ríen hasta llorar. Dicen que no se lo

pueden creer. Los hombres. Las cosas que hacen. Es asqueroso, absurdo.

Increíble.

Y por eso es verdad.

Hablando así Joyce se siente bien, realmente bien. Dice que incluso

hay momentos en que le está agradecida a Jon, porque se siente

más viva que antes. Es terrible pero maravilloso. Un nuevo comienzo.

La verdad desnuda. La vida desnuda.

Sin embargo, al despertarse a las tres o las cuatro de la madrugada no

sabía dónde estaba. No en su casa. Ahora en la casa estaba Edie. Edie

y su hija y Jon. Era un cambio que la propia Joyce había apoyado,

pensando que a lo mejor Jon entraría en razón. Se mudó a un apartamento

de la ciudad, cuya dueña era una profesora que se había tomado

un año sabático. Se despertó en plena noche con las oscilantes

luces rosas del letrero del restaurante de enfrente que destellaban por

la ventana, iluminando los chismes mexicanos de la otra profesora.

Macetas con cactos, colgantes de ojo de gato, mantas de rayas del color

de la sangre seca. Toda la perspicacia de la borrachera y toda la euforia

expulsadas como un vómito. Aparte de eso, no tenía resaca. Al parecer

era capaz de beberse ríos de alcohol y despertarse seca como el

cartón, aplanada.

Su vida acabada. Una catástrofe como tantas otras.

Lo cierto era que seguía borracha, aunque se sintiera completamente

sobria. Corría el peligro de meterse en el coche e ir a la casa.

No de caerse a una cuneta, porque en tales ocasiones conducía tranquila

y despacio, sino de aparcar en el jardín frente a las oscuras ventanas

y gritarle a Jon que tenían que acabar con aquello.

Se acabó. No está bien. Dile que se marche.

¿Te acuerdas de cuando dormíamos en el prado y al despertarnos

las vacas estaban pastando a nuestro alrededor y no nos habíamos

dado cuenta de que ya estaban allí por la noche? ¿Te acuerdas de

que nos lavábamos en el arroyo helado? Recogíamos setas en la isla

de Vancouver, volvíamos en avión a Ontario y los vendíamos para

pagarnos el viaje cuando tu madre estaba enferma y creíamos que se

moría. Y decíamos, qué cosas, si ni siquiera somos drogatas, si solo

cumplimos una misión de amor filial.

Salió el sol y los espantosos colores mexicanos empezaron a agredirla,

intensificados, y al cabo de un rato se levantó, se lavó, se dio un

toque de colorete en las mejillas, se tomó un café, espeso como el barro,

y se puso ropa nueva. Se había comprado blusas ligeras, faldas

ondulantes y pendientes adornados con plumas multicolores. Iba a

dar clase de música a los colegios como una bailarina gitana o una camarera.

Se reía de todo y coqueteaba con todo el mundo. Con el

hombre que le preparaba el desayuno en la cafetería de abajo, con

el chico que le echaba gasolina al coche y con el empleado de Correos

que le vendía sellos. Tenía la vaga idea de que Jon se enteraría de lo

guapa, lo atractiva y lo feliz que estaba, de que todos los hombres

iban detrás de ella. En cuanto salía del apartamento se ponía a actuar,

y Jon era el espectador principal, si bien a distancia. Aunque Jon

nunca se había dejado deslumbrar por un aspecto llamativo ni por

los coqueteos, jamás había pensado que era eso lo que hacía atractiva

a Joyce. Cuando viajaban, en muchas ocasiones se las arreglaban con

la misma ropa para los dos: calcetines gruesos, vaqueros, camisas oscuras,

cazadoras.

Otro cambio.

Incluso con los chicos más jóvenes o más torpes a los que daba

clase, Joyce había adoptado un tono acariciador, desbordante de risas

y picardía; resultaba irresistiblemente estimulante. Estaba preparando

a sus alumnos para el concierto de fin de curso. Hasta entonces no

le entusiasmaba esa tarde de actuación en público; pensaba que obstaculizaba

el avance de los alumnos con aptitudes, que los empujaba

a una situación para la que no estaban listos. Tanto esfuerzo y tanta

tensión solo podían crear valores falsos. Pero aquel año se entregó a

todas y cada una de las facetas del espectáculo. El programa, la iluminación,

las presentaciones y, por supuesto, las actuaciones. Debería

ser divertido, aseguraba. Divertido para los estudiantes y divertido

para el público.

Naturalmente, contaba con que Jon asistiera. La hija de Edie era

uno de los intérpretes, de modo que Edie iría. Y Jon tendría que

acompañar a Edie.

La primera aparición de Jon y Edie como pareja ante el resto del

mundo. Su declaración. No podían eludirlo. Los cambios como el

suyo no eran insólitos, sobre todo entre la gente que vivía al sur de la

ciudad, pero ellos no eran precisamente gente común. El hecho de

que tales reajustes no escandalizaran a nadie no significaba que no

llamaran la atención. Había un período necesario de curiosidad antes

de que las cosas volvieran a su sitio y la gente se acostumbrase a la

nueva unión. Como hacían ellos, y entonces se veía a la pareja recién

creada en las tiendas hablando, o al menos saludando, a los abandonados.

Pero ese no era el papel que se imaginaba Joyce que desempeña-

ría observada por Jon y Edie —bueno, en realidad por Jon— la tarde

del concierto.

¿Qué se imaginaba? Sabe Dios. No se le pasó por la cabeza que

fuera a causarle a Jon tan buena impresión que él entraría en razón

cuando apareciera para recibir los aplausos del público al final del espectáculo.

No pensó que Jon fuera a morirse de la pena por su estupidez

cuando la viera feliz y deslumbrante, dominando la situación,

y no hecha un trapo y con ganas de suicidarse, pero sí algo no muy

diferente, algo que no era capaz de definir a pesar de que en el fondo

lo esperaba.

Fue el mejor concierto de todos los años. Todo el mundo lo dijo.

Decían que había tenido más fuerza. Más entretenido, pero con mayor

intensidad. Los chicos con un vestuario que armonizaba con la

música que interpretaban. Sus rostros maquillados de tal manera que

no parecían tan asustados ni abnegados.

Cuando Joyce salió al final llevaba una camisa larga de seda negra

que lanzaba destellos de plata al moverse. También pulseras y brillos

de plata en el pelo suelto. Con los aplausos se mezclaron varios

silbidos.

Jon y Edie no estaban entre el público.

2

Joyce y Matt van a dar una fiesta en su casa de North Vancouver. Es

para celebrar que Matt cumple sesenta y cinco años. Matt es neuro –

psicólogo y un buen violinista aficionado. Así conoció a Joyce, violoncelista

profesional y su tercera esposa.

—Mira a toda esa gente —no para de decir Joyce—. Desde luego,

son la historia de toda una vida.

Es una mujer delgada e inquieta con una mata de pelo del color

del estaño y una ligera joroba, debido a tanto mimar su gran instrumento

o simplemente a su costumbre de ser una amable oyente y

siempre dispuesta conversadora.

Están los colegas de universidad de Matt, por supuesto, los que

él considera amigos íntimos. Es un hombre generoso pero sincero, de

modo que lógicamente no todos los colegas entran en esa categoría.

Está su primera esposa, Sally, acompañada por su cuidadora. Sally sufrió

daños cerebrales en un accidente de tráfico cuando tenía veintinueve

años, de modo que es prácticamente imposible que sepa quién

es Matt o quiénes son sus tres hijos, ya mayores, o que esa es la casa

donde vivía cuando era joven y estaba casada. Pero mantiene intactos

sus agradables modales y le encanta conocer gente, aunque ya la haya

conocido hace quince minutos. Su cuidadora es una mujercita escocesa

muy arreglada que cada dos por tres explica que no está acostumbrada

a las fiestas ruidosas como esa y que no bebe mientras trabaja.

Doris, la segunda esposa de Matt, vivió con él menos de un año,

aunque estuvo casada con él durante tres. Ha ido con su pareja,

Louise, mucho más joven que ella, y la hija de ambas, a quien Louise

había dado a luz unos meses antes. Doris ha seguido siendo amiga

de Matt y sobre todo del hijo menor de Matt y Sally, Tommy, que era

lo bastante pequeño para quedar a su cuidado cuando estaba casada

con su padre. También están presentes los dos hijos mayores de

Matt, con sus hijos y las madres de sus hijos, aunque una de ellas ya

no está casada con el padre. Él va acompañado por su actual pareja y

el hijo de esta, que se está peleando con uno de los hijos de la misma

línea por ver a quién le toca subirse al columpio.

Tommy ha llevado por primera vez a su amante, Jay, que de momento

no ha dicho nada. Tommy le ha dicho a Joyce que Jay no está

acostumbrado a las familias.

—Lo compadezco —dice Joyce—. En realidad, antes yo tampoco

lo estaba.

Se ríe; apenas para de reírse mientras explica la situación de los

miembros oficiales y distantes de lo que Matt llama el clan. Ella no

tiene hijos, pero sí un ex marido, Jon, que vive en una ciudad fabril

de la costa que pasa por una mala racha. Lo había invitado a la fiesta,

pero no podía asistir. Bautizaban al nieto de su tercera esposa el

mismo día. Naturalmente, Joyce también había invitado a la esposa,

que se llama Charlene y regenta una panadería. Ella había escrito la

amable nota sobre el bautizo que llevó a Joyce a decirle a Matt que le

resultaba increíble que Jon se hubiera metido en la religión.

—Ojalá hubieran podido venir —dice tras explicarle todo esto a

un vecino. (Han invitado a los vecinos para que no se quejen del ruido)—.

Así yo también habría participado en estas complicaciones.

Hubo una segunda esposa, pero no tengo ni idea de adónde ha ido a

parar y creo que él tampoco.

Hay un montón de comida, que han cocinado Matt y Joyce y

que ha llevado la gente, y un montón de vino y de ponche de frutas

para los niños y de auténtico ponche que Matt ha preparado especialmente

para la ocasión, en recuerdo de los viejos tiempos, dice,

cuando la gente sabía beber de verdad. Asegura que lo habría metido

en un cubo de basura bien fregado, como hacían entonces, pero que

hoy en día a todo el mundo le daría aprensión bebérselo. De todos

modos, la mayoría de los adultos jóvenes ni lo tocan.

El jardín es grande. Hay críquet, para quien quiera jugar, y está

el disputado columpio de su infancia que Matt ha sacado del garaje.

Muchos de los niños solo han visto columpios en los parques y módulos

de plástico en los jardines traseros. Sin duda Matt es una de las

últimas personas de Vancouver que tiene un columpio de su infancia

y que vive en la casa en que se crió, una casa en Windsor Road, en la

ladera de Grouse Mountain, donde antes estaba la linde del bosque.

Ahora las viviendas no paran de amontonarse ladera arriba, la mayoría

como castillos con garajes gigantescos. Esta casa tendrá que desaparecer

un día de estos, dice Matt. Los impuestos son espantosos.

Tendrá que desaparecer, y un par de monstruosidades ocuparán su

lugar.

Joyce no se imagina su vida con Matt en otro sitio. Aquí siempre

pasan tantas cosas… Gente que viene y va, se deja cosas (niños incluidos)

y las recoge más tarde. El cuarteto de cuerda de Matt en el

estudio los domingos por la tarde, la reunión de la Hermandad Unitaria

en el salón los domingos por la noche, la planificación de la estrategia

del Partido Verde en la cocina. El grupo de lectura de teatro

dramatiza en la parte dela

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