Cristobal Colón a caballo- fotograma de También la lluvia

Cristobal Colón a caballo- fotograma de También la lluvia


Cosas de la migración de las especies –incluyendo el hombre- y de la historia.

Cuando el 8 de diciembre de 1493 Cristóbal Colón llegó con un lote de veinte caballos y cinco yeguas estaba reintroduciendo en América una especie que se originó en el Continente, en Norteamérica –específicamente-, según algunas teorías, y que emigró hacía América del Sur, así como Asia y de ahí a Europa y África.

En la prehistoria, durante el pleistoceno existían caballos autóctonos en casi toda América, el territorio que corresponde a la región pampeana fue particularmente rico en estos ‘paleocaballos’ (principalmente hipiddiones). Pero cuando los homosapiens comenzaron su migración en sentido contrario, de Asia hacia América, hace más de 11,000 años, parece haber sido un factor decisivo para su exterminio (junto a epizootias), cuando lo fueron cazando con saña para comérselo, hasta desaparecerlo por completo.

Por eso, cuando Cristóbal Colón arribó a América el 12 de octubre de 1492 no encontraron caballos por ningún lado, cuando en Europa y todo el “mundo conocido”, como lo llamaban entonces, era un animal muy popular.

El punto oficial del regreso del caballo hacia América se da el 23 de mayo de 1493, cuando los Reyes Católicos de España ordenan a su secretario Fernando de Zafra un edicto que ordenaba el envío al Nuevo Mundo de veinte lanzas jinetas junto a cinco ‘dobladuras’ hembras de entre la gente de la Santa Hermandad, escogidos en el reino de Granada, los cuales fueron transportados por Cristóbal Colón en su segundo viaje y llegaron a la isla de La Española (hoy Santo Domingo), el 8 de diciembre de 1493.

Era costumbre entre los hombres de armas cabalgar en caballos enteros, mientras que por \’dobladura\’ se entendía una montura de repuesto para el caso de que cediese a la primera. Ahora bien, no fueron estos los únicos équidos que salieron de Andalucía en 1493; entre las 1,500 personas embarcadas, algunos llevaron sus propios animales. Andrés Bernáldez, cuya relación con el Almirante fue muy directa, cita un total de 24 caballos y 10 yeguas. Es decir, nueve ejemplares serían aportados por algunos de los personajes más importantes que acompañaron al Descubridor.

Los equinos eran necesarios no sólo para la defensa de la isla, también para el arado de la tierra y el transporte de los materiales necesarios a las nuevas construcciones.

Los informes enviados a la Corte hacia 1496-1497 demostraban que la finalidad esencial del mantenimiento de caballos estaba cumplida, con los veinte ejemplares que había en la isla se podía defender la colonia española de cualquier atacante. Con todo, eran necesarios más animales para labrar la tierra, transporte, etc. El mismo Almirante tuvo que fletar 14 yeguas en su tercer viaje.

Por ello, con posterioridad, se sucedieron los envíos. En el memorial dado en Arévalo a Fonseca se incluían doce yeguas. Algo después, Colón solicitó con Antonio Torres seis animales más, mientras que Juan de Aguado transportaba siete yeguas procedentes de Sevilla, Carmona e Hinojos.

Los animales tuvieron que soportar múltiples problemas, desde las enfermedades propias del trópico hasta el robo ejecutado por el rebelde Roldán y sus secuaces.

Cuando el equino se aclimató en la isla de Santo Domingo, su cría se extendió a las otras Antillas y a Centroamérica, de donde se proveyeron de caballos a casi todas las expediciones del descubrimiento y la conquista. Pizarro fue autorizado a llevar montados de Jamaica al Perú, y de allí Valdivia se abasteció para ir a Chile, de donde pasarían a la Argentina.

Los especímenes equinos traídos a América no eran caballos seleccionados para la reproducción, eran caballos rústicos y valientes usados en España para el trabajo. No había licencia real para exportar caballos de selección que pudiesen constituir lotes de fundación, exceptuando los regalados por los reyes a otros gobernantes de la Europa del siglo XV y XVI.

Hasta que se reprodujeron en abundancia, los caballos traídos a América poseían un elevadísimo costo debido a su gran valor práctico y táctico y a su escasez inicial.

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