Altar de Día de Muertos- Xinhua/Brian Cahn/ZUMAPRESS (archivo)

Altar de Día de Muertos- Xinhua/Brian Cahn/ZUMAPRESS (archivo)


Por: Axel Chávez

Celebrar el retorno de los difuntos a la tierra es una de las tradiciones más longevas de las comunidades indígenas de México, pero también de las más llamativas y coloridas.

Es un recordar que se ha vuelto fiesta y que llegó a la población mestiza de México, para extenderse a otros países de América y empezar a recorrer el mundo.

Es una tradición tan auténtica, tan propia y tan arraigada, que el 7 de noviembre de 2003 “la celebración del Día de los Muertos en las comunidades indígenas mexicanas” ue catalogada como “Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad de la UNESCO, que quiere así que “sus actores tengan clara conciencia de su valor”.

Altar de Día de Muertos, Museo Nacional de las Intervenciones- Melitón Morales Tapia, INAH

Altar de Día de Muertos, Museo Nacional de las Intervenciones- Melitón Morales Tapia, INAH

 

“La institución de la fiesta de los muertos, que es una emanación de la religión popular y de las fiestas católicas, revela una sinergia cultural entre el pensamiento indígena y el sistema ideológico importado en el siglo XVI por los europeos”, apuntó la UNESCO en su momento.

Por eso, es que aún con el paso de los años, el mexicano conserva esa extraña relación con ella: A la muerte, “la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente. Cierto, en su actitud hay quizá tanto miedo como en la de los otros; mas al menos no se esconde ni la esconde; la contempla cara a cara con impaciencia”[1].

Esta visión del mexicano sobre la muerte, le permite aguardarla sin el pánico que impera en individuos de otras naciones, el pensar que, al desprenderse el alma de su cuerpo, no le espera un castigo eterno, sino quizás, una prolongación de los placeres carnales, por que la muerte, al igual que el hombre, puede tener sus debilidades.

Ofrenda del Día de Muertos, Museo Nacional de las Intervenciones- Melitón Morales Tapia, INAH

Ofrenda del Día de Muertos, Museo Nacional de las Intervenciones- Melitón Morales Tapia, INAH

 

Así lo explica René Huerta en su cortometraje Hasta los huesos: “Creo que nunca nada es de color rosa y hay que ver el lado positivo de las cosas. De esto trata Hasta los huesos. Es un personaje que muere y hay muchos inconvenientes de estar muerto. Sin embargo, aún muerto se puede encontrar la felicidad y estar dispuesto a aceptarla asumiendo las consecuencias[2]. Me gusta pensar que después de la vida hay otras cosas”, dijo en una entrevista para Golem producciones.

Tal vez, la fe del mexicano coincide con la visión de Mahatma Gandhi: Si la muerte no fuera el preludio de otra vida, la vida presente sería una burla cruel.

La creencia, que data desde la época prehispánica, refiere que al desprenderse el alma del cuerpo, ésta inicia una peregrinación hacia su nueva morada. De la cual, cada año, en los días finales de octubre y los primeros de noviembre, tiene permitido salir para visitar su antiguo hogar terrenal y recibir culto de parte de sus seres amados.

En Todos santos, día de muertos, Octavio Paz explica la concepción de la muerte de las viejas culturas mesoamericanas: “Para los antiguos mexicanos la oposición entre muerte y vida no era tan absoluta como para nosotros. La vida se prolongaba en la muerte. Y a la inversa. La muerte no era el fin natural de la vida, sino fase de un ciclo infinito. Vida, muerte y resurrección eran estadios de un proceso cósmico, que se repetía insaciablemente”[3].

“La vida no tenía función más alta que desembocar en la muerte, su contrario y complemento; y la muerte, a su vez, no era un fin en sí; el hombre alimentaba con su muerte la voracidad de la vida, siempre insatisfecha”.

Este ritual, dice, era practicado por el hombre para pagar la deuda que su especie había contraído con sus dioses.

En el día de muertos, para facilitar el retorno de las almas a la tierra, las familias que celebran esta fecha esparcen pétalos de flores y colocan velas y ofrendas a lo largo del camino que va desde la casa al cementerio[4]. Ese trayecto será recorrido por el difunto.

Bruno Trejo, disfraz de Día de Muertos- Melitón Tapia

Bruno Trejo, disfraz de Día de Muertos- Melitón Tapia

 

Se preparan minuciosamente sus manjares favoritos y se colocan alrededor del altar familiar y de la tumba, en medio de las flores y de objetos artesanales, como las famosas siluetas de papel.

Estos preparativos se realizan con particular esmero, pues existe la creencia de que un difunto puede traer la prosperidad (por ejemplo, una abundante cosecha de maíz) o la desdicha (enfermedad, accidentes, dificultades financieras, entre otras) según le resulte o no satisfactorio el modo en que la familia haya cumplido con los ritos. Los muertos se dividen en varias categorías en función de la causa del fallecimiento, edad, sexo y, en ciertos casos, profesión[5]. Se cree que las almas de los niños regresan de visita el día primero de noviembre, y las almas de los adultos regresan el día 2.

Luis Ramos, en su libro Culturas Clásicas Prehispánicas en la cultura maya, relata que “cuando una persona moría, su alma iba al inframundo (conocido por ellos como Xibalbá). Según sus creencias, para llegar a este lugar, las almas debían de cruzar un río con la ayuda de un xoloitzcuintle (raza de perro); es por eso que dentro de los ritos funerarios de los mayas se encontraba el de enterrar a un perro de esta raza junto con la persona fallecida, de lo contrario, correría el riesgo de no llegar a Xibalbá y quedarse en el camino”[6].

El mismo autor dice que con la introducción de la religión católica, y la doctrina del cielo y el infierno, paraderos de las almas según su comportamiento terrenal, esta práctica se extinguió.

Aunque esta festividad se mantiene en la mayoría de las entidades federativas que conforman al país -con sus respetivas variaciones-, la modernidad, y la influencia de nuevas culturas, al igual que la evangelización, han transformado la concepción de la vida y la muerte, a la que ya no se le celebra con danzas, ceremonias, fuegos de artificio y trajes insólitos.

“La muerte moderna no posee ninguna significación que la trascienda o refiera a otros valores. En casi todos los casos es, simplemente, el fin inevitable de un proceso natural. En un mundo de hechos, la muerte es un hecho más. Pero es un hecho desagradable, un hecho que pone en tela de juicio todas nuestras concepciones y el sentido mismo de nuestra vida”, refiere Octavio Paz.

 

La iglesia y la el culto a la muerte

Según el arzobispo de Xalapa Hipólito Reyes Larios, la celebración del Día de Muertos no debe ser confundida con una tradición para adorar a la muerte, (como refiere su origen prehispánico) sino como una manera de recordar y honrar la memoria de los familiares y amigos que han fallecido.

Altar de Dolores, Museo del Carmen, INAH

Altar de Dolores, Museo del Carmen, INAH

 

“Donde sí tenemos que poner mucha atención es en no hablar tanto de esto de un culto a la muerte, tenemos una devoción a nuestros fieles difuntos, pedimos por ellos y pedimos que ellos también, en la medida de lo posible, intercedan por nosotros”, señaló[7].

Esta declaración, reproducida el 2011 por el Diario de Xalapa, se contradice con la doctrina bíblica, que especifica que sólo hay un mediador entre Dios y los hombres[8].

De acuerdo con el libro de Eclesiastés, capítulo 9, versículo 5, los muertos no tienen conciencia ni pueden abandonar el lugar en el que se encuentran: “Porque los que viven saben que han de morir: mas los muertos nada saben, ni tienen mas paga; porque su memoria es puesta en olvido”.

De igual forma, en Deuteronomio 18:11, dice “Ni tampoco invocarás a los muertos, porque esto es abominación a Jehová”.

No obstante, la doctrina católica no ve mal esta celebración, pues para ellos la práctica contemporánea sólo es recordar a los difuntos, y no rendirle culto a la muerte como era en un principio esta festividad.

 


[1]  Paz, Octavio. El laberinto de la soledad. (El peregrino en su patria. Historia y política de México), en OC, v. VIII, (segunda reimpresión de la segunda edición), Círculo de Lectores/Fondo de Cultura Económica, México, 1996.

[3] Paz, Octavio. El laberinto de la soledad. (El peregrino en su patria. Historia y política de México), en OC, v. VIII, (segunda reimpresión de la segunda edición), Círculo de Lectores/Fondo de Cultura Económica, México, 1996.

[5] Ibídem

[6] [Ramos, L. (1988) Culturas clásicas prehispánicas: las raíces de la América indígena Madrid : Anaya

[8] Biblia Reyna-Valera 1909. Broadman & Holman Publishers, 2004. 1 Tim 2:5

Pan de muerto zacatecano- Edmundo Torres

Pan de muerto zacatecano- Edmundo Torres

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