El pasado sábado 14 de junio se abrieron las ventanas del aviario ubicado en la Reserva Ecológica “La otra opción” y la guacamaya roja, de la subespecie Ara macao cyanoptera, “Nika-moncha” fue la primera que salió y alzó el vuelo, seguida de otras 23; tres guacamayas más se quedaron dentro del aviario y se espera que salgan en los próximos días ya que las ventanas permanecerán abiertas.

La doctora Patricia Escalante, del Instituto de Biología de la Universidad Nacional Autónoma de México (IBUNAM), encabeza este proyecto que comenzó en el 2013 y busca la reintroducción de esta especie en la región de Los Tuxtlas, Veracruz. En él colaboran el IBUNAM, el aviario de Xcaret y la Reserva Ecológica “La otra opción”, la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas, que administra la Reserva de la Biosfera de Los Tuxtlas, además del apoyo de las comunidades locales de Miguel Hidalgo, Adolfo López Mateos y Nuevo México.

La guacamaya roja se distribuye en México, América Central y la región del Amazonas en América del Sur, hasta el norte de Mato Grosso en Brasil, sin embargo, estudios de sus características físicas y genéticas demuestran que las poblaciones de esta guacamaya que se encuentran desde México hasta Honduras, representan una subespecie de América Central llamada Ara macao cyanoptera que es de mayor tamaño y tiene algunas diferencias en el color del plumaje con la subespecie de la guacamaya roja de América del Sur Ara macao macao, presente desde Costa Rica hasta Brasil.

La reintroducción de esta especie se debe a que desde inicios de los años 70 se reportó su desaparición en la región. Para ello se determinó, a través del código de barras genético, el origen de los individuos fundadores de la población de guacamayas que se reproducen en cautiverio en el Parque Ecoarqueológico Xcaret, mismas que tras un período de entrenamiento en el aviario instalado en la Reserva Ecológica “La otra opción”, fueron liberadas el pasado fin de semana.

De las 29 guacamayas que estaban contempladas para ser liberadas, una estaba lastimada, razón por la que junto con su pareja no formó parte de este grupo a las que se les abrieron “las puertas” del aviario, su hogar por más de dos meses. La reintroducción de esta ave será suave, es decir las guacamayas pueden regresar por comida, para protegerse de la lluvia o el viento, ya que las ventanas estarán abiertas hasta la llegada de otras 31 guacamayas en el mes de julio, las cuales recibirán el mismo entrenamiento y se prevé podrán alzar el vuelo en noviembre.

El camino antes del vuelo

El 21 de marzo de este año fueron trasladadas 29 guacamaya rojas de la subespecie A. m. cyanoptera al aviario de preliberación en Los Tuxtlas cuya construcción estuvo a cargo del arquitecto de la UNAM Rogelio Fuentes. Ahí Elisabeth Zeppetzauer, Anayeli Ariza y Sarai Anaya iniciaron con un programa de preparación que tuvo como objetivo enseñarles a protegerse de los depredadores con los que se pueden encontrar fuera del cautiverio, así como la variedad de plantas y árboles de la zona y de los que se pueden alimentar.

Ariza, de la Facultad de Ciencias Biológicas de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM), fue la encargada de alimentar a las guacamayas y de hacer el cambio en su alimentación hacia una dieta silvestre. Para esto se identificaron 66 especies de árboles y plantas que se encuentran en la región de Los Tuxtlas y que forman parte de la alimentación de estas aves, posteriormente se ubicaron 15 especies dentro de la Reserva Ecológica “La otra opción”, entre ellas Attalea rostrata, una palma en peligro de extinción en esta zona.

Se colocaban dos veces al día, en la mañana y en la tarde, ramas de árboles en las partes altas del aviario para que aprendieran a forrajear en vida silvestre. “Las observamos para evaluar qué hacían con estas ramas, vimos que conforme pasó el tiempo sí se alimentaron de ellas, aunque ya estaban acostumbradas a una dosis de fruta picada en la mañana, croquetas especiales para psitácidos (pericos, loros y guacamayas) en la tarde y un poco de granos y legumbres hervidas incluso arroz y avena”, comentó Anayeli Ariza.

En lo que respecta al entrenamiento de las guacamayas, fue necesario trabajar en aspectos de sociabilización, porque el cautiverio no permite que se formen parejas o grupos. Desde hace siete meses, primero en Xcaret y luego en el sitio de liberación, se conformaron grupos pequeños que varían en edades: ocho son adultos que van de los cinco a los siete años y que están en edad de reproducción, un grupo de 12 jóvenes menores de cinco años y nueve polluelos que tienen aproximadamente un año, explicó Zeppetzauer, etóloga y bióloga por la Universidad de Salzburgo en Austria.

Sarai Anaya biológa por la Universisad Autónoma Metropolitana (UAM) y coordinadora en campo, participó en la selección de individuos en Xcaret y en el acondicionamiento de aviarios y enriquecimiento ambiental para que estas aves pierdan el miedo al que será su nuevo ambiente. Así, el entrenamiento antidepredador consiste en hacer sonar el llamado de auxilio de la especie y hacer que reaccionen ante posibles depredadores, como un ave rapaz, un mamífero o los mismos humanos que las sustraen para su venta ilegal.

A la salud de las guacamayas

Para cuidar de “Golondrina”, “Bohemia”, “Patricio”, “Prisma” y “El rey”, que son algunas de las guacamayas que forman parte de esta primera liberación en Los Tuxtlas, Diana Cortés, de la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia de la UNAM, se encargó de ambientar los aviarios de las guacamayas en el parqueXcaret, y junto con los médicos de este lugar trabajó en garantizar que el estado de salud de las aves fuera el adecuado antes de su liberación. Se verificó que no tuvieran parásitos y que no disminuyera el peso de las aves o se presentara algún cambio en el color del plumaje.

Con la finalidad de ver la variación genética en la población de guacamayas liberadas, además del código genético para tener la seguridad de que corresponden a la subespecie Ara macao cyanoptera, se obtuvieron muestras de sangre para registrar la huella genética de cada individuo a través del ADN microsatélite, que está formado por secuencias de dos, tres o cuatro nucleótidos (moléculas que forman al ADN) que se repiten hasta formar bloques que pueden llegar a los 150 nucleótidos.

En el genoma hay muchas regiones repetitivas de este tipo, por lo que pueden ser utilizadas como marcadores moleculares, ya que el número de repeticiones varía entre individuos y poblaciones, así en caso de que una guacamaya sea robada, se pierda o muera, bastará una gota de sangre o una muestra de tejido para hacer una comparación entre la huella genética de cada guacamaya registrada y el individuo que se quiera identificar, explicó la estudiante de doctorado del IBUNAM, Noemí Matías.

Las guacamayas están marcadas, tienen un chip y sólo a algunas se les colocó un anillo, porque debido a su comportamiento sociable basta con monitorear a unas cuantas para tener una idea de los movimientos de la población; también tienen una marca en el pico asociada a un nombre que identifica a cada una y que permitirá un mejor monitoreo en los próximos meses.

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