Ana Clara Pontaroli, investigadora asistente de CONICET.


El diccionario define a la pasión como un sentimiento muy fuerte hacia una persona, tema, idea u objeto. Y aunque no esté como requisito para ingresar en la Carrera del Investigador Científico del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), la pasión es una de las características que mejor describe a la mayoría de los miembros del organismo. En su profesión, ellos pasan más de ocho horas diarias en el laboratorio sin chistar, relegan vida social, amigos, familia y llegan a trabajar, con gusto, los fines de semana.

En el Día del Investigador Científico, que se celebra hoy en conmemoración a que 128 años atrás nacía el científico más destacado de Argentina, Bernardo Houssay, primer Premio Nobel de América Latina y creador del Consejo, cuatro investigadores asistentes –uno por cada gran área temática: ciencias agrarias, ingeniería y de materiales, ciencias biológicas y de la salud, ciencias exactas y naturales y ciencias sociales y humanidades- cuentan cómo es dar los primeros pasos en el escalafón inicial de la carrera científica. Ellos, una vez avanzada su experiencia y trayectoria, irán subiendo escalones: pasarán a ser investigadores adjuntos, luego independientes y por último, principales.

“Para una voluntad firme, nada es imposible, no hay fácil ni difícil –decía Houssay-; fácil es lo que ya sabemos hacer, difícil, lo que aún no hemos aprendido a hacer bien”. Las historias de vida recopiladas a continuación dan muestras sobradas de ese afán de superación que evocaba Houssay: de cómo la pasión por lo que se hace permite trascender todos los obstáculos.

 

Estudiar el tiempo sin tiempo

A los siete años, Luciano Marpegán tenía muy claro que quería ser biólogo. Pero cuando tuvo la edad suficiente como para ingresar a la facultad, se enteró de una mala noticia: la Carrera del Investigador Científico, por ese entonces -1993- estaba cerrada. En 1997, cuando estaba en el tercer año de su licenciatura, entró a trabajar al laboratorio del doctor Diego Golombek. Su tema de tesis se desarrolló dentro del área de las neurociencias, sobre cómo el reloj biológico se relaciona con el sistema inmune.

Tiempo después, cuando en 1994 el entonces ministro de economía Domingo Cavallo mandó a los científicos a lavar los platos, Marpegán decidió disfrutar de una beca en Estados Unidos. Estuvo trabajando fuera desde 2005 hasta 2011. No tenía expectativas de volver, hasta que “ocurrió una transformación tan increíble en el sistema científico –la reducción de la brecha tecnológica con los laboratorios del exterior, la ampliación de los recursos económicos- que sentí que era la oportunidad de retornar al país a hacer lo que me gustaba y devolver un poco de todo lo que había recibido en mi formación”, asegura.

Desde entonces, trabaja permanentemente “con un concepto tan extraño como ´el tiempo´, totalmente ubicuo porque tengo proyectos en levaduras salvajes, en ratones y en humanos, y que en la experimentación me obliga a usar desde técnicas moleculares hasta dispositivos inventados por mí para medir comportamiento. Es un campo muy amplio y creativo”.

¿Qué cosas son las más fáciles y cuáles las más difíciles de haber ingresado a la Carrera del Investigador? Lo mejor: la parte creativa. “Identificar problemas y diseñar experimentos para resolverlos es un poco como jugar permanentemente a resolver rompecabezas”, dice Marpegán.

La Carrera del Investigador le dio estabilidad laboral, y también “claridad del proyecto de crecimiento profesional”. Así lo explica: “Esto no es como otros trabajos donde lo más importante es cómo te llevas con tu jefe, si cumplís con el horario o cómo vas vestido. Si tienes resultados y son buenos entonces todo sigue hacia adelante, es todo lo que importa. Mis tiempos y horarios dependen del diseño de mis experimentos y no de un reloj que marco de 9 a 17 horas”.

Marpegán es de esos investigadores que llegan tarde al laboratorio y también se van tarde. No tiene una rutina preestablecida: cada semana de trabajo es diferente. Entre la investigación, el diseño de equipamiento, lectura, pedido de subsidios, trámites y reuniones, dedica más de ocho horas diarias al trabajo en seis días a la semana. “Pero como se disfrutan no se sienten tantas”, admite.

Justamente esa es su mayor dificultad: “Que en muchos períodos se trabaja muy intenso, muchas horas por día, festivos y fines de semana”. Para Marpegán fue y sigue siendo difícil no llevar el trabajo a casa, porque cuando tiene que resolver una pregunta o una técnica que no está funcionando no puede sacarse el tema de la cabeza. “Está ahí, taladrándome el cerebro permanentemente, hasta que lo resuelvo”.

Ser investigador asistente, para él, es una forma de ver el mundo que lo rodea, cuestionar absolutamente todo y hacer el ejercicio permanente de mostrarse a sí mismo que está equivocado. “En esta carrera, sobre todo, hay que saber manejar muy bien la frustración”, dice. ¿Por qué? “Porque los investigadores pasamos mucho tiempo con experimentos que no funcionan por cuestiones técnicas. Aunque por suerte, cada tanto, un experimento te da una respuesta a tu pregunta, y entonces se abre una ventana que te muestra un poco más acerca de cómo funcionan el cuerpo y la mente –asegura-. Entonces, es la gloria: te llenas de satisfacción, y sobre todo de muchas más preguntas”.

 

El privilegio de ver las estrellas

María Paz Agüero es astrónoma y estudia la cinemática de galaxias espirales cercanas. Su objetivo es estudiar su estructura global y poder inferir relaciones de escala entre la materia visible y la materia oscura que las componen. Pero aunque parezca increíble, ella no era de las niñas que miraban al cielo y quería estudiar lo que veía. No: ella quería ser médica. Aunque le gustaba más el trabajo de observación y no tan práctico. Por eso, finalmente, se inclinó por la astronomía: porque podría dedicarse a investigar.

El paso siguiente y natural, una vez recibida, fue presentarse a Conicet. “Era el lugar ideal: me permitía realizar investigación a tiempo completo”. ¿Qué cosas le resultaron más fáciles y más difíciles de ingresar a la carrera? “Algo atípico, que por lo menos se da en mi caso –dice ella- es que no tenemos una rutina de trabajo, lo cual en algunos casos puede ser bueno y en otros malo. Muchas veces debemos trabajar fin de semana o festivo y hasta altas horas de la noche. Más aún cuando estamos en la última etapa de publicar algún resultado científico importante”.

Entonces, para la investigadora, lo más difícil es que la familia entienda que no existe una rutina “y a veces debemos trabajar en momentos poco oportunos. Pero poder vivir de lo que a uno le gusta –aclara-, no tiene precio”.

Cuando se le pregunta por la cantidad de horas que le dedica a la investigación, Agüero señala: “Es muy variable, pero todos los que nos dedicamos a esto queremos dedicarle el mayor tiempo posible”. Para ella, ser investigadora asistente es “entrenarse para pensar diferente y pensar en cosas que la mayoría no tiene tiempo de pensar –dice y concluye-. Creo que, en ese sentido, soy una privilegiada”.

 

Saberes heredados

¿Puede un factor relativo a la familia ser reconocido como la causa de los padecimientos neuróticos de una persona? Ese enunciado, uno de los legados del psicoanálisis, fue el disparador para que Mauro Vallejo, doctor en Psicología, se dedique a investigar el modo en que el discurso médico del siglo XIX construyó un saber sobre la herencia. “Partí del supuesto de que esa convicción de Freud era una deuda con el saber médico del siglo XIX, y mi cometido fue trazar esa genealogía”, explica el joven investigador, que ingresó a carrera a mediados del 2014, después de realizar su beca doctoral, que obtuvo en 2006.

“Para mí Conicet fue una opción más que atractiva. Me permitió una dedicación exclusiva a las tareas de la tesis, y también avizorar una potencial continuidad en el área de la investigación”, señala. Desde que se inició en la investigación, Mauro supo que quería permanecer en esa senda. “Nunca tuve una crisis vocacional al respecto”. Se considera “un afortunado”, porque pudo ingresar a carrera la primera vez que se postuló. Cuando se presentó pensó que su tema de investigación, más orientado hacia la historia de la neurosis, le podría jugar en contra. Pero se equivocó.

Su rutina laboral es la de un verdadero ratón de biblioteca: consulta diarios, revistas científicas, tesis y libros, lee y estudia esos materiales, y luego, en su casa, una biblioteca o algún bar, se sienta a redactar los resultados. Trabaja sin horarios, inclusive los fines de semana. “No me molesta porque es una actividad que hago con pasión y entusiasmo. Más aún, siempre hay un margen para la innovación, la creatividad, y por ende es una labor que puede escapar constantemente de la monotonía. Hay otros aspectos que también son atractivos, como la estabilidad laboral o la posibilidad de mantener contactos con personas de otros lugares que también se interesan en temáticas afines”, describe.

Para él, ser investigador asistente en ciencias sociales es generar conocimiento novedoso, original y útil para otros. “Un investigador, para mí, es alguien que está al menos anoticiado de la posibilidad y los réditos de ese flujo del saber, y que por ende más que batallar por mantener encauzado ese flujo dentro de los márgenes prefijados, se esfuerza por alentar desbordes”.

 

Madre e investigadora full time

Cuando la ingeniera química Érica Baumler se recibió, buscó trabajo en muchos lugares sin éxito. Hasta que se le ocurrió orientarse hacia la investigación. Se postuló en Conicet y obtuvo una beca de doctorado para estudiar la cinética de la extracción de aceites vegetales y sus compuestos minoritarios. En el desarrollo de la tesis trabajó analizando el proceso de extracción de triglicéridos y de compuestos minoritarios -ceras, tocoferoles, fosfolípidos- de collets de girasol. Al doctorado le siguió el postdoc, en el que analizó qué solventes alternativos podían ser utilizados en la extracción del aceite. Un buen día, visitó la Planta Piloto de Ingeniería Química (Plapiqui-Conicet) de Bahía Blanca, y sintió atracción por los temas que allí desarrollaba un grupo de Ingeniería de Alimentos. Y decidió insertarse a través de la Carrera del Investigador. Aplicó en 2010 y logró, gracias a su perseverancia, ingresar en 2013.

Desde entonces, Érica comienza su jornada laboral diaria en el Plapiqui después de llevar a su hija a la guardería, alrededor de las ocho de la mañana. Una vez en la oficina, redacta o corrige artículos, revisa trabajos de tesistas y participa de actividades del grupo de investigación. El día laboral concluye alrededor de las 16 horas, aunque muchas veces suele quedarse más tiempo: entonces le pide a alguien que cuide un rato a su hija.

Durante el proceso que significó llegar a ser investigadora, Érica subraya que tuvo “la suerte” de contar con personas que le enseñaron a amar lo que hace, a hacerlo con compromiso y vocación. “Y cualquier trabajo que se haga con gusto resulta más sencillo de realizar”, agrega la investigadora. “Quizás la parte difícil es cuando la administración de proyectos, la presentación a distintos subsidios y demás trámites necesarios e inherentes a la investigación te alejan de los laboratorios, lugar donde uno disfruta realmente de ´investigar´”, explica.

Para ella, ser investigadora es poseer el deseo continuo de saber más, y hacerse preguntas todo el tiempo. “Ser investigador es plantearse y desarrollar nuevas hipótesis y teorías, y confrontarlas con investigaciones y teorías existentes. Pero sobre todo, ser investigador es ser comunicador de los resultados de nuestra propia curiosidad”.

(CONICET/DICYT)