El hombre y Dios

El hombre y Dios


Manuel Martínez Morales

 

No es necesario invocar a Dios para encender la mecha y poner en marcha el universo.

 Dios no creó el universo y el big bang fue la consecuencia inevitable de las leyes de la física.

Stephen Hawking

Hace algún tiempo, el obispo de Ecatepec, Onésimo Cepeda, sostuvo que el Estado laico es una “jalada” y añadió que en el país no existe una libertad religiosa plena. En entrevista, el jerarca también se refirió a las demandas en contra suya y del cardenal Juan Sandoval Íñiguez, y precisó que estos asuntos deben ser dirimidos en los tribunales y no “a periodicazos, qué es como se matan las moscas”.

Por otra parte, Carlos Aguiar, presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, aseguró que México necesita recibir “la sabiduría que procede de Dios, pues esto nos conducirá por los grandes y hermosos valores de la justicia y el derecho”.

La embestida de la jerarquía católica contra el Estado laico, de la cual las desembozadas declaraciones arriba citadas no son sino un  ejemplo,  a las que debe añadirse el reciente ataque furibundo a la promulgación de leyes que convierten los llamados matrimonios igualitarios en  un derecho de los ciudadanos mexicanos, y la opsición a los contenidos de educación sexual en los libros de texto gratuitos debe alertarnos  sobre el fortalecimiento de una tendencia política e ideológica oscurantista que ha estado presente -en forma latente- desde hace mucho tiempo. Esta tendencia, favorecida principalmente por la iglesia católica y la derecha más radical, ha cobrado visibilidad y vigor últimamente pues se encuentra  asociada al proyecto de las clases dominantes para establecer un Estado de corte fascista que -en vista del agotamiento y crisis del actual modelo económico- pareciera ser la única salida que les queda para mantener su hegemonía sobre la sociedad mexicana. Así parecen demostrarlo las acciones del gobierno encabezado por Enrique Peña Nieto en las distintas esferas de la vida nacional, siempre acompañado, a tono o en contrapunto,  por el coro clerical.

Particularmente, la declaración arriba citada del señor Aguiar, resulta en un llamado abierto al rechazo de la educación laica  y del conocimiento científico, al apelar a la sabiduría divina como medio para alcanzar la justicia y el derecho, en lugar de recurrir al conocimiento objetivo de las cosas, y la praxis social, como base para la acción transformadora de los hombres sobre las instituciones sociales.

Esta situación obliga, a quienes nos desempeñamos en los ámbitos de la educación y la investigación científica, a tomar una posición definida y manifestarnos en defensa de la educación laica y del conocimiento científico, contribuyendo al deslinde claro entre conocimiento e ideología, entre episteme y dogma, entre ciencia y religión. Lo cual no implica, de manera alguna, el atacar, descalificar o combatir las creencias religiosas, sino -en el marco constitucional garante de la libertad de expresión y de la libertad de cultos y creencias- remarcar las fronteras entre  conocimiento y  fe.

La libertad de cultos y creencias también es un derecho establecido en la legislación mexicana, pero al César lo que es del César y a Dios  lo que es de Dios. Si alguna religión prohíbe el matrimonio igualitario, sus fieles tienen el derecho de no admitirlo dentro de los confines de sus creencias y prácticas religiosas. Pero ninguna religión o iglesia tiene por qué imponer sus creencias y principios a la sociedad entera, y mucho menos por encima de la ley. La creencia religiosa es un asunto individual, privado, que atañe a solamente a aquellos que profesan algún culto de esta naturaleza, pero la ley es asunto público y se aplica a todos por igual, sin distinción alguna. Característica esencial el Estado laico.

En este contexto, debe considerarse el papel que juega el conocimiento científico. Desde su origen, el pensamiento científico se establece en confrontación con el pensamiento dogmático, la religión y la ideología, esto es, en contra de las formas de la falsa conciencia. Si bien el modo de conocer científico en la época moderna se establece primero en el campo de la astronomía y la física, en poco tiempo se abre paso hacia otros dominios como la química orgánica y la biología, aplicándose más tarde a la consideración de la sociedad y la psique humana como objetos de conocimiento científico. El gran poder del conocimiento científico es que, gracias a su objetividad (es un conocimiento que refleja certeramente propiedades objetivas del mundo material), permite al hombre actuar eficazmente para transformar el mundo -físico, biológico, social, psicológico- de acuerdo a sus propósitos e intenciones.

Nebulosa de la hélice, NGC 7293, también conocida como el Ojo de Dios- ESO

Nebulosa de la hélice, NGC 7293, también conocida como el Ojo de Dios- ESO

El ejercicio científico tiene como premisas esenciales la materialidad del mundo y la cognoscibilidad de éste, niega la existencia de una realidad trascendente, es decir de una realidad independiente de la realidad material de la que el hombre mismo forma parte y asume que esta última se desenvuelve obedeciendo a las condiciones y a la dinámica que le son propias, como sintetiza el epígrafe de S. Hawking.

El ser humano, desde el mismo momento en que nace como tal -es decir, como ser social- y mira a su alrededor, siente el deseo de conocer, de explicar el Universo que le rodea. Tanto la ciencia como la religión nacen de este deseo, sin embargo, existen grandes diferencias entre ellas.

La religión basa su explicación en la existencia de un dios de inteligencia infinita que ha creado el Universo según su voluntad. Según estas premisas, el ser humano no puede comprender la voluntad de un ser de inteligencia infinita, por lo que debe aceptar el Universo tal cual ha sido creado. Para la religión cualquier pregunta es vana, pues jamás podremos comprender la causa última del Universo.

Por otra parte, la religión es incapaz de aceptar la falibilidad de sus creencias. La base de la religión es la fe y si el modelo fallase la fe no sería posible (hay que recordar que “fe” y “confianza” se relacionan: no se puede confiar en aquello que falla).

La ciencia, como hemos dicho, parte de un punto de vista radicalmente diferente. La ciencia se desvincula de la religión desde el momento en que supedita su validez  a la experiencia empírica y a la praxis social. Observa la realidad y crea una teoría que debe ser probada antes de ser aceptada y que, en cualquier momento, puede ser reconocida como incorrecta o incompleta sin que esto signifique que los métodos de las diversas ciencias sean incorrectos. La ciencia explica el Universo según modelos que reconoce falibles y siempre sujetos a revisión, en función de la propia dialéctica de desarrollo del conocimiento, condicionado por las formas socio-históricas en que tiene lugar.

La religión se basa en una única respuesta (Dios) y la nulidad de todas las preguntas. Dios es una inmensa roca inamovible que pone fin a toda búsqueda. La ciencia, sin embargo, se basa en la continua búsqueda de respuestas. La ciencia avanza por caminos tortuosos, caminos que, en ocasiones, demuestran ser incorrectos obligándonos a retroceder y a buscar nuevos senderos.

En todo momento, el estatuto del conocimiento científico ha sido atacado por las instituciones religiosas y ha sufrido los embates de las clases dominantes en cada época ya que, a pesar de ser apreciada por su valor instrumental -como núcleo fundamental de la tecnología- la ciencia, por su misma  naturaleza, socava la validez y la legitimidad de las formas ideológicas, en particular de aquellas elaboradas para justificar las diversas modalidades de explotación y sometimiento que las instituciones religiosas y las clases dominantes ejercen sobre las clases sojuzgadas. Es decir, la ciencia es una de las formas de la conciencia social y debe ser apreciada en cuanto a tal, más allá de su mero valor instrumental.

A pesar de los avances de la ciencia en todos los terrenos, todavía es frecuente que las formas ideológicas predominen sobre la consideración científica de las cosas. Es así frecuente que desde el púlpito se diga que la terrible situación de violencia e inseguridad que se vive en el país es “obra del demonio”, consecuencia de nuestros “pecados”; lo cual  exime de toda responsabilidad a quienes -hombres en la función pública, con nombre y apellido- tienen la obligación de aplicar y hacer cumplir las leyes precisamente para garantizar la tranquilidad y seguridad de todos los mexicanos.

En consecuencia es deber ético de quienes practican la ciencia el alumbrar un poco el fondo de estos asuntos que, se quiera o no, perturban la convivencia social.

Resulta pertinente recordar aquí, en contraposición a lo aseverado por Aguiar, aquello asentado, en 1904,  por Henri Poincaré en una obra que es ya clásica: El valor de la ciencia: “La búsqueda de la verdad debería ser la meta de nuestras actividades como científicos, ya que es el único fin digno de ellas. Cuando hablo de la verdad  me refiero en primer lugar a la verdad científica, pero también me refiero a la verdad moral, de la que eso que llamamos justicia es sólo un aspecto; no puedo separarlas, y quienquiera que ame  la una no puede evitar amar a la otra. Para encontrar la una, como para encontrar la otra, es necesario liberar por completo el alma del prejuicio y de la pasión; es necesario alcanzar la sinceridad absoluta…”

La tarea entonces es, por una parte, deslindar  la razón de prejuicios y dogmas de todo tipo y, por otro lado, desde una perspectiva ética oponerse a los intentos de imponer un pensamiento único, aquel que proclama partir de la verdad absoluta y se afana en imponerse sobre la sociedad entera, a la manera en que la iglesia católica se ha afanado desde hace siglos -con éxito en algunas épocas- uniendo la fe y el poder político para dominar y explotar a poblaciones enteras en su beneficio y de quienes se le asocian.

Dice Mané que cada quien crea en el dios que mejor le acomode, pero que respete las creencias de los demás y, sobre todo, que acate la legalidad civil que en México incluye la constitución de un Estado laico. Y termina exclamando:

“¡Que cada quien haga de su vida un papalote, nomás no salpiquen!”