Nadia Gamboa, docente de la Sección Química de la PUCP. / PUCP


La gestión de pilas y baterías usadas resulta un problema ambiental complicado. En Estados Unidos, se emplean tres mil millones de unidades anuales, cifra que se incrementa cada año por el aumento incesante de artefactos y aparatos que las requieren. Pero, ¿cómo nos podemos deshacer adecuadamente de estos residuos sin poner en riesgo nuestra salud ni generar impactos en el medio ambiente? Nadia Gamboa nos explica acerca de la configuración de estas baterías, sus características fundamentales y los peligros de su descomposición sin control.

Nuestra relación con las pilas y las baterías varía de acuerdo a la edad. De niños, pedimos con desesperación aquellas AA que hicieran andar al juguete nuevo. De jóvenes, nuestra vida social pende de un hilo si el móvil se apaga antes de recibir aquella llamada, tuit o mensaje que tanto anhelamos. De adultos, rogamos que nuestro automóvil no quede varado en medio de la nada por falta de energía. Lo único que no cambia es su necesidad: ¿te imaginas un mundo sin baterías?

De energía química a eléctrica

“Las baterías son unos transportadores de energía que a través de una reacción química de oxidación-reducción, tienen la capacidad de producir electricidad por un tiempo determinado”, señala Nadia Gamboa, docente de la Sección Química del Departamento de Ciencias de la Pontificia Universidad Católica de Perú (PUCP).

Para que estas células electroquímicas funcionen, necesitan tres componentes fundamentales: un electrodo positivo (cátodo),  un electrodo negativo (ánodo) y un electrólito en forma líquida, en pasta o en gel, que permite el intercambio de electrones entre el ánodo y el cátodo, lo que genera corriente eléctrica.

Básicamente, las pilas se pueden dividir en dos grupos: las primarias o desechables, que producen electricidad en un proceso químico irreversible y finito; y las secundarias o recargables, que cuando se conectan a una fuente eléctrica pueden revertir sus reacciones químicas hasta restablecer su composición original.

“A nosotros nos gusta la portabilidad y la rapidez. Y ha habido todo un proceso de descubrimiento y evolución para pasar de las baterías pesadas como ladrillos a la miniaturización que hay ahora, que permite entregas eficientes de energía en equipos portátiles como móviles, cámaras fotográficas, tablets, netbooks, entre otros artefactos”, refiere la química.

Energía (del) móvil

En el caso de los teléfonos móviles, en un principio se emplearon baterías de níquel-cadmio (Ni-Cd), que tienen como componentes al hidróxido de níquel (cátodo), al cadmio (ánodo) e hidróxido de potasio (electrólito). “Las baterías Ni-Cd son residuos altamente contaminantes porque se trata de metales pesados y elementos de transición que, en su gran mayoría, tienen la facilidad de propiciar los sistemas de oxidación-reducción”, precisa Gamboa.

Hace más de una década que las baterías Ni-Cd fueron reemplazadas por las de ion-litio, que emplean óxidos metálicos con litio (cátodo), carbón de grafito (ánodo) y sales de litio y solventes orgánicos (electrólitos). Estas disminuyen la toxicidad y entregan energía de manera más eficiente. Como señala la especialista, “en estas baterías, la carcasa es uno de los electrodos y dentro se ubica una barra de grafito embebido en un gel polímero de naturaleza electrolítica. No son tan tóxicas debido a que el litio no es un metal de transición, es un alcalino”.

Desecho tóxico a buen recaudo

Las pilas primarias entregan electricidad hasta que se agotan las sustancias químicas que las componen. ¿Y luego qué ocurre con ellas?,  comenzará un lento y largo proceso de descomposición en el que se generarán gases en su interior, se hinchará su recipiente y emanarán líquidos altamente contaminantes. De encontrarse en un vertedero, las pilas quedarán atrapadas entre la basura, se mezclarán con otras sustancias químicas y con el tiempo, incrementarán su peligrosidad. Una pila puede contaminar 167 mil litros de agua.

“Estos elementos son tóxicos, cancerígenos, generan una serie de enfermedades y en una alta concentración te pueden matar. Distribuidos de manera descuidada, estos metales de transición pueden terminar en el río y ser absorbidos por animales y plantas, incorporándose a la cadena trófica. Por ahora, la única forma segura de eliminarlos es confinándolos en basureros especiales”, comenta la doctora.

En la PUCP, la Dirección Académica de Responsabilidad Social ha colocado 45 contenedores de pilas y baterías. Son recipientes de color rojo que tienen la forma de una pila alcalina gigante y que se encuentran distribuidos en puntos estratégicos a lo largo del campus. Estos residuos son recogidos por la empresa Befesa, que se encarga de trasladarlos hacia un relleno sanitario de alta seguridad, ubicado en Ventanilla, el cual garantiza su total aislamiento gracias a un sistema de impermeabilización que cumple con los requerimientos de la normativa vigente.

No obstante, si bien hay algunas iniciativas del sector privado (puntos de acopio en grifos y supermercados), Gamboa resalta que aún falta reglamentar el desecho adecuado de las baterías de equipos móviles y otros residuos electrónicos: “en las baterías de los smartphones hay oro y metales nobles que se vuelve en basura valiosa que deberíamos tratar de acopiar y reciclar, como sucede en otros países. Es hora de pensar colectivamente y de pedirles a los municipios y gobiernos regionales que miren estos procesos y que desarrollen la metodología para organizar algo similar aquí”.

(PUCP/DICYT)