Manuel Martínez Morales

Yo, que tengo un pobre e inútil corazón

para toda la tristeza

que dejo de sufrir a cualquier hora…

José Revueltas

Según su experiencia, a Mané le parece que es en circunstancias de penuria, dolor, persecución o abatimiento cuando surge en los hombres, de una manera profunda, el sentimiento de solidaridad y empatía, al experimentar compasión (padecer conjuntamente) unos por los otros y comprender que la suerte de uno es la de todos. Por ejemplo, es en la cárcel, el hospital o en los acosados movimientos sociales por la igualdad y la justicia donde asoman estas emociones, haciendo que el hombre se hermane con el hombre.

Por supuesto que también surge este sentido de comunión en medio de la fiesta y, sobre todo, en la cima de la euforia alcohólica: “Tú eres mi sangre, mi carnal… ¡salud!”. Aunque tales circunstancias de camaradería alcohólica suelen desembocar en expresiones violentas, fruto de la atormentada historia del pueblo mexicano, que pueden conducir, no pocas veces, al asesinato del hermano por el hermano.

Esta violenta euforia ya fue analizada en El laberinto de la soledad, donde Octavio Paz nos recuerda que, nos guste o no, todos somos hijos de la chingada y, por tanto, estamos hermanados por ésta.

–¡Monos hijos de su chingada madre, denme de comer que tengo hambre!

La exclamación resuena en la cabeza de Mané, acompañada de la imagen de un joven trepado en los barrotes de la celda que lo encierra, reclamando a los infames celadores de aquel calabozo inmundo.

No sabe si lo soñó o si es un falso recuerdo, pero se ve desfilando con un grupo de compañeros estudiantes, descendiendo hacia los oscuros sótanos de un céntrico edificio que albergaba alguna instalación policiaca en la ciudad de México.

Aun antes del descenso a los infiernos, la solidaridad ya estaba presente en aquel grupo de personas que no se conocían entre sí. Sabían, estaban seguros, que los ligaba la perspectiva de un terrible destino: estaban “desaparecidos” para el mundo. Si bien la mayoría eran jóvenes estudiantes entre los 18 y 25 años, más o menos, también se encontraban ahí un niño de 14 años, estudiante de secundaria con su uniforme escolar, y un hombre de aproximadamente 30 años, vistiendo traje y corbata, apresado y después salvajemente golpeado por haberse atrevido a defender a estudiantes que eran detenidos arbitrariamente por la policía.

Los más enteros se aprestaron a proteger y consolar al niño que no paraba de llorar, y otros a auxiliar al compañero golpeado, a quien los esbirros le habían roto la cara y las costillas delante de todos para despertar el terror y asegurar el quebrantamiento moral de los detenidos. Luego de recuperarse de la golpiza, con una sonrisa en su rostro sin dientes, el hombre aquel invitó a todos los detenidos a su próxima boda: “Y que chingue su madre el que no vaya”.

En el fondo del sótano, en la penumbra, recorrieron el pasillo por donde se accedía a las hediondas celdas, en una de las cuales finalmente fueron hacinados 60 individuos en un espacio que no rebasaba los 40 metros cuadrados.

Perded toda esperanza, vos que entráis…

Para descansar o medio dormir, echados en el piso, sentados con el cuerpo hecho un ovillo, tenían que tomar turnos; todo en la forma ordenada y democrática que la solidaridad –el entender que la suerte de uno era la de todos– fue imponiendo.

Como también democrático era el uso de un agujero en el piso, ubicado en un rincón de la celda, usado para mear y cagar. El uso del papel de baño también se democratizaba, a todos les tocaba lo mismo: nada. Asimismo, democrática era la invasión de cada cuerpo por alimañas extrañas que parecían chinches o cucarachas de otro mundo; insectos mutantes tal vez, que sólo podían sobrevivir en aquellas inmundas y oscuras mazmorras.

Es preciso, es preciso, es preciso que se caigan los muros,

que cesen los venablos de angustia que nos ha atravesado,

que quede nada más un grito clamando, herido eternamente,

y una sobrehumana colérica voluntad como ramas de un árbol furioso

para golpear hasta el polvo y el aniquilamiento.

No sabe si lo soñó o es tan sólo un falso recuerdo…

Parte del maltrato o tortura que los monos imponían a los detenidos consistía en mantenerlos literalmente a pan y agua: dos veces al día un bolillo, una especie de engrudo –que decían era arroz­– y agua pintada –que decían era café– presumiblemente mezclada con orines de los presos comunes.

–¡Monos hijos de su chingada madre, denme de comer que tengo hambre!

El hambre hacía que aquella espantosa pitanza fuera objeto de deseo continuo, cuando la hora llegaba era repartida equitativamente, pareciendo que se repetía, de modo siniestro, el milagro de los peces y el vino.

Un compañero, intentando consolar a los prisioneros, de cuando en cuando decía en voz alta versículos de la Biblia que sabía de memoria. Otros, más avezados en cuestiones políticas, organizaban grupos de discusión. Todo ello para mantener la entereza frente a la adversidad. Solidaridad en pleno, consecuencia de la hermandad en la desgracia y el terror.

–¡Monos hijos de su chingada madre, denme de comer que tengo hambre!

Yo, que irrevocablemente sé de nuestra eternidad definitiva

de nuestra juventud de atentos sueños

y lágrimas despiertas;

de los tercos tambores tercamente sonando

que hay en nuestro oscuro fondo.

No sabe si lo soñó o es tan sólo un falso recuerdo…

–¡Compadre, compadre! ¿Estás ahí?

La voz se escucha intermitentemente en el frío pasillo del hospital, donde Mané se encuentra prácticamente abandonado a su suerte en una maltrecha camilla, al lado de otros pacientes en iguales condiciones. A su lado, escucha también los gemidos de una parturienta, igualmente abandonada a su suerte.

No sabe si lo soñó o es un falso recuerdo, pero Mané se sintió partícipe del padecimiento ajeno y, tal vez por efecto de los fármacos que le habían sido administrados, respondía al de la voz primera: Aquí estoy, compadre, no te preocupes, vas a estar bien; surgiendo así una especie de diálogo desarticulado y angustioso, fraterno, que sólo es posible en ciertos límites de la experiencia humana, tal vez en la frontera entre la vida y la muerte.

Unido también a la parturienta que nadie hacía caso –no sabe si lo soñó o es un falso recuerdo–, Mané intentaba consolarla en la penumbra del helado pasillo: No tenga miedo, mire usted, aférrese a los tubos fríos del costado de la camilla, eso la hará sentirse bien como a mí cuando lo hago, y Mané apretaba el helado metal del barandal de la camilla…

No sabe si lo soñó o es tan sólo un falso recuerdo…

En su confusión, Mané cree recordar otras circunstancias en que experimentó intensamente la solidaridad verdadera, como cuando los zapatistas convocaron a diversas acciones en toda la nación, sin dictar las formas en que debían organizarse los simpatizantes ni cómo llevarlas a cabo. Sin más sustento que la convicción de participar en apoyo a una causa social justa, quienes atendieron la convocatoria se auto organizaron, dividiendo las tareas y responsabilidades en forma natural y espontánea, sin una dirección central. Sin proponérselo, se estructuró una red de activistas que llevó a buen término la acción propuesta. Y entre todos los que participaron en la actividad, muchos sin conocerse entre sí pues actuaban en distintas regiones, se dieron lazos de afinidad en torno a las comunidades rebeldes zapatistas que en esos momentos eran víctimas de la represión por parte del gobierno en turno. La suerte de uno es la suerte de todos.

¡Todos somos Marcos! ¡Todos somos zapatistas!

Hay que hacer un gran río del mundo,

juntar nuestros pulsos hasta formar un gran cielo.

Un cielo del que llovamos redivivos,

nuevos, virtuosamente limpios y dispuestos.

Pero, en un territorio gobernado por sociópatas ¿cómo puede darse la solidaridad? O será precisamente porque vivimos en tal contexto que ya brotan por doquier movimientos de insurrección ante el poder, movimientos protagonizados por comunidades y grupos organizados con gran cohesión interna, y también en defensa solidaria de los más pobres, los más olvidados de este país, los que mueren de hambre o abandonados en los pasillos de algún lúgubre hospital, encerrados en infames calabozos o sepultados en alguna fosa clandestina.

Según dicen los especialistas, un sociópata es indiferente al dolor o sufrimiento ajeno, es insensible, no siente nada, y por eso puede incluso convertirse en asesino sin sufrir el menor remordimiento, ni siquiera arrepentimiento. Incapaces de albergar el menor sentimiento de solidaridad con sus semejantes, mucho menos experimentar compasión ante el sufrimiento ajeno.

El trastorno de personalidad antisocial, a veces llamado sociopatía, es una patología de índole psíquico –dice Wikipedia–, las personas que la padecen pierden la noción de la importancia de las normas sociales, como son las leyes y los derechos individuales. Las personas que padecen este trastorno sufren un mal de índole psiquiátrico, un grave cuadro de personalidad antisocial que les hace rehuir las normas preestablecidas; no saben o no pueden adaptarse a ellas. A pesar de que saben que están haciendo un mal, actúan por impulso para alcanzar lo que desean, cometiendo incluso delitos graves. Es común que se confunda este trastorno con otras patologías parecidas, como podrían ser la conducta criminal o la psicopatía.

Un sociópata, sin escrúpulo alguno puede condenar a miles a morir de hambre, despojar a poblaciones enteras de las tierras que han ocupado desde siempre, empujar a la ignorancia a miríadas de jóvenes, devastar sin contemplación alguna el medio ambiente, arrebatar a la gente sus derechos elementales, incluso es capaz de tolerar y ser autor o cómplice de los más terribles crímenes, o propiciar el tráfico de drogas, de armas, de seres humanos sin el menor titubeo.

Si acaso ven dibujado el retrato de un sociópata en cualquiera de quienes mandonean México ­–desde el burócrata que, apoltronado en su ventanilla, maltrata y humilla a los derechohabientes, el policía o soldado que agrede a ciudadanos inermes, el funcionario que extorsiona y roba de las arcas públicas, hasta el presidente municipal, diputado, senador, gobernador o presidente de la República, que hacen lo que les pega en gana pasando por encima de la ley–, no se asusten, es la puritita realidad.

¿El poder engendra la sociopatía, o sólo los sociópatas buscan el poder? ¿Es la corrupción un síntoma del mal?

¿Será la hora de dejar atrás la lucha por la existencia y empeñarnos en la pacificación de la existencia?

–Pero, Mané, ¿acaso no sabes que los consumidores de cannabis son más propensos a los falsos recuerdos y a la alucinación?

–¡Monos hijos de su chingada madre, ya es hora que se vayan a la mierda!