Dinero y ciencia


Manuel Martínez Morales

La tecnología nos descubre la actitud del hombre ante la naturaleza,

el proceso directo de producción de su vida, y, por tanto, de las condiciones

de su vida social y de las ideas y representaciones espirituales que de ellas se derivan.

Carlos Marx

Los autores que se han propuesto tratar el tema de la economía política de la ciencia, generalmente entienden por ésta la formulación de una teoría sobre la manera en que la ciencia –y sus derivaciones tecnológicas- se articula en la totalidad social; esto es, la forma en que ciencia y técnica son incorporadas a los procesos de la producción económica y, complementariamente, las modalidades que reviste la integración de la ciencia a las otras esferas del campo social, como son la cultural y la ideológica.

El punto de partida de esta teoría es la consideración de la economía política como fundamento de la misma. La premisa principal la constituye el hecho de que, antes que otra cosa, en una sociedad determinada los hombres tienen que asegurar las condiciones materiales que les permitan producir y reproducir sus condiciones de existencia. Es decir, la transformación del medio para su aprovechamiento mediante los procesos de trabajo: la producción económica.

Siguiendo una definición clásica, puede decirse que la economía política es “la ciencia que estudia una de las facetas del modo de producción: las relaciones de producción, o relaciones económicas entre los hombres, estructuradas en el proceso de producción de los bienes materiales… Estudia las relaciones de producción en su desarrollo histórico y muestra las causas de que unas formas sociales de producción reemplacen a otras.” (N.S. Spiridónova: Curso Superior de Economía Política, Ed. Grijalbo, 1965)

De aquí se desprende, entonces, que uno de los propósitos de la economía política de la ciencia es dilucidar el papel de la ciencia en las relaciones de producción en diversas sociedades, y en distintos momentos históricos, intentando desentrañar las contradicciones que esa función conlleva.

En un texto que puede ser considerado un clásico en el tema, se expresa la urgente necesidad de elaborar una economía política de la ciencia en el capitalismo contemporáneo y su cambiante modo de producción, que ha traído como consecuencias la proletarización de los trabajadores científicos y el empleo de la ciencia como instrumento de enajenación ideológica, entre otras tantas. (Hilary y Steven Rose: Economía Política de la Ciencia, Ed. Nueva Imagen, 1979)

Estos autores afirman que en la actualidad la ciencia tiene dos funciones principales: como parte de los sistemas de producción y de control social. A partir de la segunda guerra mundial, la ciencia se ha industrializado a sí misma y se ha asimilado en la maquinaria del Estado. Habrá que matizar esta afirmación señalando que este análisis se refiere a los países “desarrollados”, y que un análisis más preciso, y pertinente para nosotros, tendría que considerar el sistema mundo presente con los desniveles de poder entre los países centrales (dominantes) y los países periféricos (dominados).

De ahí que la forma de la praxis científica –la investigación básica y el desarrollo tecnológico- adopte modalidades peculiares según se trate de un país central, como los Estados Unidos, o de un país periférico como México. La autonomía y la universalidad absoluta de la ciencia es un mito que sólo conviene a los centros de poder dominantes, que son los que imponen la forma y la orientación del quehacer científico a los países periféricos.

En México no deberíamos seguir practicando la investigación científica según los modelos y pautas establecidos en los países centrales –que éstos tratan de hacer pasar como universales y “neutros”- pues ello va siempre en detrimento de nuestra soberanía y de nuestro propio desarrollo, y en beneficio del perenne saqueo y depredación de nuestros recursos –naturales y humanos- que las clases dominantes a nivel planetario siempre han hecho en nuestros territorios.

Ahora bien, en general la división internacional del trabajo incluye la del trabajo intelectual. La distribución actual de las tareas productivas –industrias de punta y producción de técnicas en los centros capitalistas e industrias secundarias en la periferia- repercute en la distribución de las tareas del trabajo intelectual. Así, mientras que en los países centrales los trabajadores intelectuales –particularmente los científicos- ejercen la totalidad de los atributos del trabajo intelectual –dirección, gestión, control, concepción e innovación técnicas-, los trabajadores intelectuales de la periferia en general ejercen tan sólo las tareas de dirección, gestión y control. Las funciones de concepción (definición de los temas de investigación) e innovación de las técnicas (máquinas y organización del trabajo) son casi inexistentes en países capitalistas subordinados, como México.

Pero además, el trabajo de los intelectuales en la periferia está subordinado a los trabajos de concepción y de innovación de los países centrales. Estos trabajadores, al igual que los trabajadores en las maquiladoras, ensamblan fragmentos de conocimiento o conceptos que luego serán   aprovechados de diversas maneras en las metrópolis, que es donde se definen los temas, orientación y aplicación de la investigación científica.

Reflexionar para comprender lo que se ve y lo que no se ve.