Mariposa y tulipanes

Mariposa y tulipanes


Manuel Martínez Morales

Al borde del abismo crecen hermosos tulipanes, como valla para no acercarse mucho a la orilla, pero el inocente Mané a la edad de 11 o 12 años recibió de manos de su tío Antonio el libro Crimen y castigo, de Fedor Dostoyevsky, creyendo que le estaba prestando algún libro de Mark Twain, Las aventuras de Tom Swayer, probablemente. Y Mané, sin saberlo, traspasó el seto de tulipanes y se asomó al abismo, experimentando una inexplicable atracción por lo que la lectura le hizo atisbar.

Alarmado, el tío Antonio regresó a los dos días para recuperar el libro confesando su equivocación y explicando al padre de Mané que éste aún no debería leer a Dostoyevsky, pues era como asomarse a un abismo sin fondo, experiencia que podía ser devastadora para un niño de su edad. Demasiado tarde, Mané ya había leído –con fascinación-  de cabo a rabo el mentado libro. No contento con tal supuesto desatino, para acabarla de joder el tío Antonio como premio de consolación obsequió a Mané el clásico libro de Rashevsky: Mathematical Biophysics: Physico-Mathematical Foundations of Biology. Un libro, abismal también, que Mané disfrutaba en sus ratos libres y aunque no entendía ni papa de las matemáticas, sí podía comprender los argumentos, descripciones y aplicaciones que Rashevsky incluía en su libro. Lo cual lo fascinaba. Y, un tanto por azar, Mané se hizo luego de la novela Los hermanos Karamazov, también de Dostoyevski.

Buenas intenciones, conducentes al infierno, el propiciar que un inocente niño de 11 años leyera tan perturbadoras obras. Hay que decir que a Mané no le importaba el qué dirán ni lo políticamente correcto, así que se entregaba con pasión a la lectura de tan abominables libros, lo que  dio un giro definitivo a su vida, que de ahí en adelante siempre estaría marcada por su morbosa tentación de acercarse a mirar el abismo. Ese abismo del alma humana –según le dijo su padre- en cual se mezclan ángeles y demonios, tierra, cielo e infierno. Pues, se asegura, hay que mirar  sus profundidades para acercarse al arte o al conocimiento aún a riesgo de la propia vida.

-Mariguandas, Mané- te alucinas con un poco de salvia, es todo, lo demás son puras invenciones calenturientas.

-Nada de eso compañeros, atrévanse a pasar el seto de tulipanes y me avisan qué ven. La ciencia y la belleza tienen algo en común: ambas son asombrosas y terribles a la vez, como el amor. Pero hay que saber verlas de frente, a riesgo de perder la cordura, que así llaman a la locura generalizada, políticamente correcta.

A su manera lo dice Borges, en su poema Descartes:

He soñado la geometría./ He soñado el punto, la línea, el plano y el volumen./ He soñado el amarillo, el azul y el rojo./ He soñado mi enfermiza niñez./ He soñado los mapas y los reinos y aquel duelo al alba./ He soñado el inconcebible dolor./ He soñado mi espada./ He soñado a Elisabeth de Bohemia./ He soñado la duda y la certidumbre./ He soñado el día de ayer./ Quizá no tuve ayer, quizá no he nacido./ Acaso sueño haber soñado./ Siento un poco de frío, un poco de miedo./ Sobre el Danubio está la noche./ Seguiré soñando a Descartes y a la fe de sus padres.

Y es que una vez preso de la atracción por el abismo, el camino no tiene retorno. En cierta ocasión, Mané confesó a Alicia su temor de ver el fondo del abismo y ella le respondió: es que ya te has asomado, pero si quieres ver el fondo contemplarás cosas maravillosas y terribles, que tal vez te angustien. ¿Quieres hacerlo? Aquel, envalentonado, dijo que sí, pero la verdad es que reculó y siguió conformándose con la lectura de Dostoyevski, José Revueltas y Antonio Orihuela, además de entretener su ocio asomándose a las otras profundidades de los irresueltos problemas de las matemáticas, como la conjetura Goldbach, la hipótesis del continuo y el décimo problema de Hilbert.

Por eso te pido, compañera, que mejor me enseñes a pintar con trazos desconocidos guiando mi mano, corazón y pensamiento en busca de la transmutación de la palabra y el signo matemático en imagen, así como Silvestre Revueltas quería que su música se transfigurara en imágenes. Si él y Claude Debussy lo consiguieron, vale la pena intentarlo.

Y si mancho mis manos y mi camisa de colores, serán los colores de la verdad, cercanos a la belleza y que harán vibrar tus neuronas y las mías, aunque no califique ya para el concurso y pronto arribe la barca en que me iré.