Que alguien llame a mi puerta

por favor,

con buenas noticias:

que  los jóvenes desaparecidos

se encuentran ya con sus padres

ante un plato de arroz

frente al fogón.

El relato de los hechos se sostiene en una lógica atroz y macabra, una lógica no humana. No es la lógica del bien pensar, la clásica lógica aristotélica que no admite contradicciones, puesta al día siglos más tarde por Alfred Tarski, en la cual la verdad de los enunciados se define por su correspondencia con los hechos. La proposición “La nieve es blanca”, es verdadera, si la nieve es blanca –apuntaba Tarski. Pero ahora, la lógica con la que el señor procurador intenta sustentar su macabro y falaz relato invierte los términos: la nieve es negra porque nosotros sostenemos que “La nieve es negra” es verdad. Y si no me creen, aquí están los testimonios de los ilustrados sicarios al servicio de la ley y el orden.

-¿Qué hora es licenciado?

-La que usted guste, señor presidente.

Y como el señor presidente desea cerrar el expediente del crimen de lesa humanidad, pues a trabajar señor procurador, aunque se canse usted. Sus servicios serán generosamente recompensados.

No hay de qué sorprenderse, piensa Mané,  se trata de la misma lógica torcida que siempre han empleado en su retórica los políticos mexicanos, la cual no resiste el menor análisis para mostrar su falsedad.

El relato del procurador, sustentado en un mal elaborado guión que dirige la actuación de los sicarios declarantes, a quienes  una voz “en off” les apunta constantemente el diálogo y la acción, se derrumba  a las primeras de cambio cuando uno de los periodistas presentes cuestiona la fecha de la detención y declaración de los delincuentes presentados como autores y testigos de la masacre de estudiantes. Murillo Karam se ve forzado a admitir que la detención y declaración se hicieron el 30 de octubre, una semana antes de la conferencia de prensa en la cual  hace del conocimiento público los fabulosos avances de la investigación.

  Pero, señor procurador, ¿si estos hechos se conocen el día 30, por qué razón desde  el día 27 ya se encontraba el equipo de investigación y los expertos forenses escudriñando el basurero de Cocula y el río San Juan? La razón es muy sencilla, debió responder el procurador, nuestro equipo de investigación es tan avanzado que puede anticipar el futuro, bueno a corto plazo, unos cuantos días.

También es necesario enfatizar que los sicarios declarantes son personas con alta preparación y por tanto absolutamente confiables. Uno de ellos debía pasar a formar parte del equipo de expertos forenses, pues en lo mas oscuro de la noche cuando, según él, estaban bajando de una camioneta a los estudiantes a orillas del barranco en que se ubica el basurero de Cocutla, responde sin titubeo a la pregunta de cuantos eran:  43 o 44, afirmó. Más aún: la voz que dirige el interrogatorio pregunta si algunos ya iban muertos, a lo que el sicario responde que sí, que 25 ya estaban muertos, y demuestra su competencia forense afirmando que habían muerto por asfixia o ahogamiento. Destreza forense extraordinaria –piensa Mané- pues en la oscuridad de la noche y al simple tanteo, este singular sujeto fue capaz en un instante de certificar la muerte de 25 personas y determinar la causa, sin necesidad de protocolos ni instrumentos especializados. Realmente no hacen falta, según la fabulosa y extraterrestre lógica del señor procurador y corte que lo acompaña.

En el marco de esta terrible lógica inhumana, se afirma que los cuerpos fueron arrojados al basurero y que se les prendió fuego rociándolos con diesel y gasolina,  poniendo encima madera, llantas y plásticos, habiendo mantenido el fuego por más de doce horas, “para no dejar huella”.  Hecho sólo explicable en la lógica macabra de Murillo Karam: ¿43 cuerpos incinerados en 12 horas? ¿Qué clase de horno mágico se construyó para alcanzar la temperatura necesaria y lograr tal proeza? Y los criminales son también incendiarios profesionales, pues aislaron tan bien el fuego que este no se extendió al resto del basurero, cuando es sabido que frecuentemente basta una colilla encendida arrojada sobre alguno de estos tiraderos para desencadenar  incendios de mayúsculas proporciones. Sigue el desaforado relato: después de que el fuego se extingue se ordena a los sicarios  descender la barranca para recuperar los restos de los muchachos y pulverizar los huesos restantes, para lo cual debieron contar con algún instrumento adecuado para tal fin, al menos un molcajete, pues quien haya visitado el crematorio de alguna instalación forense, y haya presenciado el proceso sabe que para tal fin debe contarse con dispositivos apropiados. Pero el crimen organizado, es muy organizado y preparado. Y Mané se sorprende al ver por televisión las imágenes del tiradero en el momento que están ahí los forenses, pues resulta que “encuentran” pedazos de huesos de color blanquecino. ¿Pos no que habían carbonizado los cuerpos y pulverizado los huesos mismos?

            Además, según la fábula karamesca, los sicarios quemaron hasta su misma ropa, la que vestían en el momento del crimen. Lo que no contaron es como hicieron para regresar encuerados después de cumplir con su macabra misión.

(Estoy listo/ para abrir la puerta/ a quien llame/ portando buenas noticias:/ que  haya pan para todos / y justicia universal.)

El padre Alejandro Solalinde ha denunciado la administración política de la verdad que el gobierno de Enrique Peña Nieto ejerce en el caso de los crímenes de Iguala, en un intento por encubrir la gran corrupción que corroe al sistema político mexicano en su totalidad. Un gobierno corrupto, un estado débil, y una ciudadanía vulnerable e indefensa  que constantemente es agredida y agraviada en mil formas por quienes ejercen el poder –los grupos delincuenciales o los mismos gobernantes, no se distinguen ya- podría concluirse.

Asombrosamente, el asunto va más lejos pues ya no sólo se administra políticamente la verdad, sino que se intenta fabricarla. Miren ustedes, dice el procurador, es verdad que los muchachos desaparecieron, atiendan lo que dice el sicario: que sus cuerpos fueron reducidos a cenizas y estas fueron arrojadas al río. Por tanto, de acuerdo con  esta lógica aberrante, los estudiantes se esfumaron, no existe el cuerpo del delito, no están vivos ni están muertos sino todo lo contrario; y tan tan, este cuento se ha terminado.

Señor Presidente puede usted viajar tranquilo a China y Australia, donde podrá presumir de la eficiencia de las instituciones que procuran justicia. Ya puede usted dormir sin sobresaltos, no se encontrará con incómodas manifestaciones en el extranjero, ¡ah!, y de los padres de los jóvenes desaparecidos no se preocupe, ya se están acostumbrando al sufrimiento, qué tanto es otro poquito.

Una buena noticia,/ por favor,/ una pequeña verdad/ que dibuje una sonrisa/ alegre/ en mi atribulado  corazón.

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