Robert Huber, premio Nobel de Química de 1988.

Robert Huber, premio Nobel de Química de 1988.


José Pichel Andrés/DICYT

Hace casi 30 años descifró la estructura tridimensional de las proteínas esenciales para la fotosíntesis, un proceso de las plantas y algunas bacterias que es fundamental para vida en la Tierra, porque produce materia orgánica y oxígeno gracias a la luz sola, es el científico alemán Robert Huber, ganador del Premio Nobel de Química en 1988

A sus 78 años refiere que, sin embargo, lo más importante de este hallazgo, que en sí mismo “no tiene aplicaciones directas”, fue el método utilizado, la cristalografía por difracción de rayos X. La aplicación de rayos X a una determinada muestra permite estudiar al detalle la estructura de la materia y Huber y su equipo de la Universidad Técnica de Múnich y de la Sociedad Max Planck los emplean para analizar proteínas que están relacionadas con enfermedades y, por lo tanto, tienen un especial interés farmacológico o médico.

Huber estuvo en Salamanca, España, donde dio la conferencia de clausura del Congreso Anual de Biotecnología, BAC 2015, y donde afirmó que “me he centrado en desarrollar nuevas estrategias para tratar enfermedades. La difracción de rayos X analiza a escala atómica las estructuras tridimensionales de las proteínas, que son muy complejas, con decenas de miles de átomos dispuestos de forma muy asimétrica”.

Los resultados de este trabajo en los últimos años son muy esperanzadores. “Si averiguamos cómo funciona la biología molecular, podemos diseñar medicamentos que se unan específicamente a una determinada proteína que sea importante en una enfermedad, cambiando o modulando su función natural”, explica. Esas proteínas, llamadas dianas terapéuticas, son la clave en la lucha contra muchas dolencias, así que el estudio de su estructura es una parte muy importante a la hora de diseñar un nuevo medicamento y las empresas farmacéuticas lo tienen en cuenta.

Por eso, con el objetivo de estudiar la estructura de las proteínas se puso en marcha hace más de 15 años la empresa Proteros, de la que Huber es cofundador y consejero, que proporciona este servicio a grandes compañías farmacéuticas.

La empresa que lucha contra las enfermedades autoinmunes

Sin embargo, no es la única aventura empresarial de este investigador que ante todo se define como “científico básico”. Ya en los años 70 se interesó por la inmunología y por la estructura de los anticuerpos, las sustancias que produce un organismo para defenderse de agentes externos, los antígenos.

“Una parte de los anticuerpos tiene la capacidad de unirse a los antígenos. Esta reacción inmune es esencial para nuestra supervivencia, así luchamos contra bacterias y virus”, explica. El problema es que a veces el sistema inmune no funciona bien y ataca al propio cuerpo. Es el caso de la artritis reumatoide, en la que hay una respuesta inmune contra las articulaciones, y de la esclerosis múltiple, contra los músculos. “Esto ocurre porque el anticuerpo no sólo se puede unir a los antígenos que nos atacan, sino también a los receptores de nuestras propias células a través de otra de sus partes”, explica.

Gracias al análisis de la estructura de los anticuerpos, “ahora sabemos cómo se produce esa unión entre el anticuerpo y el receptor celular, la razón por la que comienza la enfermedad”. La aplicación de este conocimiento va más allá de la ciencia básica, por eso, el bioquímico alemán también es cofundador de otra empresa dedicada a explotar estos resultados científicos, SuppreMol, que en los últimos tiempos le ha proporcionado muchas alegrías.

La idea de los científicos era desarrollar un receptor alternativo para engañar a los anticuerpos y que, en lugar de atacar a las células humanas, se unieran a este señuelo. Para ello contaron con la ayuda de inversores que aportaron la financiación y mucha paciencia durante años mientras se desarrollaba la idea. El resultado fue un éxito, en particular para combatir la trombocitopenia, una enfermedad autoinmune que se produce cuando el cuerpo ataca a las plaquetas, de manera que no se produce este componente de la sangre esencial para su coagulación.

Hace año y medio, la spin-off SuppreMol fue adquirida por la gran farmacéutica estadounidense Baxter, que ahora tiene en sus manos la posibilidad de comercializar un producto que acaba con una enfermedad mortal. “Estoy muy feliz”, declara Huber, que se aseguró de que todos los científicos que trabajaban en su empresa mantuviesen su empleo y continuasen son sus líneas de investigación una vez adquirida por la multinacional. Por supuesto, los pacientes inversores no sólo recuperaron su dinero, sino que multiplicaron sus ganancias.

En el caso de otras enfermedades, se están desarrollando ensayos preclínicos basados en la misma idea. En concreto, ya hay modelos de ratón listos para realizar experimentos de esclerosis múltiple y de rata para artritis reumatoide. “Estoy muy, muy, muy feliz”, repite el premio Nobel.

Se debe “sostener la ciencia básica”

Con historias como ésta no es de extrañar que Huber sea un acérrimo defensor de la ciencia básica, a la que cree que se le deberían dedicar más recursos, ya que en la actualidad la financiación parece centrarse en proyectos con fines muy concretos, en busca de aplicaciones prácticas. “Las principales aplicaciones siempre parten de la ciencia básica”, apunta, “aunque en el momento en el que comienzas a trabajar no sabes lo que va a pasar. A los investigadores nos interesa entender la biología hasta que, de repente, vemos la posibilidad de aplicar los nuevos conocimientos”. No obstante, “entiendo que los políticos quieren ver resultados y que la sociedad, que financia la ciencia, demanda que genere valor en un futuro cercano”.

A este respecto, Huber es consciente de las diferencias que la crisis económica ha establecido entre países los países con problemas económicos, que han rebajado el dinero que destina a la investigación, como España (el país anfitrión) y Alemania, que no ha dejado de incrementarlo en los últimos años. Si tuviera delante al presidente del Gobierno español, Mariano Rajoy, tiene muy claro lo que le diría: “Que debe sostener la ciencia básica, la mejor ciencia básica, y en España la hay muy buena en muchos aspectos. Hay instituciones en Madrid, Barcelona, Sevilla y otros lugares que tienen una gran posición a nivel mundial”, afirma.

Jóvenes que se van

Aun así, sabe que la mayoría de los jóvenes científicos españoles se ven condenados a desarrollar su carrera en el extranjero. “Entiendo que la gente joven quiere trabajar en buenas condiciones y que se traslade a los sitios donde se las ofrecen, pero es una gran pérdida para el país”, comenta.

Precisamente, Huber llega a Salamanca tras haber participado la semana pasada en la cita anual de Lindau, localidad alemana que cada año acoge un encuentro que reúne a científicos de todas las disciplinas que han ganado el premio Nobel y a brillantes estudiantes de todo el planeta.

¿La cantidad de premios Nobel que tiene un país es un buen reflejo del nivel de su ciencia? “Es un indicador, pero no hay que tomárselo demasiado en serio, hay otros premios y distinciones y muchos de ellos van a parar a científicos españoles”, comenta el bioquímico alemán.

Probablemente, alguno de los jóvenes de Lindau, entre los que este año había cinco españoles, también acabe logrando en premio Nobel dentro de algunas décadas. De hecho, algunas de las personas que pasaron por allí como estudiantes fueron distinguidos después con el galardón más prestigioso de la ciencia. Para entonces, la biotecnología jugará un papel aún más importante que en la actualidad, según Huber, aunque cree que ya a día de hoy tiene mucho peso dentro de la economía, tal y como demuestra su propia experiencia.

Energías

Quién sabe si alguno de esos jóvenes con los que se ha codeado hace días en Lindau o ahora en Salamanca conseguirá aplicar algún día los conocimientos sobre las proteínas de las fotosíntesis que marcaron el inicio de la carrera de Huber. ¿Llegará el ser humano alguna vez a replicar este fabuloso proceso de forma artificial? “Técnicamente, ya es fotosíntesis lo que hacen las placas solares, al transformar la luz solar en energía”, señala. Sin embargo, “el proceso biológico, tal y como ocurre en la naturaleza, no se puede transferir a la tecnología. Por ejemplo, cuando la luz solar es muy intensa, el material fotosintético se destruye y es capaz de regenerarse de nuevo en una hora. ¿Cómo podemos fabricar un panel solar así?”, se pregunta.

Las fuentes de energía no pertenecen a su rama del conocimiento, pero Robert Huber se ha distinguido por ser muy crítico con la decisión de su país de prescindir de la energía nuclear tras el accidente de la central japonesa de Fukushima. “Estoy completamente en desacuerdo, no con la posibilidad de acabar cerrándolas algún día, sino con la manera en la que se ha hecho. Las centrales nucleares son las que más contribuyen a producir energía sin emisiones de CO2”, recuerda. Aunque reconoce que los residuos radiactivos son un problema, cree que hay muchas formas de solucionarlo, desde el almacenamiento geológico hasta la posibilidad de reciclarlos. Sin embargo, “la decisión alemana de cerrar las centrales reduce este tipo de investigación”.

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