Thomas Harvey y un fragmento del cerebro de Albert Einstein

Thomas Harvey y un fragmento del cerebro de Albert Einstein


A primera hora del 18 de abril de 1955, después de haber rechazado una cirugía para un aneurisma, Albert Einstein murió en el Hospital de Princeton. Causa de la muerte: ruptura de un aneurisma de la aorta abdominal.

Una hora y 30 minutos después de su muerte, su cerebro fue extraído por el patólogo de guardia, Thomas Stoltz Harvey, de 43 años, encargado de su autopsia y admirador del genio de la física.

Harvey anotó que el cerebro de Einstein pesaba 1 kilo 230 gramos, lo cual no tenía nada excepciones, si no que más bien estaba en el límite inferior del rango normal para los hombres de la edad del físico. Luego lo fotografió desde distintos ángulos y lo colocó intacto en una solución de 10 por ciento de formol. Y sin decírselo a nadie, lo introdujo en formol y se lo llevó a escondidas en varios tarros.

Menos de 24 horas después de su muerte, el cuerpo de Einstein fue cremado y, en una ceremonia a la que asistieron familiares y amigos, sus cenizas fueron arrojadas a las aguas del río Delaware, cumpliendo el deseo que el propio Einstein había manifestado antes de morir: “Quiero que me incineren para que la gente no vaya a adorar mis huesos”.

Hoy una parte del cerebro de Albert Einstein se conserva en el Departamento de Anatomía de la Universidad de Kansas.

El asunto se conoció días después, cuando Harvey confesó todo al hijo mayor de Albert Einstein, Hans Einstein. Le explicó que, aunque aquello podía ciertamente verse como un robo, era más bien parte de un experimento científico. Estaba claro que su padre había sido un hombre intelectualmente excepcional, y quizá la clave de esa excepción estaba ahí, en alguna parte de su encéfalo. Merecía la pena investigar aquello. Por algún motivo, Hans accedió a que el patólogo conservara el cerebro, bajo la promesa de que le daría un uso exclusivamente científico.

Pero aún con todo y esa autorización, al Hospital de Princeton no le gustó la idea de que uno de sus trabajadores fuese por ahí robando cerebros y lo despidió de inmediato.

Harvey estaba decidido a cumplir su promesa, y para ello se fue a la Universidad de Pennsylvania, en Filadelfia, donde lo diseccionó en 240 piezas (cada una de cerca de 10 cm3) y lo conservó en celoidina, una forma dura y elástica de celulosa. También creó 12 juegos de 200 diapositivas que contenían muestras de tejido indexadas a las piezas y se las envió a algunos investigadores. Las piezas del cerebro las metió en dos recipientes para dulces con alcohol y se las llevó a su casa para almacenarlas en el sótano

Ahí contactó a varios neurólogos. Más nadie aceptó su invitación para estudiar el cerebro del físico más famoso de la época.

El "robo" del cerebro de Einstein y su corte en miles de fragmentos

La fotografía del cerebro de Albert Einstein

Lejos de rendirse, Harvey se fue obsesionando cada vez más, lo que provocó que su mujer le abandonase. Sin dinero, sin trabajo y solo, Harvey se subió a su auto con la pieza y se fue a buscar empleo. Pasó varios años de mala situación, durante los cuales ejerció como médico y hasta como peón en una fábrica.

El “ladrón del cerebro de Einstein” parecía haber quedado en el olvido en el mundo convulso de la década de los 70’s del siglo XX. Pero, en 1978 el periodista Steven Levy, de la revista New Jersey Monthly logró que Harvey le concediese una entrevista. Por esa época Harvey trabajaba como supervisor médico en un laboratorio de pruebas biológicas en Wichita, Kansas, manteniendo el cerebro de Einstein en una caja de sidra escondida debajo de un enfriador de cerveza.

El artículo se publicó con el título de “Yo encontré el cerebro de Einstein” y llegó hasta la Universidad de Berkeley, en California, con la neuróloga Marian Diamond, quien enseguida buscó a Harvey para pedirle un trozo de aquel encéfalo que tan celosamente guardaba.

Marian Diamond realizó el primer estudio sobre el cerebro del genio y publicó un artículo en 1985 (exactamente 30 años después del robo del cerebro) en el que sostuvo que Einstein tenía más células gliales (cuya función principal es dar soporte a las neuronas) por neurona que una persona normal.

La publicación -sin embargo- no fue tomada en serio por el mundo científico, aún cuando apareció en la revista Science.

Aún así comenzaron a llegar a su casa peticiones de muestras del cerebro por parte de muchos investigadores. Y Harvey les enviaba pequeñas piezas del cerebro de Einstein, más pequeñas que las que ya tenía conservadas, cortándolas con un cuchillo de cocina que utilizaba para esto. Se calcula que preparó como mínimo 2,000 muestras que distribuyó entre, al menos, 18 investigadores, las cuales se perdieron a la muerte de estos.

Una de las anotaciones sobre esos envios menciona que los trozos de cerebro eran remitidos por correo postal en un frasco, sobre todo de una marca de mayonesa que el patólogo ingería de manera compulsiva.

La BBC después realizó un documental sobre su vida, donde se mostraba al ya octogenario Harvey vagando en el sótano de su casa con un frasco y cortando una pieza del cerebro de Einstein en una tabla de quesos con su cuchillo de cocina “especial”.

Thomas Harvey murió el 5 de abril de 2007, a los 94 años, y los trozos de cerebro de Einstein que aún conservaba los recogieron sus hijos. Nació el 10 de octubre de 1912, Louisville, Kentucky, Estados Unidos.

Tres años después, éstos los donaron al Museo Nacional de Salud y Medicina que el Ejército de EE.UU. tiene en Maryland. Entre ese material se encontraban catorce nuevas fotografías del cerebro de Einstein tomadas desde distintos ángulos y que hasta entonces no habían sido publicadas. Ahí también hay 560 diapositivas que se guardan bajo llave.

El destino de muchas otras imágenes del cerebro de Einstein es desconocido, pero se han encontrado algunas en Ontario (Canadá), California, Alabama, Hawaii, Filadelfia, Japón y Argentina, según publicó el diario Los Angeles Times.

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