Julie Duprat narra la muerte de Marguerite. Extracto de "La Dama de las Camelias", de Alejandro Dumas hijo

Portada de La Dama de las Camelias de 1885, dibujo de Albert Lynch


18 de febrero.

Señor Armand:

Desde el día en que Marguerite se empeñó en ir al teatro, cada vez se puso peor. Perdió la voz por completo y luego el uso de los miembros. Es imposible decir lo que sufre nuestra pobre amiga. No estoy acostumbrada a esta clase de emociones, y tengo continuos temores.

¡Cuánto me gustaría que estuviese usted a nuestro lado! Delira casi siempre, pero, delirante o lúcida, siempre pronuncia su nombre en cuanto llega a poder decir una palabra.

El médico me ha dicho que no durará mucho. Desde que se ha puesto tan mala, el viejo duque no ha vuelto.

Ha dicho al doctor que este espectáculo le dolía demasiado.

La señora Duvernoy no se porta bien. Esa mujer, que creía que iba. sacar más dinero de Marguerite, a cuyas expensas vivía casi completamente, ha adquirido compromisos que no puede mantener y, al ver que su vecina ya no le sirve de nada, ni siquiera viene a verla. Todo el mundo la abandona. El señor de G…, acosado par sus deudas, se ha vista obligado a volverse a Londres. Al marcharse nos ha enviado algún dinero; ha hecho lo que ha podído, pero han venido otra vez a embargar, y los acreedores están esperando a que se muera para realizar la subasta.

He intentado agotar mis últimos recursos para impedir todos esto embargos, pero el alguacil me ha dicho que era inútil, y que aún quedaban, otros juicios pendientes de ejecución. Puesto que va a morir, más vale abandonarlo todo que salvarlo para su familia, a quien ella no ha querido ver y que nunca la quiso. No puede usted imaginarse en medio de qué miseria dorada se muere la pobre chica. Ayer no teníamos absolutamente nada de dinero. Cubiertos, joyas, cachemiras, tod

o está empeñado; el resto está vendido o embargado. Marguerite aún tiene conciencia de lo que pasa a su alrededor, y sufre en su cuerpo, en su espíritu y en su corazón. Gruesas lágrimas corren par sus mejillas, tan enflaquecidas y tan pálidas, que, si usted pudiera verla, no reconocería el rostro de la que tanto lo amó. Me ha hecho prometer que le escriba cuando ella ya no pueda, y estoy escribiéndole delante de ella. Dirige sus ojos hacia mí, pero no me ve: su mirada está ya velada par la muerte cercana; sin embargo sonríe, y estoy segura de que

todo su pensamiento y toda su alma están puestos en usted.

Cada vez que alguien abre la puerta sus ojos se iluminan y siempre cree que va a entrar usted; luego, cuando ve que no es usted, su rostro recobra su dolorida expresión, queda bañado en un sudor frío, y sus pómulos se tiñen de púrpura.

 

19 de febrero, doce de la noche.

 

¡Qué triste dáa el de hay, mi pobre señdr Armand! Esta mañana Marguerite se ahogaba, el médico le ha hecho una sangria, y ha recobrado un poco la voz. El doctor le ha aconsejado que vea a un sacerdote. Ella ha dicho que bueno, y él mismo ha ido a buscar a un cura de Saint-Roch.

Entre tanto Marguerite me ha llamado al lado de su cama, me ha rogado que abriera el armario, luego me ha señalado un gorro, un camisón cubierto de encajes, y me ha dicho con voz debilitada:

–– Voy a morir después de confesarme; vísteme entonces con estas cosas: es una coquetería de moribunda.

Luego me ha besado llorando y ha añadido:

–– Puedo hablar, pero me ahogo mucho cuando hablo. ¡Me ahogo! ¡Aire!

Deshecha en lágrimas, abrí la ventana, y unos instantes después entró el sacerdote.

Fui a su encuentro.

Cuando supo dónde estaba, pareció temer que iba a ser mal recibido.

Entre sin miedo, padre ––le he dicho.

Ha estado poco tiempo en la habitación de la enferma, y ha salido diciéndome:

Ha vivido coma una pecadora, pero morirá coma una cristiana.

Unos instantes después ha vuelto acompañado de un monaguillo que llevaba un crucifijo, y de un sacristán que iba delante tocando la campanilla, para anunciar que Dios venía a casa de la moribunda.

Han entrado los tres en este dormitorio, donde en otro tiempo resonaron tantas palabras extrañas, y que en aquella hora sólo era un tabernáculo sagrado.

He caído de rodillas. No sé cuánto tiempo durará la impresión que me ha producido este espectáculo, pero creo que, hasta que yo llegue al mismo momento, no habrá cosa humana que pueda impresionarme tanto.

El sacerdote ungió con los cantos óleos los pies, las manos y la frente de la moribunda, recitó una breve oración, y Marguerite se encontró preparada para ir al cielo, donde irá sin duda, si Dios ha visto las pruebas de su vida y la santidad de su muerte.

Desde entonces no ha dicho una palabra ni ha hecho un movimiento. Veinte veces la hubiera creído muerta, de no haber oído el esfuerzo de su respiración.

 

20 de febrero, cinco de la tarde.

 

Todo ha terminado.

Marguerite ha entrado en agonía esta noche alrededor de las dos. Nunca un mártir ha sufrido semejantes tormentos, a juzgar por los gritos que daba. Dos o tres veces se ha incorporado del todo sobre su lecho, como quisiera agarrar la vida que se remontaba hacia Dios.

Dos o tres veces también ha pronunciado el nombre de usted, luego se ha

callado y ha vuelto a caer agotada en la cama. Lágrimas silenciosas brotaban de sus ojos, y ha muerto.

Me he acercado entonces a ella, la he llamado y, como no respondía, le he cerrado los ojos y la he besado en la frente.

¡Pobre querida Marguerite! Me hubiera gustado ser una santa, para que ese beso lo encomendara a Dios.

Luego la he vestido como me había pedido que lo hiciera, he ido a buscar un sacerdote a Saint-Koch, he encendido dos velas por ella y he rezado durante una hora en la iglesia.

He dado a los pobres dinero que era de ella.

No entiendo mueho de religión, pero pienso que Dios reconocerá que mis

lágrimas eran verdaderas, mi oración fervorosa, mi limosna sincera, y que tendrá piedad de ella, que, habiendo muerto joven y bella, no me ha tenido más que a mí para cerrarle los ojos y amortajarla.

 

22 de febrero.

 

Hoy ha sido el entierro. Han venido a la iglesia muchas amigas de Marguerite. Algunas lloraban sinceramente. Cuando el cortejo ha tomado el camino de Montmartre, sólo dos hombres iban detrás: el conde de G…, que ha venido expresamente de Londres, y el duque, que andaba sostenido por dos criados.

Le escribo todos estos detalles desde su casa, en medio de mis lágrimas y ante la lámpara que arde tristemente al lado de una cena que no toco como puede usted imaginar, pero que Nanine ha mandado hacer, pues llevo sin probar bocado más de veinticuatro horas.

Mi vida no podrá conservar durante mucho tiempo estas triste impresiones, pues mi vida no me pertenece más de lo que pertenecía la suya a Marguerite; por eso le doy todos estos detalles en los mismos, lugares donde han sucedido, por temor a no poder contárselos con toda su triste exactitud, si pasa mucho tiempo entre ellos y su regreso.

 

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