La creación del hombre de maíz

La creación del hombre de maíz


Manuel Martínez Morales

Dejemos el museo, la biblioteca, el aula

sin emoción, sin tierra, glacial, para otro tiempo.

Ya sé que en esos sitios tiritará mañana

mi corazón helado en varios tomos.

Quitémonos el pavo real y suficiente,

la palabra con toga, la pantera de acechos.

Vamos a hablar del día, de la emoción del día.

Abandonemos la solemnidad.

Miguel Hernández

 

 

Así plasmaba Hernández  su llamado a los poetas a descender del pedestal y de las pobres estatuas, a quitarse la barba postiza, la insolente cita bajo la nariz y a hablar juntos “de las cosas del mundo frente al hombre”. Tarea en verdad titánica pues hablar de las cosas del mundo, cómo han sido y devenido hasta hoy, requiere de largos recorridos por la historia del mundo y  de la humanidad. Debiendo considerarse que el mundo es multidiverso y que su historia, incluyendo la del propio hombre, es como un árbol que crece con múltiples ramificaciones orientadas en las más diversas direcciones. Entramado caótico, fractal, en cual nuestra historia -la de nuestra cultura y sociedad- es sólo una insignificante ramita en ese complejo todo. Más, sin embargo, cada ramita de alguna manera contiene, refleja o sintetiza al todo. Y la existencia del ramaje completo de este árbol, depende dialécticamente de la función de cada hojita de su entramado.

Hacer el intento por entender el presente, que sería sólo una infinitesimal bifurcación en la trama histórica, nos obliga a remontarnos con cuidado hacia atrás en el tiempo siguiendo, por una parte, la ramificación que nos ha conducido a este punto sin perder de vista las  ramas vecinas que han brotado del mismo tronco.

Entonces cuando trato de comprender cuales son las funciones de la ciencia y la tecnología en este territorio que nos sostiene, aquí y ahora, me veo obligado a remontarme al pasado para vislumbrar de dónde heredamos estas formas de conocer y actuar sobre el mundo. Y, casi al instante, me percato que a lo largo de las múltiples ramificaciones de la historia humana han existido diversas formas de conocer y actuar sobre el mundo, no necesariamente reducibles –tal vez inconmensurables- a lo que hoy llamamos ciencia y tecnología. Sin que ello signifique que no tengan su propio rango de validez empírica y consistencia interna.

Rascando estas historias superficialmente, podemos encontrar problemáticas comunes a las que se pretende dar explicación y, si es el caso, desprender de esta misma algunas reglas para actuar prácticamente sobre el mundo.

Para empezar, todas estas múltiples formas de conocer se plantean de entrada el problema del origen del universo, de qué está formado, cuál es el origen del hombre y cómo debemos comportarnos y actuar sobre nuestro medio. Como es esta una característica común a toda cultura, puede suponerse que tiene un componente biológico relacionado con la supervivencia. Puesto que todo ser vivo tiene que adaptarse a medios cambiantes lo cual implica un cierto grado de aprendizaje, de conocimiento del medio. Característica compartida por los más minúsculos microorganismos con otros seres más complejos como los mamíferos.

Pero, ¿qué utilidad para la supervivencia pueden tener los mitos sobre la creación del mundo, cómo los que se encuentran en el Popol Vuh?  Este venerable libro comienza: “Esta es la relación de cómo todo estaba en suspenso, todo en calma, en silencio, todo inmóvil, callado, y vacía la extensión del cielo…Sólo el Creador, el  Formador, Tepeu, Gucumatz los progenitores estaban en el agua rodeados de claridad… Llegó aquí entonces la palabra, vinieron juntos Tepeu y Gucumatz, en la oscuridad, en la noche, y hablaron entre sí, consultando y meditando; se pusieron de acuerdo, juntaron sus palabras y sus pensamientos:

-¡Hágase así! ¡Que se llene el vacío! ¡Que esta agua se retire y desocupe, que surja la tierra y se afirme! Así dijeron…”

Después se narra cómo fueron creándose las cosas del mundo y los seres vivos para culminar con la creación del hombre, luego de varios ensayos fallidos. En lo más profundo del corazón de la materia, Tepeu, el Creador, y Gucumatz, el Formador, ordenaban, componían y recomponían átomos y moléculas; ensayaban formas, ecuaciones, conexiones y acoplamientos varios. La sabiduría que proviene de probar y errar los llevó a concluir que el orden era el apropiado, la estructura correcta; faltaba encontrar el número preciso, la cantidad adecuada; el éxito del experimento se perfilaba en la tenue frontera entre calidad y cantidad, en el umbral tras el cual la cantidad se traduce en cualidades nuevas.

Y así fue como Tepeu, el Creador, y Gucumatz, el Formador, tras prolongados ensayos, tras fracasos tremendos, crearon, por fin, al hombre, amasándolo de maíz, noble material que daría sustento a miles de generaciones de pródigos pueblos. Tepeu y Gucumatz, sin proponérselo, fueron los primeros nanoingenieros de nuestra historia, pioneros de la robótica y la inteligencia artificial en estos lares tropicales.

Veo un paralelismo en esta forma de intentar explicarse la creación del universo y su evolución con las teorías de la ciencia: antes del big bang –origen del universo- nada había y de pronto algo existe. Al cómo y porqué de ésta súbita creación del universo la ciencia, hasta el momento, sólo balbucea. Luego el relato científico se mueve hacia particularidades cómo la formación del sistema solar, la aparición de la vida en el planeta Tierra y su posterior evolución hasta llegar a la aparición de los seres humanos. Y, en tiempos modernos, el hombre mismo, sin proponérselo tal vez,  aparece impostando a Tepeu y Gucumatz intentando crear la llamada vida artificial, a través de la biología sintética, la inteligencia artificial, la robótica y la nanotecnología.

En este punto hay que considerar las palabras de John D. Bernal, quien en su monumental obra, La ciencia en la historia, sin rodeos afirma: “La ciencia es, por un lado, técnica ordenada y, por otro, mitología racionalizada. Debido a que empezó a desarrollarse como un aspecto difícilmente distinguible del misterio del artesano y de la erudición sacerdotal, que se mantuvieron separados durante la mayor parte de la historia registrada, la ciencia tardó bastante en establecerse con una existencia independiente dentro de la sociedad.”

Nos guste o no, la ciencia moderna es el gran mito de una forma social –llámesele sociedad moderna, sociedad industrial o capitalismo- que convive con otras formas socioculturales  que no abandonan sus propios mitos que, al igual que la ciencia, se combinan con otras formas de técnicas y conocimientos ordenados, a los que a veces llamamos, un tanto despectivamente, los “otros saberes”, de los cuales no se admite su objetividad en cuanto a la representación de ciertos fenómenos, ni mucho menos la evidencia de su efectividad técnico-práctica. Lo cual se explica a partir de que la ciencia moderna desde su nacimiento ha estado vinculada a esa formación social peculiar, el capitalismo, que al uncirla  a la técnica, dando lugar a la tecnología, la ha limitado, por una parte, a ser un potente elemento en la producción económica –lo cual  ha permitido al capitalismo desplazar a otros modos de producción e imponerse hegemónicamente sobre el planeta entero- y, por otro lado, haciendo de la ciencia misma un instrumento  más de dominación.

En este sentido, no hay que perder de vista que –en palabras de Bernal- el progreso de la ciencia ha alterado la estructura toda del pensamiento humano.

Pero este efecto de la ciencia sobre las formas del pensamiento humano y la ideología dominante no es absoluto ni monolítico, lo que nos hace entrever la posibilidad de conformar y practicar la ciencia en un sentido benéfico y liberador para los millones de seres humanos que sobreviven en condiciones prácticamente de esclavitud bajo el yugo del capitalismo planetario, y en donde parece como si el mito de la creación del hombre, según el Popol Vuh, se invirtiera. Sí de acuerdo a este mito, Tepeu y Gucumatz ensayaron con distintos materiales para encontrar cual era el mejor para crear al hombre, ahora se trata de ir en reversa: con la intervención de ciencia y tecnología, transformar a los seres humanos en simples objetos materiales –sintéticos- sin conciencia.