Mariposa Utópica

Mariposa utópica, mariposa de luz


Manuel Martínez Morales

Las mariposas monarca sintetizan su ciclo de vida en alcanzar la utopía para su reproducción, el goce y disfrute de los paisajes -los bienes naturales-, la migración como su derecho, inalienable e imprescriptible para su reproducción y la continuidad de la vida. No obedecen legislación alguna, ni tampoco erigen dioses o ideologías; solo viven como canta el pájaro… por ello me declaro mariposa.

Declaratoria: mariposa utópica, de Lucas Avendaño.

 

Mané no desea dejar huella de su paso por la vida, es por eso que ha pedido que sus cenizas se esparzan al viento arrojadas desde lo alto de algún cerro cercano al lugar que lo vio nacer. La verdad es que no quiere dejar memoria de los desatinos en que ha incurrido durante su vida.

Por eso ruega a sus conocidos que no digan que estuvo aquí, que todo lo imaginó y que nunca existió el leve pan de trigo, ni el mendigo que lo comía con ademanes lentos. Que jamás digan que estuvo aquí, que sólo fue un mal sueño en el amanecer del caos. Porque a fin de cuentas nunca se está en alguna parte, siempre en tránsito, cruzando fronteras reales o imaginarias, externas o internas, físicas o espirituales. Transgresores de fronteras, como la mariposa monarca, indocumentados sin más identidad que la de ser buscadores de utopías.

La brecha es aquel camino, sendero, o vereda que se hace en medio de la maleza, de la selva, de los bosques; la brecha es hacer un camino por donde transitar, compartir, dialogar, acompañarnos, aun cuando detrás de nosotros se cierre la vegetación una vez más. La brecha, como la utopía, sirve para caminar.

Y al igual que la mariposa monarca emprende su vuelo anual rumbo al lugar inexistente, a la utopía, y sin conocerlo alcanza su destino -pues desde su nacimiento tiene la certeza que así será- Mané camina por las brechas que él mismo o sus camaradas van abriendo hacia ninguna parte.

Imagina -o tal vez Lucas se lo contó- que en ese vuelo colectivo las mariposas de la vanguardia caen desfallecidas en medio del océano, para convertirse en islotes, pequeñas utopías, en los cuales las mariposas que las siguen se posarán en un breve descanso para proseguir su vuelo y caer más adelante, para servir, en una reiteración natural, de islotes de descanso para las que vienen. Y así, en ese volar colectivo se abre la brecha que es el camino utópico de la mariposa monarca.

En ese sentido, dice Lucas, la utopía no existe y he ahí nuestra tarea de “Mariposas Utópicas”, hacer que la utopía sea un lugar a donde llegar. El Ejercito Zapatista de Liberación Nacional -EZLN- dice que “la rebeldía es como esa mariposa que dirige su vuelo hacia ese mar sin islas ni rocas”, y cierto estoy que la motivación de esa rebeldía es la utopía misma que se empieza a construir con cada aleteo que esa mariposa rebelde-utópica da mar adentro, en el camino de la incertidumbre utópica.

Mané lo recuerda con precisión: del lugar inexistente, de ninguna parte, es decir de algún recóndito paraje de las montañas del sureste mexicano donde seres humanos viven y mueren sin que el mundo registre el paso de su existencia, de ahí bajó una mujer chancluda para plantarse frente a la muchedumbre universitaria y hablar de dos o tres asuntos relacionados con la libertad, la justicia y la dignidad. Esa mujer llamada Fidelia –mariposa utópica- y sus compañeros de rostro cubierto vienen de ninguna parte pues, de acuerdo al pensamiento dominante, no hay lugar en este mundo moldeado por el cruento capitalismo contemporáneo -mal llamado neoliberalismo- donde sea posible vivir sin rostro, sin televisores, centros comerciales, bancos, traje y corbata, automóviles, computadoras, inglés y maquiladoras.

Los indígenas que conforman el movimiento encabezado por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional nos hablan de utopías, de no lugares en donde se manda obedeciendo, donde las decisiones se toman por consenso de todos y no por mayoría de votos, donde las mujeres se rebelan y luchan por sus derechos en pie de igualdad con los hombres, donde niños y ancianos son tomados en cuenta, donde la dignidad se impone, donde a pesar del hambre se exige justicia y no limosnas, donde detrás de nosotros estamos ustedes, donde se construye un mundo en cual quepamos todos. Mariposas utópicas, diría Lucas.

Pero decir que el movimiento zapatista es utópico no significa que sus demandas y propuestas remitan a un proyecto irrealizable, que el movimiento se inspire en la idea de una sociedad imaginaria que no tiene ni tendrá lugar en este mundo, o que sus objetivos se desprendan de alguna ficción literaria. La utopía zapatista corresponde más bien a la categoría que Horacio Cerutti denomina “lo utópico operante en la historia”. En el sentido que le da este autor, lo utópico se expresa como la tensión entre una realidad que es intolerable y ciertos principios o valores asumidos como ideales y que no coinciden en ésta.

También podría ubicarse el programa zapatista dentro de lo que Imannuel Wallerstein ha llamado “la utopística”, definida como “la evaluación seria de las alternativas históricas, el ejercicio de nuestro juicio en cuanto a la racionalidad material de los posibles sistemas históricos alternativos. Es la evaluación sobria, racional y realista de los sistemas sociales humanos y sus limitaciones, así como de los ámbitos abiertos a la creatividad humana. No es el rostro de un futuro perfecto (e inevitable), sino el de un futuro alternativo, realmente mejor y plausible (pero incierto) desde el punto de vista histórico. Es, por lo tanto, un ejercicio simultáneo en los ámbitos de la ciencia, la política y la moralidad.”

Tanto en Cerutti como en Wallerstein la noción de lo utópico, o de lo utopístico, implica la existencia de una dimensión utópica en el hombre, esto es de un impulso creador que lo conduce a intentar la transformación de su realidad social aún cuando ésta parezca invariable e inmutable, de una fuerza que lo mueve a buscar la realización de sus anhelos y de sus sueños en esta tierra y en esta vida y no en otra parte. Lo utópico se erige en lo contingente de la historia, en el no determinismo del devenir social, en los intersticios que quedan abiertos como campos para la acción humana entre el azar y la necesidad. En el lugar de la tensión entre lo dado y lo posible, lo real y lo deseable. El vuelo de la mariposa monarca.

La realidad presente, de exacerbada explotación del trabajo y de mercantilización de todo, vida y muerte incluidas, es ya intolerable para millones de hombres y mujeres a lo largo y ancho del planeta; hombres y mujeres que se ven reducidos a números, a abstracciones sin cuerpo ni espíritu. Ese futuro es el que nos espera, dicen los zapatistas: “Ahí está el futuro: no hay más que números. Nos marcan con un número. En la adolescencia somos el número de cuenta en la escuela, en la juventud sumamos, a los 18 años, el número de la credencial de elector y el número del registro federal de causantes. A partir de ahí, la madurez se alcanza sumando más números: el número de la tarjeta de crédito, el número de teléfono…el número de preso dentro y fuera de la cárcel…..en ese futuro no somos uno, no llegamos a ser individuos con una historia propia, con virtudes y defectos, con anhelos y frustraciones, con victorias y derrotas, con sueños y pesadillas. No, sólo somos un número.”

A la imagen de este futuro que parece derivarse inexorablemente de la realidad presente, se le contrapone, en tensión, el ideal zapatista: “Bien, pues eso somos los zapatistas, los rebeldes que nos negamos a ser números, los que preferimos ser dignos, los que no nos vendemos, los que no nos rendimos, los que, cuando queremos ver el futuro, no miramos hacia arriba buscando un signo monetario, los que, cuando queremos asomarnos al mañana, miramos hacia abajo, y buscamos y vemos ahí a un niño y en él buscamos y encontramos, no lo que fuimos, sino el espejo de lo que seremos.”

El fantasma de la utopía nuevamente recorre América. Quienes pretenden que todo siga igual, que nada cambie, que persista la hegemonía del capital sobre los hombres, quisieran que Fidelia, Esther, Galeano, Tacho, Zebedeo, Moisés y demás tropas y bases de apoyo que los acompañan fueran tan sólo un mal sueño, fantasmas que se disolverán con el avance del neoliberalismo. Pero la mujer chancluda, esa mariposa utópica, que habló a los universitarios no desaparecerá; ella tiene el aliento de lo utópico, alberga la fuerza de la dimensión utópica que pondrá al mundo “de otro modo”.

Lo que pocos saben es que detrás vienen otras muchas mariposas utópicas; de ahí la razón que la utopía sirva para caminar mar adentro. Y hay veces que se juntan mariposas de todas partes y entonces hay arco iris. Y la tarea de las mariposas, lo dice cualquier enciclopedia que se respete, es traer el arco iris más abajo de modo que los niños puedan aprender a volar. Sea ahí la razón de la bandera de la diversidad que se extiende como un gran arco-iris y también la bandera del colectivismo, que se extiende como esa posibilidad de juntarse las mariposas.

A estas alturas Mané ya no sabe si se acerca a la utopía o a la entropía, y sólo suplica que no digan nunca que la primavera fue solamente un poema que escribió en una noche de insomnio… imaginaria también.

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