Manuel Martínez Morales

Año: 1994. Meses antes de la elección presidencial, con un grupo de compañeros de Alianza Cívica nos damos a la tarea de analizar, estadísticamente, el padrón electoral del Estado de Veracruz. Encontramos indicios de que en algunas secciones electorales el padrón podría estar “inflado” y, en otras, “rasurado”. A través de un partido político hacemos la solicitud al IFE para tener acceso a la lista nominal, y así intentar verificar si el padrón tuviese alteraciones. Amparados en algún artículo del código electoral nos responden que no es posible.

El día de la elección emito mi voto por el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas. Ernesto Zedillo es declarado el ganador, no hay impugnaciones significativas al proceso. Unos días después de la elección, un colega matemático hace un análisis de la votación y encuentra serias inconsistencias en los votos reportados: las cifras no cuadran; por ejemplo: en muchos casos las sumas de votos por casilla no corresponden a los totales seccionales reportados, o la suma de votos por secciones no corresponden a los totales por distrito, etcétera. Sus cálculos demuestran que hay cerca de dos millones de votos atribuidos a Zedillo que no cuadran; es decir, no se sabe de donde salieron. Nadie le hace caso.

Sin mayores complicaciones, Ernesto Zedillo toma posesión de su cargo el primero de diciembre de ese año.

Año: 2000. El día de la elección presidencial me presento a votar en la casilla que me corresponde y en la cual, incluso -en ocasión de una elección local- fui presidente de la misma. No puedo emitir mi voto pues no aparezco en la lista nominal. Se me indica que me presente en alguna de las casillas especiales. Acudo a la instalada en los bajos del Palacio Municipal de Xalapa. Encuentro una multitud de ciudadanos que pretenden votar en la casilla. Ocupo mi lugar en la fila. Me encuentro con conocidos y, comentando entre nosotros y con algunos otros ciudadanos, nos percatamos que somos un buen número de votantes los que estamos ahí por no aparecer en la lista nominal de nuestras casillas correspondientes. Pasa el tiempo y se nos avisa que las boletas se han terminado y no saben si más tarde se les hará llegar una dotación extra. Decido retirarme del lugar.

Me comunico telefónicamente con un consejero del IFE y le hago saber la situación, así como mi inconformidad y suspicacia por los hechos. Me sugiere dirigirme al IFE por escrito para pedir una aclaración. Así lo hago y días después se me responde que tuve un cambio de domicilio (lo cual no era cierto) y que por esa razón no aparecía en el listado de mi casilla. Por escrito me dirijo de nuevo al IFE insistiendo en mi inconformidad y que se me diga en que supuesto domicilio estoy registrado. Se me responde que ese supuesto nuevo domicilio está en la ciudad de ¡Monterrey!

Inconforme con esa respuesta exijo al IFE que se me proporcione una copia fotostática de la credencial de elector emitida en Monterrey a mi nombre, y con mis datos, para verificar si en efecto tengo un clon electoral en aquella ciudad. Y también que me indiquen si mi clon acudió a votar. Nunca obtuve una respuesta.

Para entonces ya habían pasado muchos meses y Vicente Fox ya estaba instalado en la silla presidencial.

Año: 2006. Me declaro adherente a la Sexta Declaración de la Selva Lacandona en la que los zapatistas concluyen, de su análisis sobre la situación política en México, que las elecciones son una farsa y que todos los partidos son representantes –con leves matices que los distinguen- de los mismos intereses de clase, por lo que llaman a no votar. Consecuente con ello, me abstengo de emitir mi voto.

En medio de graves acusaciones de fraude electoral, se declara triunfador a Felipe Calderón. Se genera un movimiento de resistencia. El primero de diciembre de ese año Felipe Calderón toma posesión de su cargo, “haiga sido como haiga sido”.

Año: 2012. La maquinaria electoral está mejor aceitada que nunca. El gran circo electoral capta la atención del respetable público y pocos se percatan que todos los candidatos se valen del mismo discurso demagógico, carente de contenidos reales, lo cual se verifica simplemente constatando que todos prometen lo mismo, con mayor o menor énfasis en tales o cuales asuntos. Los grandes problemas nacionales ni siquiera son dignos de mención, o hay referencia a ellos tangencialmente, repitiendo los consabidos lugares comunes: acabaremos con la pobreza, la violencia, la corrupción, etcétera. Los partidos dilapidan en el espectáculo (con “debates”, marchas, contramarchas y todo lo demás) miles de millones de pesos –obtenidos legal o ilegalmente, que más da- en tanto más de 50 millones de mexicanos se debaten en la pobreza.

Con la experiencia ganada de las pasadas tres elecciones presidenciales por el gerente del circo y los payasos, hasta se prefiguran resultados a través de encuestas –de todos los colores- cuya metodología generalmente no resiste el más elemental análisis.

Y aún así, hay quien me pregunta por cuál candidato votaré. Soy un votante remiso, descontinuado; encandilado todavía por la Primera, la Segunda, la Tercera, la Cuarta, la Quinta y la Sexta declaraciones de la Selva Lacandona. Desafortunadamente -pues mereceré el duro juicio de muchos de mis allegados- la experiencia y mi propio criterio me indican que los zapatistas, ¡ah! y también Javier Sicilia, tienen la razón: votar en las condiciones presentes es legitimar un sistema podrido y corrupto, que para nada toma en cuenta la voluntad ciudadana expresada en las urnas.

Reflexionar para comprender lo que se ve y lo que no se ve.