Manuel Martínez Morales

Let me take you down
Cause I’m going to Strawberry Fields
Nothing is real
And nothing to get hung about
Strawberry Fields forever

The Beatles: Strawberry fields forever

La clara transparencia de tu cuerpo, encendido de amor, me permite ver lejos e internarme en el mundo de la pena y el dolor ajenos que, pensándolo bien, son los propios. También aparece en perspectiva el mundo de mi infancia, en el cual las fresas con crema eran el postre esporádico y siempre deseado. Más tarde, la beatlemanía nos transportaba a campos de fresas de ensueño:

Living is easy with eyes closed/ Misunderstanding all you see/ It’s getting hard to be someone/ But it all works out/ It doesn’t matter much to me/ Let me take you down/ Cause I’m going to Strawberry Fields/ Nothing is real/ And nothing to get hung about/ Strawberry Fields forever

Ahora se ven otros campos, los de San Quintín en Baja California, los campos de esclavos (slavery fields) donde cientos de hombres, mujeres y niños recolectan fresas (strawberries) a cambio de un miserable jornal. No más fresas con crema, no más campos de fresas donde nada es real. Aquí la realidad, la dura realidad es otra. Como real es el tambo con 200 litros de agua que cada familia de jornaleros recibe semanalmente en la miserable choza para cubrir todas sus necesidades: asearse, preparar los alimentos, hidratarse… ¡ah! y deben de pagar por ella con parte del miserable jornal.

No one I think is in my tree/ I mean it must be high or low/That is you can’t, you know, tune in/ But it’s all right/ That is I think it’s not too bad

Nada está bien en San Quintín, los jornaleros trabajan en condiciones humillantes en fincas que cultivan hortalizas de exportación, fresa, tomate, mora. A cambio de salarios de hambre, laboran jornadas de hasta 14 horas diarias sin día semanal de descanso ni, mucho menos, vacaciones o seguridad social. Los capataces abusan sexualmente de las mujeres y son obligadas a llevar a sus hijos a los predios para que realicen faenas.

Déjame llevarte a allá, porque voy a los campos de fresa/ Nada es real y no hay nada para perder el tiempo / Campos de fresa por siempre. 

Hombres, mujeres y niños desechables –dice Luis Hernández Navarro. Los trabajadores agrícolas viven usualmente en asentamientos provisionales que se convirtieron en permanentes, hacinados, sin servicios básicos, en viviendas con techos de lámina y pisos de tierra. Muchos son indígenas migrantes provenientes de Oaxaca (mixtecos y triquis), Guerrero, Puebla y Veracruz, que han hecho de San Quintín su otra comunidad.

Las fincas en las que laboran están dotadas de riego y equipo de alta tecnología. Generan cuatro quintas partes del valor de la producción agrícola estatal. La mayoría es propiedad de unas 15 familias y de consorcios trasnacionales. Sus dueños forman parte del gobierno estatal.

Estas empresas agrícolas explotan intensivamente una mano de obra barata, abundante, fácilmente sustituible y, por lo mismo, desechable. No tienen que hacerse cargo de garantizar condiciones dignas para su reproducción. Si un trabajador se enferma, se muere o se agota se le sustituye por otro sin costo alguno. Exprimen a los jornaleros como si fueran naranjas a las que hay que extraer el jugo hasta dejarlas convertidas en cáscaras…

Desechables al fin. Si abandonan el trabajo o mueren, de inmediato vendrán otros a reemplazarlos. La crisis económica y el consiguiente desempleo amplían los límites de la oferta en el mercado laboral, hay siempre un ejército de reserva de mano de obra que se vende por casi nada, que se entrega a cambio de condiciones de semiesclavitud… (slavery fields, campos de esclavos).

El libre mercado dicta e impone sus condiciones, dicen. Pero ¿quién es este señor mercado?

Las empresas no respetan la legislación del trabajo. Disponen de la complacencia de las autoridades laborales y de sindicatos de protección afiliados a la CTM y a la CROM.

Regreso a la transparencia de tu cuerpo y ahora, a la distancia, veo cabezas frías y corazones ardientes, animando cuerpos macizos de hombre y mujeres decididos a no sufrir más la explotación a la que son sometidos. Explotación, porque en las condiciones presentes ni siquiera se les remunera lo que con su trabajo producen: 100 pesos por una jornada de 14 horas, más 10 pesos por cada caja de fresa recolectada. Caja que luego es vendida por el señor mercado en 60 dólares.

200 pesos por 8 horas diarias de trabajo, 20 pesos por caja y mejores condiciones de vivienda y servicios, es todo lo que los jornaleros, ahora sublevados, exigen. Y que paren los abusos y acoso contra las mujeres. Hay patrones que conceden esto y dicen a los demás que sí es posible satisfacer las demandas de los trabajadores, y seguir obteniendo buenas ganancias. Quienes en verdad mandan no escuchan y amenazan a los que están dispuestos a ceder algo en beneficio de quienes laboran en sus fincas.

Pero el fantasma de César Chávez ya se apareció hace unos días en Tijuana y San Diego. En un hecho histórico, los oaxacalifornianos de los dos lados de la línea fronteriza se encontraron para celebrar el encuentro binacional solidario con los trabajadores agrícolas en huelga de San Quintín.

Este encuentro es significativo y estratégico, pues el grueso de la producción hortícola de Ensenada se destina al mercado de nuestro vecino del norte. Eso significa que el futuro del movimiento dependerá, en buena medida, de la posibilidad de boicotear en los grandes almacenes de ese país la comercialización de fresas, jitomates y moras cultivadas en San Quintín, tal como en su momento lo hizo César Chávez. Sin esa presión, será muy difícil que los agroempresarios mexicanos (que son simultáneamente los políticos gobernantes en la entidad) entiendan que deben pagar buenos salarios y dar condiciones laborales dignas a los jornaleros del campo.

Contra lo que pudiera pensarse, el paro de los jornaleros agrícolas de San Quintín no fue una explosión espontánea. Estalló justo cuando comienza la temporada de la cosecha de fresa.

En el encuentro binacional, ondea una manta con la poética consigna postbeatlemanía:

SLABERRY FIELDS, ¡NO MORE!