El juicio del mono, 10 de julio de 1925- Irene cuesta, SINC

El juicio del mono, 10 de julio de 1925- Irene cuesta, SINC


El 10 de julio de 1925 comenzó en el Estado de Tennessee (EEUU) el juicio al profesor de instituto (o secundaria, como se le denomina en otros lugares) John Scopes, por enseñar a sus alumnos la teoría de la evolución de Charles Darwin.

Conocido como el juicio del mono, el caso puso a prueba la Butler Act, una ley que prohibía en los centros educativos “la enseñanza de cualquier teoría que niegue la historia de la Divina Creación del hombre tal como se encuentra explicada en la Biblia, y reemplazarla por la enseñanza de que el hombre desciende de un orden de animales inferiores”.

Pero este caso tuvo otra particularidad más: se instituyó como una forma de llamar la atención sobre el pueblo de Dayton, Tennessee, que era entonces un pueblo con 1756 habitantes.

No fue tampoco algo que ocurrió de repente, si no que se veía venir desde que la ley que prohibía la enseñanza de “cualquier teoría que niegue la historia de la Divina Creación del hombre”.

De hecho George Rappleyea, convenció a John Scopes, quien daba clases de biología y entrenaba el equipo de futbol, en la escuela secundaria de Dayton, de que enseñará de forma deliberada y abierta la teoría de la evolución a sus alumnos, lo que se fijó en el 25 de mayo de 1925.

El mismo Rappelyea se encargo de que fuera arrestado.

Así, John Thomas Scopes, de 24 años, a principios de julio de 1925, mientras daba clase, vio entrar a dos policías al aula, quienes lo pusieron contra la pared del fondo. Scopes, perturbado, despidió a sus alumnos y los policías lo invitaron a ir hasta la droguería del pueblo.

Allí estaba el metodista George Rappalyea, entre otros líderes locales.

—Estuvimos discutiendo y yo dije que nadie podía enseñar biología sin enseñar la evolución —comenzó Rappalyea.

—Así es —asintió Scopes.

Rappalyea sacó un libro de los estantes de la droguería, que también funcionaba como almacén de ramos generales. Era el tomo Biología Cívica, de Hunter.

—¿Les estuvo enseñando este libro? Scopes volvió a asentir.

—Entonces cometió un delito —le dijeron. Scopes se quedó atónito cuando los policías lo llevaron hasta la prisión local.

A principios de 1925, los parlamentarios de Tennessee sancionaron una ley que prohibía la enseñanza de la evolución natural, teoría desarrollada por Charles Darwin en su libro El origen de las especies.

En otras palabras, era delito decir que el hombre (varón y mujer) evolucionó de especies inferiores y que el chimpancé era su pariente más cercano en la escala zoológica. Esto, se decía, podía llevar a “perversiones morales”. La enseñanza oficial debía ser que el hombre fue creado por Dios, como dice la Biblia.

Aún cuando había el acuerdo, a John Scopes le costaba entender su situación. Estaba preso por enseñar ciencia, que era su trabajo. Tampoco entendía que, con su arresto, los líderes locales buscaran atraer la atención sobre Dayton y tentar a algún empresario a invertir en un pueblo que cada vez tenía menos habitantes.

Su defensa estaba asegurada pues La Asociación de Libertades Civiles Norteamericanas (ACLU) desde que se aprobó la ley había ofrecido pagar los honorarios de los abogados de los profesores que se vieran en problemas.

Para este caso específico, primero le pidieron que hiciera la defensa a H.G. Wells, el escritor de ciencia ficción autor de La máquina del tiempo y otros relatos fascinantes. Pero a Wells no le interesó.

En realidad, el defensor surgió después de que se conociera quién iba a ser el fiscal. Las autoridades del pueblo consiguieron que William Jennings Bryan, un fundamentalista religioso, tres veces candidato a la presidencia de los Estados Unidos, asumiera la acusación a pesar de que no ejercía el derecho desde hacía 30 años.

Cuando se supo de que actuaría Bryan, hubo un abogado que se propuso para la defensa. Era Clarence Darrow, de 70 años, el abogado más famoso del país.

William Jennings Bryan calificó al juicio de una “contienda entre la evolución y la cristiandad”, y a Darrow, como “el mayor ateo” del país. Darrow se unió a la mesa de la defensa, según dijo, porque quería demostrar que Bryan era un intolerante.

El 10 de julio por la mañana, al iniciar el juicio, una joven de unos 20 años estaba parada en la puerta de la Corte con un bebé en su brazo derecho y un cartel en el izquierdo que decía: “Scopes, arderás en el infierno”. Había más carteles, algunos con la figura de un mono y la cara de Darrow. Uno de ellos permaneció siempre en la puerta del tribunal: “Lea su Biblia todos los días”.

Una señora vestida con una camisa de volados blancos, abotonada hasta el cuello, y una pollera larga y negra, cantaba una canción religiosa al frente de otras 50 mujeres. Hacía un calor insufrible y casi todos movían aire hacia sí con diarios, cartón o abanicos. Había puestos de limonada y comida y un olor envolvente a cebollas fritas.

Llegaron periodistas hasta de Hong Kong. Fue la prensa la que bautizó el caso con el nombre que lo identificaría para siempre: “El juicio del mono”.

Durante la mañana, unas 1.000 personas fueron entrando a la sala del tribunal para ver cómo enjuciaban a Scopes. Alrededor de 300 se quedaron de pie.

Así que la estrategia para llamar la atención sobre el pueblo, había dado resultados.

El juez John Raulston golpeó con su martillo para acallar los murmullos. El calor era tan insoportable adentro que se permitió a los hombres estar en camisa. Los procedimientos empezaron con una oración, bajo la firme protesta de Darrow.

La presentación de Bryan, de inflamada aunque aburrida oratoria, era rubricada a cada pausa por un sonoro “amén” del público. Darrow volvió a protestar y el juez debió pedir mesura.

El caso para la fiscalía era muy claro. Con el testimonio de los alumnos probó que Scopes enseñaba la teoría de Charles Darwin, y que esto constituía una violación a la ley de Tennessee. En este tramo, Darrow sólo le preguntó a un alumno si le parecía que su profesor enseñaba cosas perversas o malas. El chico dijo que no.

Los científicos que la defensa propuso como testigos dirían que la ley era injusta pues no se podía tomar a la Biblia, que es un texto religioso, como si fuese un libro de ciencias.

Los abogados de la defensa reunieron un grupo formidable de testigos expertos, que declararían respecto al valor de la teoría de la evolución. Todos fueron a Dayton pagándose sus propios gastos. El grupo incluía a W. C. Curtis, profesor de zoología en la Universidad de Missouri; al rabí Herman Rosenwaser, de San Francisco, un erudito en la Biblia; a Wilbur Nelson, geólogo del Estado de Tennessee; a Kirtley Mather, profesor de geología en la Universidad de Harvard; a Maynard Metcalf, profesor de zoología en la Universidad John Hopkins; y a varios otros.

Pero Darrow tuvo serios problemas cuando el juez rechazó esos testimonios por impertinentes.

Darrow decidió entonces dar batalla en el terreno de sus oponentes y llamó como testigo al mayor experto en la Biblia que se encontraba presente, es decir al propio fiscal. Bryan, confiado, aceptó.

—¿Todo en la Biblia debe ser interpretado literalmente? —empezó Darrow.

—Así es.

Darrow le mostró una piedra.

—¿Qué edad cree que tiene esta piedra? La ciencia dice que millones de años.

—Tiene menos de 6.000 porque el obispo de Usher fijó la fecha de la Creación: el 23 de octubre del 4004 a.C., a las 9.

—¿Hora del este o del oeste? —Darrow sonrió y al ver la perplejidad de Bryan siguió: —Déjelo, déjelo… Pero sí dígame, ¿el primer día tuvo 24 horas?

—La Biblia dice que fue un día.

—¿Un día de 24 horas, de 30 horas, de un mes, de un año, de millones de años?

—No lo sé… Mi impresión es que fueron períodos.

—Bueno, si los llama períodos, ¿podría haber abarcado mucho tiempo?

—Tal vez… Podría haber continuado millones de años —Bryan bajó los ojos y sus seguidores quedaron con la boca abierta.

Darrow pidió un veredicto inmediato. El final fue transmitido por radio a todo el país. En 8 minutos, el jurado declaró a Scopes culpable, lo multó con 100 dólares y quedó libre. Era el martes 25 de julio de 1925.

Darrow apeló, pues buscaba que un tribunal superior dijera que la ley antievolución era inconstitucional.

La causa pasó en apelación a la Suprema Corte de Tennessee, y el mismo Scopes, ahora una celebridad, se inscribió como estudiante graduado de geología en la Universidad de Chicago.

Cinco días después del fallo, el fiscal Bryan se recostó a dormir una siesta de domingo y murió. La diabetes lo había vencido.

El 14 de enero de 1927, en una decisión aún dividida, la Corte del estado redujo la multa a un dólar y evitó pensar el asunto en profundidad, por lo cual no abrogó la ley y dijo: “No es conveniente prolongar este caso tan extraño”. Aún así, ese mandato no se aplicó más.

Es válido especular que tanto a Scopes como a Darrow les habría encantado saber lo que reveló el 21 de julio de 2000 el científico Craig Venter, del proyecto Genoma humano. Dijo que la evolución ya es una certeza porque probaron que en el hombre hay vestigios de estructuras genéticas de especies anteriores.

Darrow murió en 1938, a los 83 años. Scopes enseñó ciencia toda su vida. Murió en 1970 y fue enterrado en Louisiana según el rito católico por voluntad de su esposa y de sus dos hijos.

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