Mujer de maíz- Guache street art

Mujer de maíz- Guache street art


Manuel Martínez Morales

No se qué responder cuando me interrogas acerca del maniquí tras la vidriera, estoy perturbado por los ojos del pulpo que observamos hace un rato. Al dirigir la mirada  hacia el escaparate percibo en un  mismo plano mi imagen reflejada en la vidriera, tu mano señalando la mujer de maíz, los ojos del pulpo y la rolita, Dear Mister President, de 4 Non Blondes, y algunos versos de César Vallejo.

Con cierta tristeza te tomo de la mano en tanto te pregunto si me creerías que todo el universo está contenido en un grano de maíz.  Ese grano que nos acompaña, en una u otra forma, durante la vida entera. Y te recuerdo aquella vez en que, viviendo en un lejano país al borde del Mar del Norte, una amiga mexicana en sus andares mochileros nos visitó entregándonos varios presentes, entre los que se encontraba un kilo de harina de maíz. Por la noche confeccionaron tortillas de maíz para acompañar la cena compuesta con comida mexicana que también había cargado en su mochila aquella visitante.

Y la manera en que, sin quererlo, nuestros ojos se inundaron de lágrimas al probar, por primera vez en mucho tiempo, el primer bocado de tortilla. Por mi mente pasó en un instante la historia de toda mi vida, especialmente el recuerdo de aquellos días cuando siendo niño nos acercábamos a la casa de mis tías abuelas, alrededor de la hora de la comida. Sabiendo que a esa hora, Chaguita, encargada de la cocina ya estaba haciendo tortillas a mano con masa de nixtamal. Como buenos sabuesos, el olor de la tortilla cociéndose en el comal nos atraía puntualmente. Cuando Chaguita y mis tías notaban nuestra presencia –la horda de hermanos y primos- de inmediato mi tía Cheché indicaba a Chaguita: dale a los niños un machito trotón. Manjar consistente en una tortilla recién pasada por el comal, sobre la cual se espolvoreaba queso fresco y en ocasiones con un poco de aguacate. Nunca desaparecerá de mi mente el recuerdo de aquel delicioso sabor.

Así que, en aquel momento de alegría por saborear de nuevo una tortilla recién cocida, también, en forma sorprendente acudieron a mi pensamiento imágenes que sintetizaban la azarosa historia de nuestra cultura: la forma civilizatoria forjada por los hombres de maíz. Así lo dice el Popol Vuh, somos hombres y mujeres de maíz quienes ocupamos desde tiempos ancestrales el sagrado territorio mesoamericano.

También resuenan en alguna parte las sacras palabras de una mujer de maíz:

Se llevó a la boca un pedazo de tortilla/para calmar el aturdido corazón,/¿cómo asir la frágil cuerda de la vida?/¿Dónde la firme existencia?/se preguntaba tan cerca de sí misma,/ en el camino a la Realidad./

Cruzaron el río, tanteando con las plantas de los pies/ las piedras, escupidas por algún volcán/ en los campos filamentosos de materia./ Fosforescente anuncio de la filosofía de la roca. No hay vuelta atrás,/   Llevan dentro de si el dolor que viaja al interior/ para encontrar salida./ Llora, no contengas las lágrimas que saltan al encuentro del remedio/ para sosegar al quebranto./ No estás sola en este viaje mujer,/ las luciérnagas te acompañan/ iluminando la oscura noche endemoniada. (Fragmento de un poema de Mirna Valdés, publicado en: Las Noches de LUPI.  Moguer. Voces del Extremo. 2018.)

Lo que me remite a Los hombres de maíz, de Miguel Ángel Asturias, que iluminaron muchas noches de desvelo.

La inquietud me trae al pétreo presente. Según la historiadora de la inteligencia artificial, Pamela McCorduck, los más tempranos ejemplos de la urgencia humana por construir seres artificiales se encuentran en La Ilíada. Ahí se consigna que Hefestos, dios del fuego y la forja, construyó chalanes artificiales para que lo ayudaran en su taller. De acuerdo con esta versión, estos androides o robots mitológicos eran dorados y tenían la apariencia de mujer; mostraban inteligencia y hablaban, habiendo aprendido de los dioses cómo fabricar utensilios en la forja.

Pero McCorduck no conoce el Popol Vuh y, por tanto, ignora que antes que La Ilíada fuese escrita, en lo másprofundo del corazón de la materia, Tepeu, el Creador, y Gucumatz, el Formador, ordenaban, componían yrecomponían átomos y moléculas; ensayaban formas, ecuaciones, conexiones yacoplamientos varios. La sabiduría que proviene de probar yerrar losllevó a concluir que el orden era el apropiado, la estructura correcta; faltaba encontrar el número preciso, lacantidad adecuada; el éxitodel experimento se perfilaba en latenue frontera entre calidad ycantidad, en el umbral tras el cual la cantidad setraduce en cualidades nuevas.

Y asífue como Tepeu, el Creador, yGucumatz, el Formador, trasprolongados ensayos, tras fracasos tremendos, crearon, por fin, alhombre, amasándolo de maíz, noble material que daría sustento amiles de generaciones de pródigos pueblos.

Ahora nos encontramos en una guerra por el maíz: el maíz transgénico, producto de avanzadas tecnologías, perjudicial y devastador del ambiente y de una forma de vida surgida alrededor del maíz original, que pretende desplazar al maíz obsequio de dioses y del cual fuimos formados.

Defendamos nuestra cultura y nuestro origen, al fin hombres y mujeres de maíz somos.

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