La ciencia sin la religión es imperfecta, la religión sin la ciencia es ciega.

  1. Einstein

     \’Y Jehová Dios plantó un huerto en Edén, al oriente; y puso ahí al hombre que había formado…\’ En el centro del huerto, Dios hizo nacer el árbol de la vida y el árbol del bien y del mal, diciendo al hombre: \’De todo árbol del huerto podrás comer, más del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás.\’

      Sabemos que la astuta serpiente convenció a la mujer para que comiera de este árbol, diciéndole: \’No moriréis; sino que sabe Dios que el día que comáis de él serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, sabiendo el bien y el mal\’. La mujer, a su vez, fácilmente convenció al hombre para que probara el fruto prohibido, codiciable para alcanzar la sabiduría. Entonces Jehová Dios llamó al hombre y a la mujer expulsándolos del Edén, cubriendo su desnudez, condenando a la mujer a parir con dolor y al hombre  a conseguir el pan con el sudor de su rostro.

     Aquí surge ante nosotros un enigma: si bien el hombre y la mujer probaron el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, no está claro si probaron también del árbol de la vida; pues Jehová, al sacarlos del Edén, puso al oriente del huerto querubines, y puso una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida. Al expulsar al hombre del Edén,  Jehová Dios había dicho: \’He aquí el hombre es uno como nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre.\’ (Citas tomadas de La Santa Biblia, Sociedades Bíblicas de América Latina, Editorial Vida, 1986.)

     Frecuentemente se apela a este pasaje bíblico para inducir a los hombres ha ser humildes ante el conocimiento, pues al probar de este fruto el hombre puede alzarse hasta ser -o creer ser- como un dios. Pero el árbol de la vida es otro distinto del árbol de la ciencia del bien y del mal y suele ocurrir que los confundimos, creyendo que el conocimiento puede conducirnos a la vida eterna en su doble sentido: el real y el figurado por las religiones.

     He aquí que los hombres del siglo XXI en nuestra indestructible necedad, ensoberbecidos por un aparente conocimiento del mundo, de las cosas y de los hombres mismos, creemos estar acercándonos al árbol de la vida. Creemos que la biología molecular y la genética nos dan la llave para alcanzar la vida eterna. No obstante, Dios, omnipresente, omnisciente, nos reserva una segunda expulsión, la expulsión de esta tierra edénica, de este fértil y pródigo planeta al que tan obstinadamente nos empeñamos en destruir y, con él, las formas de vida que lo pueblan.

     Olvidados del amor, del amor al prójimo que es el amor de la humanidad a sí misma, prestamos oídos a la siniestra y astuta serpiente, hoy encarnada en el becerro de oro y sus acólitos, que sigue aconsejando: come, come del fruto prohibido, pronto llegarás al árbol de la vida, serás como un dios, más que un dios, y no morirás jamás.

     Sin embargo, la voz de  antigua sabiduría nunca deja de estar presente, haciéndose escuchar en nuestro tiempo sobre todo a través de los más pobres, de los más humillados sobre esta tierra nuestra, de los más olvidados. Estas voces cobran vigor cuando los auténticos apóstoles de nuestro tiempo, los hombres de carne y hueso que hacen suya la teología de la liberación, se dirigen a nosotros, fieles e infieles, creyentes y ateos, hombres de carne y hueso, con la palabra que libera del temor.

     No hay nada que temer, en comunidad escuchemos las voces que se hacen eco de la palabra que desde siempre resuena por todos los rincones del universo y en cada átomo de nuestro cuerpo: \’La naturaleza habla. La Luna habla, el Sol habla. La naturaleza habla por medio de luces, ondas, rayos, densidad, masa, velocidad. Si prestamos atención, poco a poco descubrimos su idioma, desciframos su gramática y entendemos su lenguaje. No obstante, nada habla más profundo y fuerte que nuestro silencio interior. La dificultad reside en saber oírlo. Al igual que en cielo hay insondables abismos siderales, dentro de cada uno de nosotros hay inconmensurables profundidades cuánticas… Y cada gesto humano interactúa con toda la humanidad, al igual que el movimiento de un único electrón de nuestro cerebro, accionado por un sentimiento positivo o negativo, actúa sobre todo el equilibrio del Universo, como la gota de lluvia modifica el océano.\’ (Frei Betto, teólogo de la liberación: La obra del artista, una vision holistica del universo; Ed. Caminos, La Habana, 1998).

            Reflexionar para comprender lo que se ve y lo que no se ve.

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