En los últimos lustros han cobrado auge las llamadas industrias de la vida, que giran sobre  todo alrededor de la biotecnología, dando lugar a la aparición y multiplicación de corporaciones dedicadas a este ramo, entre las cuales pueden mencionarse: los fabricantes de alimentos y bebidas (26), las industrias dedicadas a la producción de agroquímicos (89) y de semillas (67), la industria farmacéutica (55) y, desde luego, las corporaciones dedicadas a la biotecnología (66). Los números encerrados en paréntesis muestran el porcentaje de participación, en cada sector, de las diez empresas más grandes del planeta en cada ramo. Lo que nos indica la concentración, en manos privadas, de la producción en las industrias de la vida.

Actualmente, la biotecnología se está convirtiendo en “ingeniería genética extrema”. El grupo de trabajo “Erosión, Tecnología y Concentración” (ETC), en un informe reciente, destaca que la convergencia de la tecnología está redefiniendo las ciencias de la vida. Llegamos a un punto en que es difícil hablar acerca de la biotecnología sin hablar de la nanotecnología y la biología sintética. Todas las biociencias están impulsadas por la tecnología de la información o la bioinformática –el análisis del material biológico a través de la computación. Como consecuencia, no podemos comprender el poder corporativo si no entendemos el concepto de convergencia: tecnologías convergentes y capital convergente. La convergencia está dando impulso a nuevas alianzas sin precedentes entre empresas de todos los sectores industriales y está armando el escenario para una transformación drástica de la economía mundial en lo que algunos llaman la “economía del azúcar” o la “economía de los carbohidratos”. Las plataformas biológicas alimentadas por azúcares vegetales ofrecerán a la industria el incentivo de capturar y mercantilizar la restante biomasa vegetal del planeta a una escala colosal.

Para comprender –aún someramente- el efecto que tiene esta concentración de la industria de la vida en unas cuantas corporaciones, consideremos el caso concreto de la industria alimentaria. Inmersos en una crisis alimentaria mundial, ecosistemas en colapso y caos climático, una vez más las instituciones internacionales, los gobiernos y la gran empresa promocionan tecnologías nuevas como la fórmula mágica para alentar la producción de alimentos y salvar el planeta. La idea de un arreglo técnico para el desarrollo agrícola no es algo nuevo, pero ahora los gobiernos se están haciendo a un lado e invitando a las empresas a figurar en el reparto como los principales actores de la lucha contra el hambre y la pobreza. En lugar de cuestionar o cambiar las estructuras que generan pobreza y exacerban la desigualdad, los gobiernos están trabajando codo a codo con las empresas para reforzar las mismas instituciones y políticas que son las causas estructurales de la actual crisis de la alimentación agroindustrial.

La concentración en las industrias de la vida permitió que un puñado de empre­sas poderosas coparan la agenda de las investigaciones, dictaran acuerdos de comercio nacionales e internacionales, así como políticas agrícolas y manipularan la aceptación de tecnologías nuevas (la solución “basada en la ciencia”) para aumentar los rendimientos de los cultivos, alimentar a los hambrientos y salvar el planeta. Los gigantes de la genética nos dicen que si la agricultura se ve amenazada por condiciones climáticas extremas, lo que necesitamos son genes “resistentes al clima” (genes patentados) para manipular los cultivos de modo que puedan aguantar la sequía, el calor y los suelos salinos.

Cuando el hambre es vista a través de la estrecha lente de la ciencia y la tec­nología, los alimentos manipulados genéticamente son el arreglo rápido que ofrecen las empresas. Cuando la crisis del petróleo se aborda como un problema técnico, los agrocombustibles industriales son la respuesta obvia. Cuando la tecnología se promueve como una solución indolora para afrontar el calentamiento global, los planes de la geoingeniería radical se convierten en ideas razonables (por ejemplo, fertilicemos el fitoplancton del océano para, supuestamente, secuestrar carbono, o disparemos partículas de sulfato a la estratosfera para desviar la luz del sol y bajar las temperaturas, y otras por el estilo).

Puede concluirse que, promovidas en el nombre de la lucha contra el hambre, el aumento de la producción y el freno al cambio climático, las tecnologías que refuerzan el poder corporativo profundizan las desigualdades existentes, aceleran la degra­dación ambiental e introducen nuevos riesgos para la sociedad.

Las instituciones y políticas responsables de crear el desastre son las primeras en beneficiarse de la crisis. Los gobiernos trabajan codo a codo con la industria para ignorar el origen del colapso y evitar los cambios estructurales.

Hasta aquí un breve esbozo de lo que en una de las “industrias de la vida”, la producción de alimentos, sucede cuando se camina por la ruta de la mercantilización de la vida; situaciones similares pueden encontrarse en las otras industrias del ramo mencionadas: la industria farmacéutica, la producción de semillas, etcétera.

Reflexionar para comprender lo que se ve y lo que no se ve.

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