Manuel Martínez Morales

La ciencia es muy despreciada

por la gente en el poder,

los burros ahí subieron

nomás pa’ puro joder.

De: El corrido de la ciencia.

Desde su origen, el pensamiento científico se estatuye confrontando al pensamiento dogmático y autoritario, a la religión y a la ideología; esto es, funda un modo de conocer opuesto a las formas de la falsa conciencia. Si bien el modo de conocer científico en la época moderna se establece primero en el campo de la astronomía y la física, en poco tiempo se abre paso hacia otros dominios como la química orgánica y la biología, aplicándose más tarde a la consideración de la sociedad y la psique humana como objetos de conocimiento científico.

La ciencia moderna se constituye por la convergencia de dos vertientes de la praxis humana que, hasta el siglo XV, se desarrollaban separadamente: la tradición teórica, plasmada fundamentalmente en tratados filosóficos, y la práctica técnica, concretizada en las múltiples tradiciones artesanales. El gran poder del conocimiento científico es que, gracias a su objetividad (es un conocimiento que refleja certeramente propiedades objetivas del mundo material), permite al hombre actuar eficazmente para transformar el mundo –físico, biológico, social, psicológico- de acuerdo a sus propósitos e intenciones.

El ejercicio científico tiene como premisas esenciales la materialidad del mundo y la cognoscibilidad de éste, niega la existencia de una realidad trascendente, es decir de una realidad independiente de la realidad material de la que el hombre mismo forma parte y asume que esta última se desenvuelve obedeciendo a las condiciones y a la dinámica que le son propias.

En todo momento, el conocimiento científico ha sido atacado por las instituciones religiosas y ha sufrido los embates de las clases dominantes en cada época, cómo ahora lo hacen Donald Trump y aliados, recortando fondos para la investigación e intentando coartar la investigación en ciertos campos, como es el cambio climático. Ya que, a pesar de ser apreciada por su valor instrumental –como núcleo fundamental de la tecnología y como factor de poder-, la ciencia, por su misma naturaleza socava la validez y la legitimidad de las formas ideológicas. En particular de aquellas elaboradas para justificar las diversas modalidades de discriminación y sometimiento que las instituciones religiosas y las clases

dominantes ejercen sobre las clases sojuzgadas. Es decir, la ciencia es una de las formas de la conciencia social y debe ser apreciada en cuanto tal, más allá de su mero valor práctico.

A pesar de los avances de la ciencia en todos los terrenos todavía es frecuente que las formas ideológicas predominen sobre la consideración científica de las cosas. Así, actualmente atestiguamos como en el mundo entero se acallan, omiten o combaten los análisis científicos sobre las causas reales de la desigualdad, la injusticia y la ausencia de democracia en el mundo.

Es así, como en estos días, científicos y estudiantes de ciencias, así como ciudadanos solidarios, se han visto obligados a marchar por la ciencia. La marcha por la ciencia que se realizó en días pasados en numerosas ciudades del mundo representó un cabal reflejo de la preocupación que la comunidad científica internacional –más la multitud de hombres y mujeres que sencillamente se preocupan por nuestro hábitat común– experimenta ante la obtusa irresponsabilidad que el poder exhibe frente al conocimiento y la razón.

Como se preveía, las múltiples manifestaciones que en conjunto formaron el gran movimiento de protesta tuvieron distintos matices, definidos por la problemática local de los países participantes. Todos, sin embargo, vertebraron sus inquietudes en torno a la creciente y sistemática desatención que buena parte de los gobiernos muestran cuando de ciencia se trata, actitud que se traduce en falta de apoyo al desarrollo científico, recorte de fondos, cancelación de proyectos de utilidad social, restricciones para dar a conocer descubrimientos que deberían ser de público conocimiento, y especialmente la sustitución de las opiniones científicamente sustentadas, por una burda agenda político-ideológica basada en el lucro.

Dicha agenda tiene en la administración de Donald Trump su ejemplo más acabado –aunque tiene su versión en muchos países del mundo, el nuestro incluido- y de hecho fue la nula conciencia ecológica del presidente la que dio origen a la idea de la marcha. Apenas en enero de este año un grupo de investigadores y científicos (mayoritariamente estadunidenses, pero también de otras nacionalidades) se reunió para convocar a una protesta masiva contra la predisposición de Trump y su equipo a negar, en la práctica, cualquier forma de progreso científico que privilegie la vida y el bienestar colectivo. La obtusa insistencia del republicano en negar, por ejemplo, la mera existencia del cambio climático (es una mentira inventada por China, llegó a decir) ilustra su posición sobre el particular.

Resulta alentador, en consecuencia, que el nutrido grupo que convocó a la marcha (lo componen 220 organizaciones y agrupaciones científicas) haya dado una activa voz de alerta sobre la política de dejar hacer al presidente estadunidense y sus imitadores, porque su decidida enemistad con la ciencia puede en el futuro tener consecuencias catastróficas.

Reflexionar para comprender lo que se ve y lo que no se ve.