Actualmente, el término complejidad intenta reflejar el comportamiento de sistemas en los que inciden numerosas variables. Un sistema complejo está compuesto generalmente por partes interconectadas o entrelazadas, cuyas interacciones arrojan información adicional y usualmente oculta al observador. Como resultado de estas interacciones entre sus elementos, surgen propiedades nuevas (denominadas emergentes) que no pueden explicarse a partir de las propiedades de los elementos aislados.

Un sistema ecológico, por ejemplo, es complejo con propiedades emergentes, impredecibles a partir de sus componentes. Además, si una de sus partes se altera ligeramente, el sistema en su totalidad puede sufrir cambios muy grandes y reaccionar de modo impredecible. El estudio de los sistemas complejos, para ser capaz de abordar problemas concretos, requiere de una ciencia integrativa, que logre trascender las barreras disciplinarias. Los retos que enfrentamos necesitan de una ciencia que involucre procesos integrados y no sus componentes aislados, para romper con la atomización, que dificulta la transferencia de conocimientos.

Una de las categorías centrales en el estudio de los sistemas complejos es la de totalidad, que habitualmente -aunque no muy acertadamente- se traduce en el enunciado “el todo es más que la suma de sus partes”, con lo cual se indica que –rompiendo con el paradigma cartesiano mecanicista- para entender el objeto o fenómeno bajo estudio, no basta con descomponerlo en sus partes más simples para así explicar las propiedades, o el comportamiento del todo a partir de las propiedades sus componentes. Por el contrario, en un objeto complejo, el comportamiento de sus componentes no puede explicarse más que a partir de su función en el todo, como se indica en el párrafo anterior a propósito de los sistemas ecológicos.

            Sin embargo, el estudio de los sistemas complejos puede verse limitado si no se esclarece el sentido cabal de la categoría de totalidad. Me parece que esta limitante obedece a que los científicos generalmente tendemos a despreciar la filosofía, disciplina –Ciencia, la llamaba Hegel- que, en su relación con las ciencias, aporta a éstas categorías generales de carácter epistémico u ontológico imprescindibles para que los conceptos, métodos y teorizaciones científicas alcancen mayor nitidez y profundidad. Sin olvidar que la relación es de ida y vuelta: las ciencias, a su vez, aportan elementos a la filosofía para que ésta enriquezca sus propias categorías y postulados.

            La categoría filosófica de totalidad, si bien la anuncia por primera vez Spinoza, fue elaborada –según entiendo- por la filosofía clásica alemana como uno de los conceptos centrales que distinguen polémicamente la dialéctica de la metafísica: “La idea de totalidad, que comprende la realidad en sus leyes internas y descubre, bajo la superficialidad y casualidad de los fenómenos las conexiones internas y necesarias se opone al empirismo que considera las manifestaciones fenoménicas y casuales, y no llega a la comprensión de los procesos de desarrollo de lo real….” (Karel Kosik: Dialéctica de lo concreto. Grijalbo, 1979)

            Aquí me interesa destacar la medida en que, según creo, el empleo de la categoría filosófica de totalidad –en su versión dialéctica materialista- resulta pertinente para enriquecer el estudio de la complejidad y los sistemas complejos.

            Tomando como ejemplo el estudio de un sistema social, pero sin pérdida de generalidad,  Kosik afirma: “El principio metodológico de la investigación dialéctica de la realidad social es el punto de vista de la realidad concreta, que ante todo significa que cada fenómeno puede ser comprendido como elemento del todo. Un fenómeno social es un hecho histórico en tanto y por cuanto se le examina como elemento de un determinado conjunto y cumple por tanto un doble cometido que lo convierte efectivamente en un hecho histórico: de un lado, definirse a sí mismo, y, de otro lado, definir al conjunto; ser simultáneamente productor y producto; ser determinante y, a la vez, determinado; ser revelador y, a su tiempo, descifrarse a sí mismo; adquirir su propio auténtico significado y conferir sentido a algo distinto. Esta interdependencia y mediación de la parte y del todo significa al mismo tiempo que los hechos aislados son abstracciones, elementos artificiosamente separados del conjunto, que únicamente mediante su acoplamiento al conjunto correspondiente adquieren veracidad y concreción. Del mismo modo, el conjunto donde no son diferenciados y determinados sus elementos es un conjunto abstracto y vacío.”

            Por ejemplo, a diferencia del prevaleciente conocimiento sistemático (que obra por vía acumulativa) del racionalismo y del empirismo, que parte de principios fijados en un proceso sistemático de adición lineal de nuevos hechos, el pensamiento dialéctico considera la realidad como un todo estructurado (una totalidad concreta). Así que el conocimiento concreto de la realidad consiste, no en la sistemática adición de unos hechos a otros, y de unos conceptos a otros, sino en un proceso de concretización, que procede del todo a las partes y de las partes al todo; y precisamente en un proceso en el que todo los conceptos entran en una interrelación recíproca para alcanzar la explicación concreta del fenómeno considerado.

Reflexionar para comprender lo que se ve y lo que no se ve.

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