El regreso del PRI al poder plantea un dilema de carácter histórico: ¿somos una sociedad apegada al olvido o a la memoria? Se sabe: las sociedades que olvidan su pasado están condenadas a repetirlo. Tal parece que México repetirá sus pasos porque ignora la sentencia de Cicerón: la historia es la maestra de la vida.

Pablo Escalante Gonzalbo enfoca el problema desde otra perspectiva: “México es una sociedad con mucha memoria. Quizá esa memoria requiere revisiones críticas y a veces es la memoria de hechos un tanto adecuados, adaptados y a veces hasta falsificados. Tener mucha memoria  no quiere decir que lo que se recuerde sea lo que realmente pasó, recuerdas también lo que te han ayudado a recordar. El problema no es tener memoria, el problema es si esa memoria es crítica, si esa memoria ayuda a construir el futuro y a vivir el presente o si nos pesa. El problema que veo en México no es que no tengamos memoria, es que el pasado nos pesa demasiado. Es una memoria que no manejamos bien para usar el pasado en la construcción del presente y del futuro. Nos pesa.”

         Escalante Gonzalbo ha analizado históricamente los elementos económicos, políticos, culturales y sociales que delinearon el México precolombino. Pero su atención se ha concentrado con particular interés en el arte y la cultura indígenas. Su trabajo El trazo, el cuerpo y el gesto. Los códices mesoamericanos y su transformación en el valle de México en el siglo XVI fue merecedor del Premio Marcos y Celia Maus a la mejor tesis doctoral en 1996. De entonces a la fecha su trabajo no ha cesado.

Doctor en Historia por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), Escalante asistió el pasado lunes 17 de septiembre como invitado al homenaje nacional que la Universidad Veracruzana (UV) y otras instituciones académicas rindieron en Xalapa a Enrique Florescano, su colega y maestro. Ahí, en entrevista exclusiva, habló acerca de la influencia que el gran historiador de Coscomatepec ha tenido en su obra, de su relación con la Veracruzana y de otros temas espinosos como el retorno del PRI al poder, ante los cuales no se arredró, al contrario: sembró polémica.

 

¿Cuál es la influencia de Enrique Florescano en tu obra?

Su influencia ha transitado en mí por dos vertientes. La primera ocurre al leer su obra completa a partir de Origen y desarrollo de los problemas agrarios de México, 1500-1821, primer libro que conocí de él; además de la cantidad de autores que me recomendó indirectamente como editor. La segunda ocurrió con el paso de los años, cuando ya ejercía la profesión de historiador y tuve la fortuna de conocerlo como un editor y viejo profesor que me invitaba, como a otros jóvenes compañeros, a participar en proyectos, a escribir en obras colectivas. Florescano tiene el gran mérito de apreciar el trabajo de los jóvenes.

Y finalmente en la última década, digamos en los últimos 15 años, la lectura de sus dos trabajos principales sobre el México prehispánico, su trabajo sobre el origen del poder y sobre Quetzalcóatl, que aparecieron cuando ya podía mirarlos como profesional especialista y pude dialogar con esas obras. Así, además del Florescano historiador económico, historiador de la época colonial, historiador agrario, he conocido a un historiador del mundo prehispánico profundamente actualizado en las polémicas y con una gran visión para resolver los viejos problemas de la historiografía prehispánica.

 

¿Qué vínculos te unen a la Universidad Veracruzana?

Con la UV siempre he tenido esa relación de quien conoce a egresados, lee sus publicaciones, sabe de la gente que aquí ha tenido un papel importante. En un país tan centralista como México es muy meritorio que haya instituciones universitarias y prácticas culturales desde regiones que no están en el centro y que logren producir una visibilidad y una consistencia intelectual y cultural. Es el caso de Xalapa, y en buena medida esto es gracias a la Universidad Veracruzana. La región veracruzana tiene una visibilidad cultural desde hace mucho tiempo, a ello contribuyen personalidades como Enrique Florescano que está allá y acá, en la nación y en lo local, interesado por su tierra. Su labor histórica tiene una trascendencia nacional e internacional.

 

¿Cuál es la función social de la historia? Cómo enseñar historia a los jóvenes, particularmente a los de Educación Media y Media Superior, a quienes poco les agrada.

El historiador tiene el compromiso de ser maestro, de escribir bien; escribir para un público amplio, no sólo para un público de debate especializado. Tiene el compromiso de enseñar, de hablar y escribir sobre la historia que estudia y conoce, de contribuir a reformar los puntos de vista y los paradigmas de la historia, empezando especialmente por la historia propia, la historia del propio país. En eso Florescano da ejemplo: su trabajo da respuesta a la  pregunta de cuál es la función social del historiador. Los historiadores debemos investigar, trabajar y discutir con calidad y con seriedad; pero también tenemos una función social mucho más amplia: comunicar el saber histórico, por vía escrita u oral. El profesor Florescano también ha hecho esto de forma estupenda.

 

En ciertos sectores sociales del país se dice, algo que parte de la prensa extranjera ha repetido, que somos una sociedad sin memoria. ¿El regreso del PRI confirma esto?

México es una sociedad con mucha memoria. Quizá esa memoria requiere revisiones críticas y a veces es la memoria de hechos un tanto adecuados, adaptados y a veces hasta falsificados. Tener mucha memoria  no quiere decir que lo que se recuerde sea lo que realmente pasó, recuerdas también lo que te han ayudado a recordar. El problema no es tener memoria, el problema es si esa memoria es crítica, si esa memoria ayuda a construir el futuro y a vivir el presente o si nos pesa. El problema que yo veo en México no es que no tengamos memoria, es que el pasado nos pesa demasiado. Es una memoria que no manejamos bien para usar el pasado en la construcción del presente y del futuro. Nos pesa.

 

¿Y el retorno del PRI?

Creo que hay que creer en la democracia y hay que creer en lo que la gente escoge, aunque no escoja siempre lo mismo que uno, aunque no todos escojamos lo mismo. Si una mayoría de mexicanos quiso el retorno de un partido que ya ha gobernado, algo hay en ese partido y en ese tipo de régimen que una mayoría de mexicanos considera adecuado para probar en este momento histórico. Eso debe respetarse, no veo que haya una salida a ese planteamiento más que esa. No creo que sea correcto el juicio, que desde varios ángulos se ha emitido, como diciendo que esos votantes o están equivocados o los han engañado o están comprados, son mexicanos que piensan eso. Fueron mayoría y así es la democracia. No podemos decir que lo hacen por ignorancia, a lo mejor es justamente algún  aspecto de la memoria histórica mexicana que en esa opción política quiere ver alternativas adecuadas para el momento que vivimos.

 

Pero, como en el 2006, queda hoy un país profundamente dividido por las elecciones presidenciales, por el tema electoral. ¿Podrá el PRI reconstituir el tejido social y renovarse? ¿Dará la espalda a 70 años de su historia poco democrática?

Hay divisiones profundas que son antiguas, no son políticas y ciertamente no son sólo electorales. En ellas hay que trabajar como prioridad personal: diferencias sociales, culturales, económicas; las diferencias políticas son a veces coyunturales  y hay actores políticos que aunque tengan algunas razones o algunos argumentos, ahondan deliberadamente en esas diferencias por beneficios políticos y cuando pasan ciertos tiempos también deben de mitigarse esas diferencias. Insisto, las diferencias profundas son económicas, sociales, culturales y deben ser la prioridad nacional; las coyunturales políticas son superables, y es tarea de todos los políticos, de todos, todos los que quieran ser responsables, todos los que quieran ser honestos de verdad, todos los que quieran construir un país que está en una situación de verdad muy crítica por razones, sobre todo en este momento, de índole criminal, de violencia y de seguridad que agravan el problema del bienestar, de por si atrasado en sus soluciones por esa desigualdad profunda.

Las diferencias electorales tienen que quedarse atrás, eso es madurez, eso es democracia. Se pelea, se gana, se pierde, se acomoda, viene un nuevo régimen y se trabaja con cierto sentido de unidad, con cierto patriotismo en beneficio de la unidad de  un país.

 

En el proceso de democratización del país, ¿cuál es la responsabilidad del intelectual, particularmente del historiador?

El intelectual tiene que hablar de todo, dejar que se hable de todo. Escuchar de todo, promover el diálogo, participar en el diálogo e insistir siempre en reglas para ese diálogo. Debe convenir que puede acordarse y criticarse. No debe echarse porras o empujar a un grupo, no, hay que estar a favor de que se discuta, se dialogue, se busquen acuerdos. El intelectual debe promover el diálogo. Esa sería la tarea principal, con reglas justas y correctas. El diálogo nos ayuda a superar el conflicto desde el momento mismo en que se puede realizar.

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