Un mundo se derrumba

Similitudes y disensos de un mundo que se derrumba


Manuel Martínez Morales

 

Mira amor

el mundo que se derrumba

alrededor de nosotros

en nosotros

Estrecha mi cabeza contra tu pecho

y dime qué ves

¿Por qué ese silencio?

Simplemente dime qué ves

¿Las estrellas contaminadas

caen del árbol del conocimiento?

¿Nos sumergirá pronto

la nube tóxica de las ideas?

(Derrumbes, de A. Laabi)

 

Haciendo abstracción del mundo que se derrumba a su alrededor, los miembros de aquella ínfima secta adicta al culto de la lógica –de todas las lógicas, de cualquier lógica- se reúnen semanalmente en un reducido y clandestino espacio para tejer sombras en la oscuridad, para imaginar volutas de cálculo que les permita aproximarse a la fría perfección de la razón.

Evitan preguntarse si los libros arden ya en las plazas públicas, o si una multitud de encapuchados sale en procesión blandiendo cruces y cimitarras rapando a las mujeres para lapidarlas.

Nada de eso les es significativo, solo el laberinto de signos, de fórmulas lógicas, que los atrae con delirante obsesión. Han soñado, vislumbrado, el todo perfecto que no se compone de partes, que es único y singular. ¿Cómo alcanzarlo en medio de la nube tóxica de ideas que los envuelve?

¿Por qué lloras?
¿Por el mundo que desapareció?
¿O por el que se derrumba?
¿Por el niño o por el adulto?
¿Se puede elegir entre dos adioses?
¿Decidirse por el adiós cuando el milagro está allí y nuestro pulso late suavemente toca su sinfonía puño contra puño
a pesar de que las armas hablen en lugar de los poetas?

            Mané, quien se cree miembro honorario de la secta aunque es sólo un “colado”, mira hacia otro lado para no ver el mundo que se derrumba a su alrededor. Por eso, tal vez, busca refugio y consuelo en las abstracciones lógicas y matemáticas donde hay al menos algunas certezas, firmes y casi inamovibles.

Aunque también la matemática ha sufrido derrumbes de cuando en cuando (remember Russell, remember Goedel), éstos casi siempre son reparables o al menos hay manera de darles la vuelta. Pero este derrumbe del cual la secta, con plena conciencia, pretende aislarse parece irreversible y total.

¿Por qué lloras?
¿Temes por el mundo?
¿O por nuestro amor?
¿No puedes hacer nada por mí?

Entonces dime simplemente qué ves
¿De qué mal se muere hoy día?
¿Qué arma invisible extirpa el alma y el sabor incomparable de la vida?
¿Qué clase de caravana es esta que devora a sus camellos y vacía sus odres en la arena?
¿Quién es el mago que convierte a la guerra en un acto de amor? 

Si nos va a llevar la chingada, piensa Mané, al menos que sea en la cúspide del conocimiento, en las alturas de la lógica o, mejor aún, en amoroso abrazo, cristalizado –como esculpido en roca- semejante al de aquellas parejas encontradas entre las ruina de Pompeya, población arrasada de pronto y sepultada bajo la lava producto de la erupción inesperada de un caprichoso volcán. Un derrumbe también, un mundo que llegó a un terrible fin, en otro espacio, otro tiempo.

¿Por qué ese silencio, amada mía?
¿Bogamos sobre una isla flotante?
¿O sobre un torpedo?
¿Vamos solos?
¿O encadenados a otros hermanos de infortunio?
¿Qué día es hoy?
¿Qué hora es?

 

Ya Rosa Luxemburgo lo había vislumbrado hace más de un siglo: socialismo o barbarie.

 

Entonces dime simplemente qué ves
¿De qué mal se muere hoy día?
¿Qué arma invisible extirpa el alma y el sabor incomparable de la vida?
¿Qué clase de caravana es esta que devora a sus camellos y vacía sus odres en la arena?
¿Quién es el mago que convierte a la guerra en un acto de amor? 

 

“JOHANNESBURGO, 13 de enero.- El presidente de Nigeria fue uno de los líderes mundiales que condenaron los ataques de la semana pasada de extremistas islámicos contra el semanario satírico francés Charlie Hebdo, pero no ha dicho nada sobre la carnicería de civiles perpetrada por milicianos en su propio país, con alrededor de 2 mil muertos.”

 

Los encumbrados políticos se dan golpes de pecho según su conveniencia: allá 2 mil muertos, acá en tierras mexicas ya se perdió la cuenta de cuantos muertos y “desaparecidos” han sucumbido bajo el derrumbe.

 

¿Por qué ese silencio?
¿Tú también crees que las palabras están tan sucias que ni siquiera sirven para preguntar el camino?
¿Crees que ya no hay nada que decir y que mis pobres versos sólo son ridículo tras ridículo?
¿Quieres que me calle para dejarte mirar los derrumbes con la dignidad del silencio?

            Si fingir es dar existencia ideal a lo que realmente no la tiene, o simular y aparentar, entonces Mané continúa fingiendo los problemas en que medita y en un día frío y blancamente nublado, se niega a aceptar el derrumbe del mundo que conoce, del mundo que -con todos sus defectos- lo acoge desde su nacimiento, y sigue musitando casi en silencio los versos de Abdellatif Laabi:

¿Por qué lloras?
¿Por el mundo que desapareció?
¿O por el que se derrumba?
¿Por el niño o por el adulto?
¿Se puede elegir entre dos adioses?
¿Decidirse por el adiós cuando el milagro está allí y nuestro pulso late suavemente y toca su sinfonía puño contra puño
a pesar de que las armas hablen en lugar de los poetas?

¡No hay pedo, compañeros!- exclama exaltado Mané, sigamos discurriendo sobre la lógica del todo y sus partes, pues cuando el derrumbe nos sepulte, nuestras brillantes formulaciones quedarán grabadas en roca, como ocurrió en Pompeya.

A lo lejos se escucha una canción de León Chávez Teixeiro: Compañero de agujero/ Esto se está terminando, derrumbando,/ Acábalo, acábalo,/ acábalo de tirar…

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