La primera vacuna- Irene Cuesta, SINC

La primera vacuna- Irene Cuesta, SINC


El 14 de mayo de 1796, Edward Jenner inoculó la viruela vacuna a un niño sano de ocho años a través de dos cortes superficiales en el brazo. La intención era observar la evolución del virus, que provenía de una pústula del brazo de una ordeñadora, a quien había contagiado la vaca de su señor.

Hasta el siglo XIX, la viruela era una de las principales causas de muerte, especialmente entre la infancia. La enfermedad no tenía cura, pero en Inglaterra, en 1718, Lady Mary Wortley Montagu difundió una práctica que había observado en Turquía, donde los turcos tenían la costumbre de inocularse pus tomada de la viruela de una vaca para no la viruela no los contagiase. De hecho Lady Montagu inoculó a su hijo con viruela de cerdo y luego viruela con 1789; y el niño nunca desarrolló la enfermedad.

Edward Jenner (17 de mayo de 1749 – 26 de enero 1823), un médico rural de Inglaterra, supo de esto y reafirmó las observaciones que había hecho, de que las trabajadoras de los establos para la recolección de la leche, ocasionalmente adquirían una especie de viruela bovina, por el contacto continuado con estos animales y después de esto ya no eran contagiadas con la viruela humana, mucho más mortífera que la de vaca.

El 14 de mayo de 1796, Jenner llevó más lejos su experimento al tomar fluido de viruela bovina de la mano de la ordeñadora Sarah Nelmes, el cual inyectó en el brazo a James Phipps, un niño de ocho años.

El niño enfermo de viruela bovina, pero se recuperó. 48 días de que James ya no presentó signo alguno de la enfermedad Jenner le inyectó viruela humana, sin que el niño fuese infectado.

Este experimento, que hoy se consideraría poco ético, marcó el comienzo de la vacunación (una práctica que recibe su nombre del término latino de vaca).

Como la vacunación con la variante bovina era mucho más segura que la inoculación con viruela humana por insuflación, se prohibió esta última en Inglaterra en el año 1840. Desde entonces la vacunación fue extendiéndose por toda Europa y América.

Sin embargo, también se dio una cierta oposición de algunos sectores de la Iglesia. Uno de esos casos fue en el siglo XVIII, cuando un destacado reverendo cristiano de Londres, Edmund Massey, ante los progresos que acabarían desembocando en la vacuna de Jenner, atacó las medidas sanitarias preventivas, porque a su juicio se oponían a los designios de Dios; y estos argumentos se han reproducido incluso modernamente.

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