La ciencia desde el Macuiltépetl: Las bases sociales del conocimiento

Laberinto en el cerebro


Manuel  Martínez Morales

Guardo mucho respeto y admiración por el físico Guillermo Marx, quien fue mi maestro en la Escuela de Física de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí allá por 1970. Haciendo honor a su ilustre apellido, Guillermo se declaraba marxista por ser fiel seguidor de las ideas de Groucho Marx, en quien posiblemente se inspiraba para impartir sus clases.

Pues bien, en aquel tiempo pasado el profesor Marx no se limitaba a la impartición de sus cursos, sino que siempre buscaba la forma de acrecentar nuestra motivación por la ciencia, aguijoneando nuestra imaginación, llamando nuestra atención hacia aquellos aspectos de la investigación científica que habitualmente no se tratan en los cursos tradicionales. Particularmente nos hacía ver el valor que tiene el ensayar nuevas ideas, es decir el buscar otras formas de pensar la realidad, fuera de los moldes acartonados que permean la enseñanza de las ciencias.

Como parte de las “experiencias educativas” que, tal vez sin proponérselo, a su alrededor se daban, nos prestaba libros que juzgaba importante que conociéramos para discutirlos colectivamente.

Un libro que recuerdo particularmente es Sobre el crecimiento y la forma (On Growth and Form), del escocés D’Arcy Thompson, publicado en 1917. Ahora me entero que –según el divulgador Philip Ball- este libro ha dado pie a que varias generaciones de científicos de todo el mundo se den cuenta de que viven en un mundo de profunda belleza del que todavía queda mucho por comprender. En ese libro, Thompson sostenía que muchos fenómenos que ocurren en la naturaleza pueden explicarse puramente sobre la base de la geometría, las matemáticas y la física elemental, sin necesidad de invocar principios difíciles de justificar, como la selección natural en el caso de los procesos biológicos.

Aunque, dada nuestra incipiente formación científica, no comprendíamos del todo las ideas de Thompson, la discusión colectiva nos ayudaba a entender que los senderos de la investigación científica están plagados de sorpresas, muy distintos a los imaginarios y bien trazados caminos descritos en el  libro de recetas conocido como “método científico”.

En favor de Thompson, y de Guillermo Marx, hay que decir que el libro mencionado es precursor de algunas de las ideas contemporáneas sobre sistemas disipativos, fractales y sistemas dinámicos complejos.

Abraham Moles ha imaginado que el investigador científico, en su actividad, se mueve en un laberinto cuyas paredes  constituyen “el muro vertical de la ciencia acabada; el científico deambula por el laberinto buscando una salida o, en última instancia, buscando derribar los muros de “la ciencia normal”. Esta imagen  ha sido enriquecida por hombres de ciencia cuyas ideas los han llevado hasta la orilla del difuso muro que separa lo conocido, según los cánones de los paradigmas vigentes,  del infinito campo de lo desconocido y lo incognoscible.  

Por su parte, David Bohm, eminente físico teórico, nos cuenta –después de largos recorridos por el laberinto- que las paredes son en realidad espejos, en los cuales se reflejan mutuamente sujeto y objeto, lo observado y el observador, y que cualquier fragmento del espejo contiene el reflejo del universo entero. Más aún, Bohm y otros aventureros del conocimiento agregan que la superficie de los espejos es aparente, que el pasaje hacia nuevos paradigmas se encuentra del otro lado del espejo, hay que cruzar el espejo para “ver” el mundo bajo una nueva óptica.

Seguramente Thompson y Guillermo Marx tendrían una explicación para tal hallazgo, la cual  nos comunicarían –para un mayor efecto pedagógico- envuelta en sonoras carcajadas, alzando la copa en algún bar de dudosa reputación. ¡Salud!

Reflexionar para comprender lo que se ve y lo que no se ve.

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