Donald Trump


Manuel Martínez Morales

He empezado a asumir
que la vida nos cambia porque sí
Bajo al infierno a buscar
y subo de nuevo para reflexionar

Bebe: Una canción

En tanto las lápidas rozagantes surcan el cielo sobre Eritrea y el azúcar se desprende parsimoniosamente, grano a grano, de los bisbirilitos rimbombantes, los muertos tiemblan de miedo y tal vez de frío. Porque en las tumbas sin lápida se cuela un helado aliento. ¿Y todo para qué, Mané? Si las ovejas no quieren entrar al redil trumpista, es asunto de ellas. Déjalas que se mueran de hambre o que se vayan a otro lado con sus berridos.

Pero cuidado con trumpear a los científicos o a la ciencia, puesto que ésta y la tecnología han sido pilares indispensables del capitalismo y su predominio mundial, lo cual fue claramente comprendido por quienes han estado al frente de tan innoble empresa. Pues lo central para ésta es la extracción de plusvalía a como dé lugar, en particular incrementando la productividad sin elevar los costos: más horas de trabajo por la misma paga, o introducir tecnología que permita a cada trabajador producir más por unidad de tiempo. Elevar la productividad, en estas condiciones, es ampliar la diferencia entre salario y ganancia. Claro que esto lo ignora el ignorante de Donald Trump: ignora cómo se han producido los millones de dólares que constituyen su fortuna y la de sus compañeros de clase. O lo sabe y finge ignorarlo.

Entonces –se regocija Mané- Donald juega, sin quererlo, a la botellita de jerez: todo lo que hagas te saldrá al revés. Ahora pretende dirigir, como ha dirigido sus empresas,  la actividad científica, comenzando por disuadir a los científicos  -recortando recursos- a que investiguen sobre el cambio climático o el calentamiento global, prohibiendo a los investigadores de dependencias federales que divulguen o informen al público de los resultados obtenidos en sus investigaciones.

Juguemos pues a la botellita de jerez: todo lo que ves es el mundo al revés. Porque de eso se trata, de ver el revés de las cosas. En el caso de las trumpadas, buscar el revés se traduce en seguir la ruta del dinero: ¿Qué intereses hay detrás de cada trumpazo? Las declaraciones, decisiones y decretos de Donald, van más allá de la ideología de un Wasp  Sob. Quien gobierna a los Estados Unidos es realmente el poder económico; en concreto,  los representantes de ese poder que a su antojo hacen danzar a la marioneta que ocupa la Casa Blanca, sea ésta blanca,  negra, amarilla, católica, protestante, demócrata o republicana. Lo que importa es que las monedas continúen cayendo al cepo.

Pero la ciencia es algo más que uno de los sustentos del poder económico, habrá que ver su revés con la lente de quienes hacen investigación científica y quienes pueden apropiarse de la ciencia precisamente para resistir y confrontar a tal poder. La ciencia y la tecnología pueden contribuir a que todos accedamos a niveles de mayor bienestar, a pacificar la existencia, a que la vida sea amable y nos acerque a la felicidad. Por tanto es necesario que ciencia y tecnología se liberen del yugo del capital y salgan a la calle para que los ciudadanos accedan a este conocimiento y sus derivados, de manera que no sólo tengan mejores herramientas para actuar sobre su medio, adaptándolo a sus necesidades reales, sino para que sean capaces de comprender mejor cómo funciona el universo. En síntesis: para estar mejor en el mundo. Y para alcanzar este objetivo es que se ha desarrollado la comunicación pública de la ciencia, ahora cultivada en casi todo el mundo, y que Donald Trump  pretende suprimir: qué los resultados de la investigación científica y tecnológica y el conocimiento derivado de éstos no sea conocida por el ciudadano, que se comuniquen sólo entre los miembros del acotado gremio de científicos y tecnólogos y sus patrocinadores. En el caso de EU, el 80% del financiamiento para el desarrollo científico proviene de las empresas que conforman el llamado complejo industrial militar.

¿Ton’s qué, mi buen Mané?

Resulta que los científicos estadounidenses ya se preparan para marchar sobre Wasshington, pues muchos de ellos están discutiendo cual sería la mejor forma de responder a lo que perciben como una política hostil hacia la ciencia por parte de Donald Trump. Buscan aliarse con agrupaciones e individuos simpatizantes y organizar marchas simultáneas en muchas otras ciudades. De acuerdo con los organizadores, la marcha convoca no solamente a científicos y académicos, sino  a quienquiera  que crea en el valor de la ciencia. Este es el único requisito para participar.

Resumen su inconformidad afirmando, con molestia e irritación, que recortar el presupuesto para la investigación científica y limitar la comunicación de los científicos con la ciudadanía es algo absurdo y que no debe permitirse que se establezca como política pública.

Agrega Mané: es la hora de ir pensando en establecer el derecho al conocimiento científico como un derecho humano fundamental, pues un ciudadano que no tiene acceso a éste sufre una cruel  forma de discriminación: la separación entre los que saben y los que no saben. Los que saben pasen por este lado, a la zona VIP, y los que no saben recorriéndose para atrás que todavía hay mucho espacio. Y, tal vez por ver el mundo al revés, Mané recuerda un texto poético de Roberto Bolaño:

No hay comisarias no hay hospitales no hay nada. Al menos no hay nada que puedas conseguir con dinero. Nos movemos por impulsos instantáneos… Algo así destruirá el inconsciente y quedaremos en el aire… ¿Recuerdas ese chiste del torero que salía a la arena y no había toro no había arena no había nada?… Los policías bebieron bebidas anárquicas. Alguien se puso a aplaudir.