El inglés le ganó al Esperanto por tener mayor poder político y económico

Símbolo usado para representar el lenguaje Esperanto / Wikimedia


Roberto Garvía es profesor del departamento de Ciencias Sociales de la Universidad Carlos III de Madrid (UC3M). Licenciado en Filosofía y Sociología, sus investigaciones se centran en la sociología económica y de las organizaciones, además de cuestiones de lengua y sociedad. Ha sido profesor visitante de Harvard, Yale o del Instituto Max-Plank, entre otros centros. Ha publicado en revistas científicas de prestigio internacional y durante dos años (2008-2010) fue catedrático Príncipe de Asturias en la Universidad de Georgetown (EEUU). Ahora acaba de publicar su último libro con las lenguas artificiales como protagonistas: Esperanto and Its Rivals (Penn University Press, 2015).

 

¿Cuáles eran los rivales del esperanto?

En las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX hubo muchas propuestas de lenguas artificiales, pero solo tres dieron origen a movimientos sociales: el volapük, el esperanto y el ido.

 

¿Por qué nacieron estos lenguajes artificiales?

Aquella época es la de la primera globalización, que demandaba una lingua franca que sirviera para facilitar la comunicación internacional. Había tres lenguas que competían por convertirse en esa lengua: el inglés (dominante en el comercio), el francés (con fuerte implantación en relaciones internacionales) y el alemán (la lengua de la ciencia). Como ningún gobierno estaba dispuesto a ceder ese privilegio a los hablantes de las otras lenguas, algunos pensaron que la solución era un lenguaje artificial: neutro y más racional o fácil de aprender. La idea era que, de igual forma que se había conseguido llegar a estándares internacionales por acuerdo (por ejemplo, en tablas horarias o pesos y medidas), se podría llegar a un acuerdo internacional eligiendo una lengua artificial.

 

¿Quién las promovía?

Los que proponían estas lenguas no eran lingüistas. La mayoría de los lingüistas creían en el mito romántico (falso, pero todavía muy extendido) de que las lenguas son algo así como el alma de un pueblo, una forma única de ver el mundo que tiene cada nación, lo que les empujaba a pensar que una lengua artificial, sin alma ni nación detrás, no era más que un absurdo. Por eso, los promotores de las lenguas eran en su mayoría gente curiosa: políglotas, personas con interés por temas lingüísticos y sin miedo a que se les ridiculizara.

 

¿Hay datos sobre cuánta gente llegó a hablar estos idiomas artificiales?

En el periodo entre las dos guerras mundiales el esperantismo llamado “neutral” contaba con alrededor de 20.000 miembros. El esperantismo no neutral, o socialista, contaba con unos 10.000. Los datos para volapük (anterior al esperanto) o ido (un esperanto reformado) son mucho menores. Actualmente, y según las estimaciones más fiables, se calcula que hay unas 100.000 personas que hablan esperanto fluidamente —pero a estas alturas el esperanto se ha “naturalizado” mucho, con sus inconsistencias, irregularidades, etc.

 

¿Qué tesis defiende en su libro?

El libro estudia estos lenguajes artificiales como tecnologías de comunicación y muestra la importancia de las estrategias organizativas frente a los procesos aleatorios.  Hay una literatura en historia económica que intenta explicar por qué una tecnología termina imponiéndose a otra. Básicamente, lo que señala esta teoría es que hay un proceso de dependencia (path-dependent process) que es originalmente aleatorio, pero que termina decantándose cuando cada vez más gente se inclina por la tecnología A en lugar de la B, lo que hace que los que viene detrás opten por A pensando que será la tecnología ganadora. Este proceso lleva a un punto de inflexión (tipping point) en el que la tecnología A termina desplazando a la B de forma irreversible. Esto ocurrió en la batalla de BETA contra VHS en los vídeos… pero hay otros muchos ejemplos. Lo que yo señalo es que esos procesos no son aleatorios, sino que vienen determinados por las estrategias organizativas de los promotores de esas tecnologías. Sencillamente, hay mejores y peores estrategias que hacen que, al inicio, la balanza ya se vaya inclinando por A en lugar de B.

 

¿Cuáles son las mejores estrategias organizativas?

Las estrategias organizativas son los planes que se llevan adelante para vencer al competidor. No hay criterio universal para identificar cuáles son las mejores estrategias, porque depende del sector y de los potenciales usuarios. En la batalla de las lenguas artificiales, desde luego, no fue una buena estrategia reformar continuamente el lenguaje para ir mejorándolo lo más posible, como hicieron los defensores del ido, pues difícilmente puede ganar una batalla de estandarización un producto que no está estandarizado. Tampoco fue una buena estrategia la de replicar el modelo del pastor y su rebaño que siguió el inventor del volapük. Su autoritarismo provocó escisiones internas que impidieron la emergencia de una comunidad de hablantes.

 

¿Cuáles fueron entonces las claves para que el esperanto ganara?

Ganó el esperanto porque su iniciador tenía experiencia política y sabía la importancia de dar voz y crear una comunidad de hablantes. Intuitivamente sabía que estaba envuelto en una batalla de estandarización, donde más importante que la calidad relativa del producto (que difícilmente se puede medir o comparar) era ir creando una base sólida de usuarios.

 

Influyen muchos factores en estos procesos, ¿no?

El tema de las lenguas artificiales en el período que yo he estudiado es fascinante. Permite estudiar la emergencia de nuevas disciplinas científicas, como la antropología y la lingüística; cuestiones de ciencia política, como el uso de algo con tanto poder simbólico como es el lenguaje; temas de innovación y difusión de nuevas tecnologías; o la viabilidad de movimientos sociales transnacionales.

 

¿El inglés es el nuevo esperanto?

El esperanto desplazó al volapük y al ido, pero, por supuesto, no al inglés, que ganó la batalla para convertirse en la lengua global. En la época que estudio, el esperantismo era muy diverso, aunque tenía un fuerte componente pacifista y universalista. Y esto era un problema, pues ponía en cuestión el vínculo entre lengua y nación. Si se desarrollaba una lengua capaz de existir independientemente de una nación, muchos podrían pensar que ese vínculo era un artificio y que las lenguas nacionales no eran más que instrumentos políticos puestos al servicio de la competencia entre las naciones. Al nacionalismo de la época no le interesaba que se viera que el rey iba desnudo, por eso se optó por perjudicar y desdeñar al esperanto para favorecer la lengua nacional. Y claro, al final se impuso la lengua con mayor poder político y económico detrás.

 

¿Estos resultados son extrapolables a otros campos? ¿Existen claves o características comunes para que una tecnología se imponga a otra?

Ahí soy muy cauteloso. Esta investigación es un estudio de caso que, por definición, no es extrapolable. Los estudios de caso sirven para desarrollar ideas, conceptos y modelos que luego se pueden emplear en otras investigaciones. Lo que sugiere este estudio es que, en una batalla de estandarización, las probabilidades de ganar no dependen tanto del azar o del desarrollo del producto como de la bondad de las estrategias que se siguen para crear lo más pronto posible una base de usuarios.

 

¿Estos casos siguen ocurriendo en la actualidad?

Dado el ritmo de innovación tecnológica nos podemos encontrar con muchas batallas de estandarización. Tenemos, por ejemplo, las baterías para los coches eléctricos o los componentes básicos de los ordenadores cuánticos.

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