Plantearse un proyecto de carácter social implica, necesariamente, ubicarse en el horizonte de las posibles alternativas viables para encaminar tal proyecto. Ubicación que, a su vez, requiere de una comprensión objetiva del presente y de un deslinde y control de los posicionamientos teóricos, ideológicos y utópicos. Y todo proyecto, por definición, tiene como objetivo lograr algún tipo de cambio.

Sin embargo, la realidad (aquello que se impone con necesidad) no puede cambiar solamente por el simple deseo y empeño de algunos actores o sujetos sociales. La motivación de los sujetos que formulan en proyecto es, indudablemente, el motor que impulsa el cambio, pero no es suficiente para garantizar que los objetivos delineados en el proyecto puedan alcanzarse.

          Por tanto, la formulación de un proyecto debe partir de la comprensión objetiva de la realidad como un conjunto de procesos heterogéneos, articulados y gobernados por una dinámica específica.  Por otra parte,  por razones metodológicas, deben considerarse dos clases generales de procesos: los procesos estructurales, que devienen obedeciendo a una lógica propia, objetiva, independiente de la voluntad de los sujetos participantes; y, por otro lado, los procesos coyunturales que surgen de la acción de los sujetos en situaciones concretas específicas. Así  mismo, debe tenerse claridad en cuanto a que la realidad puede ser abordada desde distintos niveles o perspectivas: el nivel económico, el político, el sociocultural, etcétera. Niveles o perspectivas que se relacionan entre sí, no necesariamente de acuerdo con alguna jerarquía preestablecida.

            Así que plantearse el reto de esbozar un proyecto factible para la ciencia en México necesita partir de consideraciones como las anteriormente señaladas. De otra manera se recae en los lugares comunes –simplistas e ineficaces- de achacar el escaso desarrollo científico del país a la falta de financiamiento, a la ignorancia de los políticos y quienes toman decisiones al respecto, a la existencia de una conspiración, etcétera.

            ¿Cuál son los procesos estructurales que deben tomarse en cuenta para proponer un proyecto factible para el desarrollo de la ciencia en México? Dicho en términos muy generales, podemos decir que esos procesos se enmarcan en la llamada “globalización”, la cual a su vez incluye, con modalidades específicas, los procesos estructurales que se manifiestan en cada región del mundo, o en las diferentes naciones según su ubicación geopolítica.

El proyecto de país que la tecnocracia mexicana está implantando desde hace al menos treinta años, siguiendo instrucciones del Banco Mundial, de la Organización Mundial de Comercio y del Fondo Monetario Internacional, que son los capataces mundiales del gran capital, está conduciendo a la república a la bancarrota total. Este proyecto hegemónico tiene consecuencias catastróficas no solamente en la esfera económica sino en todos los otros aspectos de la vida social. Uno de los elementos que brindan un cuadro claro de lo que se pretende es el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC), el cual no se limita -como indicaría el nombre- a cuestiones puramente comerciales sino que su articulado también impone duras condiciones a la educación y a las tareas de investigación científica y tecnológica. Las negociaciones para llegar a la firma del TLC tienen una larga historia, obscura en su mayor parte, pero que con el paso del tiempo se ha ido conociendo.

Bajo los esquemas de la política neoliberal la producción de conocimiento, la propiedad de éste y su difusión, han estado privatizándose paulatinamente, lo que significa en términos prácticos que se abandona la idea de que el conocimiento es un patrimonio social y un bien estratégico para el país. Para dar una idea de la magnitud de esto, consideremos el caso del conocimiento patentable, según lo relata el profesor Hugo Aboites: «Desde 1976 y hasta antes de 1991, en México estaba prohibido patentar, es decir introducir al circuito comercial, conocimientos en la forma de invenciones o procesos relativos a «variedades animales y vegetales; las aleaciones, y las bebidas y alimentos de consumo humano». Estaban también excluidos de la comercialización «los procesos y productos biotecnológicos -farmacoquímicos, medicamentos, bebidas y alimentos para consumo animal, fertilizantes, plaguicidas, herbicidas, fungicidas-, los procesos genéticos para la obtención de variedades animales y vegetales. Esta exclusión tenía sus razones de ser. Muchos de los productos que se generaban de estas áreas del conocimiento eran vitales para la producción agropecuaria, servían para evitar el drene de recursos por pagos de regalías a corporaciones, en perjuicio del productor y consumidor. Función similar de interés social tenía la protección otorgada a los químicos y medicamentos, en contra de una excesiva comercialización… Pero la nueva Ley de Fomento y Protección Industrial, ligada al TLC, ahora deja abiertas a la comercialización «las variedades animales y vegetales; las aleaciones, y las bebidas alimentos de consumo humano». Asimismo establece: «I. Serán patentables: las variedades vegetales; las invenciones relacionadas con microorganismos, como las que se realicen usándolos, las que se apliquen a ellos o las que resulten en los mismos. Quedan incluidos en esta disposición todos los microorganismos, tales como las bacterias, los hongos, las algas, los virus, los microplasmas, los protozoarios y en general, las células que no se reproduzcan sexualmente, y los procesos biotecnológicos de obtención de farmacoquímicos, medicamentos en general, bebidas y alimentos para consumo animal y humano, fertilizantes, plaguicidas, herbicidas, fungicidas o productos con actividad biológica. (LFPPI, Art. 20, I)» (Hugo Aboites: Viento del Norte: TLC y Privatización de la Educación Superior en México).

De la misma manera se encuentra en vigor desde 1999 la Ley Para el Fomento de la Investigación Científica y Tecnológica. Esta ley, cuyo articulado resulta funcional al TLC, contiene una serie de regulaciones y controles de las actividades de investigación, sobresaliendo la excesiva centralización en el manejo y asignación de recursos, la hiperburocratización de la estructura administrativa, la apertura  del flujo de recursos públicos a instituciones privadas,  una visión instrumentista de la ciencia y la tecnología y favorece la apropiación privada del conocimiento.

  La socialización del conocimiento científico, es decir la apropiación de este conocimiento por parte de una sociedad, está enraizada en los valores predominantes en el seno de esa sociedad. Si prevalecen los valores mercantiles del capitalismo es claro que el conocimiento será apropiado con la finalidad de servir principalmente a la clase dueña del capital, tanto en lo que se refiere a su rendimiento económico en la producción, como a su constitución en un elemento de poder. ¿Quién concentra la producción y la aplicación del conocimiento en el mundo globalizado? Es claro, atendiendo a cualesquier parámetro, que son las grandes corporaciones cuyas sedes se encuentran en el grupo de lo siete países mas industrializados: Estados Unidos de Norteamérica, Francia, Gran Bretaña, Alemania, Japón, Italia, Canadá  (G7). Para dar una idea del poder de estas transnacionales mencionemos que las quinientas empresas más grandes alcanzaron en 1994 ingresos por 10,254 billones de dólares, es decir 50 por ciento mayor que el PIB estadounidense; diez veces mayor que el PIB de América Latina y el Caribe en 1990. Una sola corporación, Microsoft, invirtió solamente en investigación y desarrollo en un año alrededor de 2,500 millones de dólares, casi lo mismo que  México invierte en todas las ramas de la ciencia: 2,547 millones de dólares, en 2007. En el caso de las empresas dedicadas a la biotecnología tomemos el ejemplo de Monsanto, con sede en los EUA, con una facturación anual de 6,879 millones de dólares, con 51,703 empleados y una inversión en investigación y desarrollo de 523 millones de dólares; las principales actividades de la corporación son en química, agricultura y productos farmacéuticos, con base en la ingeniería genética. Dimensiones similares pueden encontrarse en la industria automotriz, la electrónica, las comunicaciones. Corporaciones con fuertes intereses en América Latina.

Este inmenso poder de las transnacionales asentadas en unos cuantos países, para las cuales el conocimiento científico y las innovaciones tecnológicas son esenciales,  deben de hacernos reflexionar sobre la forma en que se está produciendo el conocimiento y con qué propósito. Es probable que esta tendencia haya estado presente desde los orígenes del capitalismo, pero nunca antes el conocimiento tecnocientífico había jugado un papel de tal relevancia tanto en la producción económica, cómo en el ejercicio del poder político. Apuntemos que en los países del G7, la investigación realizada en las universidades y centros e institutos de investigación está indisolublemente ligada al complejo industrial-militar, lo mismo en las ciencias naturales y exactas que las ciencias sociales.

Si decimos que la ciencia es sobre todo lo que los científicos hacen, entonces hay que considerar a la comunidad científica. Puesto que son los científicos los principales actores sociales de quienes depende la construcción de un proyecto para la ciencia en México. Hemos mencionado que en términos relativos el número de investigadores no ha crecido significativamente en los últimos lustros. Se ha mantenido en alrededor de 2.4 investigadores por cada diez mil habitantes. Supongamos también que existe la buena voluntad de duplicar el número de investigadores en activo. Actualmente se gradúan alrededor de 500 doctores por año, según datos de CONACYT, esto significa que llevaría 25 años llegar a tener 50,000 investigadores, sin contar las jubilaciones y la mortandad en esta población. En palabras simples, lo anterior indica que la comunidad científica en México es muy pequeña. También resulta prudente mencionar que la comunidad científica está muy dispersa entre disciplinas. Hay grupos fuertes en algunas áreas pero generalmente son grupos pequeños que son muy vulnerables a la migración de uno o dos de sus miembros. A esto hay que agregar la falta de oportunidades para los jóvenes graduados, tanto en lo que se refiere a la creación de plazas para investigadores en universidades e institutos, como a los bajos salarios y poco atractivas condiciones de trabajo. Debido en parte a la precariedad en que se desenvuelve la comunidad científica está aislada de la sociedad y es poca la vinculación que se da con los sectores educativo y productivo. Esta precariedad de la comunidad científica en México no puede explicarse a partir de la «falta de voluntad política», o «falta de visión» de los políticos que han gobernado al país sino más bien por la complicidad de éstos, por su voluntaria sumisión a un proyecto imperial que tiene más de un siglo de gestación. El desarrollo de conocimientos científicos y técnicos realmente construidos en torno a la necesidad de una sociedad de alcanzar mejor calidad de vida, no entra en los planes de los amos del dinero.

Todo lo anterior nos plantea la necesidad de ir más allá de la denuncia por el desastroso estado que guardan la ciencia y la tecnología en nuestro país y comenzar por la elaboración de un diagnóstico, que permita ir de ahí a la formulación de un proyecto, tareas todas que, obviamente, son de carácter colectivo, involucrando a los científicos, a las asociaciones profesionales, a los partidos políticos, a las organizaciones sindicales y campesinas y, sobre todo, a los ciudadanos de a pie. Comenzar un diagnóstico sobre el estado de la ciencia en México nos plantea una problemática que se abre en varias direcciones. En primer término se nos plantea el problema de caracterizar a la ciencia y la técnica en su forma actual.

  El diagnóstico podría orientarse por dos ejes complementarios: el cualitativo, que permitiría situar a la práctica científica en la compleja articulación de los procesos heterogéneos que conforman nuestra realidad presente. Es decir, ver los modos de articulación de la ciencia con la esfera de la producción económica, la educación, la cultura, en distintos periodos históricos, atendiendo principalmente la situación actual.

 Y, paralelamente, habría que orientarse también por un eje  cuantitativo, que permitirá disponer de descripciones numéricas del estado de la ciencia en diversos periodos de la historia de México. Conjuntamente, ambos aspectos podrían darnos elementos para  proponer una explicación sobre por qué la situación de la ciencia y la técnica en México es la que es. En todo caso, la práctica científica en el México de hoy debe caracterizarse -en el mundo globalizado, neoliberal- en cuanto a su función, ya sea como elemento de consolidación del proyecto hegemónico, o bien como elemento potenciador de la autonomía de los sujetos sociales que buscan una sociedad igualitaria, democrática y justa.

Hay dos puntos centrales, según mi punto de vista, sin los cuales ningún proyecto para desarrollar la ciencia y la tecnología tendrá éxito: el primero es que la formulación de un proyecto tal está determinado por un proyecto social que responda a las necesidades de la mayoría d elos mexicanos. Responder a la pregunta ¿qué ciencia queremos? Depende de la respuesta a la otra pregunta: ¿qué clase de nación queremos?

También es necesario reflexionar sobre otras cuestiones aparentemente tangenciales al tema: ¿cómo se vincula la práctica científica, es decir, el hacer ciencia, con la práctica política? ¿Cómo se planificaría el desarrollo científico en una sociedad democrática? ¿Desde el quehacer científico, hacia donde podemos movernos para contribuir en la elaboración -y ejecución- de proyectos de cambio social?

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