En su incesante movimiento alrededor del sol, la Tierra se sacude imperceptiblemente. Existe un temblor constante que compite con la fuerza gravitatoria que mantiene al planeta girando en torno al sol, y que amenaza con empujarlo fuera de su órbita.  Estas vibraciones mecánicas son causadas por la influencia gravitatoria de galaxias cercanas y lejanas; por los impactos de los meteoritos que golpean cotidianamente la superficie terrestre; por la presencia de los planetas vecinos del sistema solar y de la luna; por el vaivén de las olas en los océanos; por las sacudidas producidas por terremotos; y por muchas otras condiciones locales y remotas, conocidas o desconocidas. Para que la Tierra abandone su órbita no será necesario que choque con ella un gigantesco cometa; la suma -expandida en el tiempo- de esas pequeñas, persistentes e irreductibles fluctuaciones se encargará de romper su servidumbre al sol y la arrojará a los confines del cosmos.

     Las leyes de la naturaleza  tienen vigencia solamente en dominios restringidos del espacio y del tiempo. Eventualmente, las fluctuaciones, y la relación de todo con el todo, impondrán la gestación de nuevas realidades. Nada  es eterno en los sistemas, cualquiera que sea su naturaleza, ya sea ésta material, biológica o social. La inestabilidad es la regla, el equilibrio la excepción.

      Entonces,  no es posible predecir o controlar en forma absoluta la dinámica de un sistema. Otra manera de decirlo es que en el despertar del siglo XXI el paradigma mecanicista, que prevaleció a lo largo de cientos de años, está derrumbándose. Tales conclusiones, derivadas de las disciplinas científicas agrupadas provisoriamente bajo el nombre de ciencias de la complejidad, están dando origen a nuevos paradigmas y están siendo traducidas al ámbito de la praxis social.

     Apoyándose en estas consideraciones, I. Wallerstein  plantea escenarios sobre la posible evolución de la sociedad actual, estableciendo la premisa de que el sistema histórico presente –un Imperio, como lo caracterizan T. Negri y M. Hardt en el libro de igual nombre- llegará a su fin, más temprano que tarde pero, debido a la propia complejidad del sistema, sin que sea posible pronosticar a ciencia cierta en que otro sistema desembocará.

La dinámica social, resultante de las determinaciones económicas, políticas e ideológicas que actúan sobre los sujetos, más la acción consciente de éstos, nos acerca a una bifurcación histórica: un punto en que el sistema cambiará bruscamente de dirección  sin que en este momento sea claro hacia cual de las alternativas posibles transitará. Abusando del esquematismo, diríamos que no está claro si el capitalismo será reemplazado por un sistema socialista, más humano, justo e igualitario, o por una sociedad fascista, con su cauda de crueldad, destrucción e inhumanidad.

    En la obra de Negri y Hardt antes citada se señala que se ha transitado de una sociedad disciplinaria a una sociedad de control. El sistema capitalista podría caracterizarse como una sociedad disciplinaria hasta finales del siglo veinte, aproximadamente. Este tipo de sociedad se distingue por establecer instituciones (la fábrica, la escuela, la cárcel, el hospital, el cuartel, etcétera) encargadas de disciplinar a los individuos para sujetarlos y volverlos funcionales socialmente, sometidos a los intereses de las clases dominantes. En este tipo de sociedades, los individuos tienen cierto margen de autonomía fuera de las instituciones disciplinarias.

     Actualmente, estamos ya en una sociedad de control, en la cual el control de las personas es total –o aspira a serlo. Ahora todos los ámbitos de la vida del sujeto, incluyendo no solamente su comportamiento, sus pensamientos y sus valores, sus afectos y emociones, sino las bases mismas de la vida –la dimensión biológica y su raíz genética- son objeto de un proyecto de control. Se intenta determinar no solamente quienes pueden vivir y quienes no, sino también determinar que clase de individuos  son los que vivirán y de que forma deben hacerlo. Poder total sobre la vida de las personas es el objetivo de la biopolítica.

       Se integran gigantescas bases de datos digitalizadas que contienen información sobre los hábitos de consumo, aficiones, patrones de comportamiento, fotografías, huellas digitales, mapas del iris, código genético y hasta de la forma de caminar de las personas. Junto con ello se desarrolla un sistema para registrar todo lo que estas personas leen, lo que escriben en correo electrónico, las páginas de Internet que visitan, con quien se comunican telefónicamente y de que hablan.

          El Imperio hace suyo el paradigma mecanicista, imaginando que un control total es posible ignorando que el sistema -de alta complejidad- es muy sensible a fluctuaciones pequeñas y frágil ante intrusiones intencionalmente desestabilizadoras.

La amenaza biopolítica debe tomarse en serio, para estar en condiciones de oponer estrategias y acciones políticas e ideológicas que le hagan frente.

            Reflexionar para comprender lo que se ve y lo que no se ve.

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